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Nora
—Maldita tostadora del demonio… —masculla Elise mientras raspa con un cuchillo el lado quemado del pan, descargando su frustración contra el pequeño electrodoméstico.
Yo me abstraigo en mis pensamientos, mirando hacia la puerta de la cocina, que ahora no es más que un espacio vacío por el que Max desapareció hace solo unos pocos minutos.
Estaba tan guapo con ese traje gris y los primeros botones de la camisa abiertos…
¿Por qué no fui capaz de mirarlo apenas? ¿Por qué me resultó tan difícil, cuando antes nunca había supuesto un problema?
¿Por qué me decepcionó oírlo decir que no iría a la casa de la montaña?
¿Por qué sentí la necesidad absurda de que se quedara un poco más?
Sé la respuesta a todas esas preguntas, aunque trate de engañarme a mí misma.
El estómago se me encoge al percatarme de que, además, ninguno de nosotros le dio las gracias por el detalle del desayuno. A juzgar por el comentario de Elise, no es algo habitual en él.
—¡Nora! —La voz de mi amiga me saca de mis pensamientos— ¿Me estás escuchando?
—¿Eh?
—Te preguntaba si al final vas a ir a escribir a esa cafetería que viste en Google Maps o si te quedarás en casa.
Me encojo de hombros.
—Pues… todavía no lo sé.
—Bueno, de todas formas, si necesitas algo, no dudes en llamarme, ¿de acuerdo? Tienes las llaves, y ya sabes cómo funciona todo por aquí.
—Tranquila, Elise, estaré bien. —Intento esbozar una sonrisa convincente.
Mi amiga me observa unos segundos antes de asentir, como si por fin se permitiera relajarse.
—En cuanto salga de la oficina, te aviso y hacemos lo que más te apetezca.
—Vale.
Sale de la cocina para terminar de prepararse, y yo desbloqueo el teléfono; paseo entre los contactos hasta dar con el de Max. Me gustaría escribirle para agradecerle el detalle. ¿Será buena idea?
Hola, Max. Soy Nora.
Él no tiene mi número. Si yo tengo el suyo es porque venía apuntado en la tarjeta que acompañaba el cactus que me envió por San Valentín.
Muchas gracias por la berlinesa de esta mañana. De verdad, estaba buenísima y…
Borro todo y sopeso otras alternativas. Más breves, quizás.
Hola, Max. Soy Nora.
Miro la pantalla, con el mensaje todavía sin enviar. ¿O mejor no le escribo nada?
—¡Me voy ya! —Elise aparece de nuevo en la cocina y me sobresalta. El móvil se me resbala de las manos, aunque consigo cogerlo antes de que caiga al suelo—. Caray… Perdón por haberte asustado.
—No pasa nada —carraspeo, nerviosa por la idea que segundos atrás rondaba por mi cabeza, y dejo el móvil, con la pantalla hacia abajo, sobre la isla de la cocina.
Acompaño a mi amiga a la entrada, donde se cambia las pantuflas por los zapatos de calle, y nos despedimos. En cuanto cruza la puerta, el silencio de la casa me abruma. Siento que no es mi sitio, que es un hogar ajeno, pero al mismo tiempo me permite… respirar.
Definitivamente, cada minuto que paso aquí me convenzo más de que Berlín ha sido buena idea.
Que estoy en el lugar y en el momento idóneos para empezar a organizar mi vida, mis prioridades y…
mis sueños, por muy tonto que pueda sonar.
Elise no me presiona, pero tiene razón. Tal vez no debería cerrar la puerta a mi pasión tan pronto.
Regreso a la cocina, decidiendo si prepararme otro café que me despeje después de pasar la noche dando vueltas a absolutamente todo.
Mientras un reguero de esa bebida celestial va llenando la taza, recupero el móvil donde lo dejé antes y mi corazón se acelera al ver un wasap nada más y nada menos que de Max.
Hola, Nora.
¿Qué diantres…?
De inmediato lo desbloqueo y abro la conversación. Mi mensaje: «Hola, Max. Soy Nora» aparece al inicio del chat. Debí de enviarlo accidentalmente cuando mis manos volaron en torno al teléfono para evitar que cayera al suelo.
¿Debería contestarle? ¿Decirle algo? ¡¿Qué hago ahora?!
Opto por bloquear el móvil, dejarlo donde estaba y alejarme de él como si fuera una bomba a punto de estallar.
—Joder… —susurro para mí.
¿Por qué soy tan desastre?