8
Max
Salgo de la pastelería comprobando la hora en el reluciente reloj de muñeca que he elegido para hoy. Se me ha hecho tarde, algo atípico en mí. Markus debe de estar subiéndose por las paredes.
Klaus me abre la portezuela del coche y yo entro con cuidado, sin soltar la caja de cartón que contiene los dulces que acabo de comprar. Probablemente mi chófer esté desconcertado por la parada improvisada que hemos hecho, pero no lo demuestra.
Me siento nervioso.
¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Por qué me importa tanto? Bueno, es evidente por qué. Y, aun así…
¡No me reconozco! Yo no hago estas cosas.
Sin embargo, mi hermano no supo decirme cuánto tiempo iba a quedarse Nora en Berlín, y, aunque soy consciente de que no es el momento propicio, me gustaría hacerla sentir un poco mejor.
Aunque solo se me haya ocurrido comprar unos bollos para el desayuno, en la que considero la mejor pastelería de la ciudad.
Joder… Es ridículo. ¿Qué me está pasando?
—Señor, hemos llegado. —Klaus interrumpe mis pensamientos y me observa a través del espejo retrovisor.
Miro por la ventanilla. Ni siquiera he sido consciente de que nos deteníamos frente al edificio donde vive Markus.
—No tardaré mucho —le digo. Recojo la caja y una carpeta, que me coloco bajo el brazo—. Te aviso cuando salgamos.
Asiente y yo me apeo del vehículo, procurando, de nuevo, no estropear lo que llevo entre las manos.
Es Markus quien me abre la puerta. Su mirada se detiene primero en la caja y luego asciende despacio hasta mi rostro.
—Lo sé, lo sé… Llego diez minutos tarde, pero no te estreses. Aún vamos bien de tiempo.
—¿Has traído al menos los documentos que te pedí? —pregunta, cruzándose de brazos.
—Aquí tienes. —Le tiendo la carpeta.
Revisa por encima los papeles y parece relajarse un poco.
—¿Y eso? —Señala la caja, que he dejado sobre el mueble de la entrada para poder quitarme los zapatos y ponerme las pantuflas que guarda para mí.
—El desayuno.
Resopla, pero no dice nada. Se va con lo que realmente le interesa, los documentos, rumbo a su despacho, y yo me encamino hacia la cocina.
A medida que me acerco, escucho la voz de Elise. Le está lanzando a Nora una perorata sobre fantasías, perseguir sueños y libros en el top ventas de Amazon.
Frunzo el ceño.
¿Acaso la novia de mi hermano quiere ser escritora?
Entonces reparo en que no está hablando de sí misma, sino de la otra.
¿De qué va todo esto?
—¡Buenos días! —saludo. Abro la caja sobre la gran isla de la cocina, justo enfrente de Nora.
—Buenos días, Max. —Elise parece de buen humor.
—Hola. —Nora es más escueta. Tiene pinta de no haber descansado muy bien.
—Os he traído el desayuno: Berliner Pfannkuchen, las clásicas rellenas de mermelada de frambuesa. ¡Que aproveche, chicas!
—¡Esto es nuevo! —exclama Elise, cogiendo una berlinesa—. Pero me parece una idea estupenda.
—Si a cambio me ofreces un buen café, puede que lo haga más a menudo —sugiero mientras cojo yo otra.
—Pues, marchando un café, no se diga más.
Cuando se gira para prepararlo, observo como Nora contempla la caja unos segundos, hasta que extiende la mano y se hace con una.
Después del primer mordisco, sus ojos, de ese color esmeralda tan enigmático, se abren sorprendidos. Bien. Le gusta.
Una sensación cálida se propaga por mi interior al pensar que, con un gesto tan simple, quizás he conseguido mejorarle un poco la mañana.
—Está buenísimo —dice antes de dar otro bocado.
No puedo evitar sonreír, pero permanezco en silencio. Me limito a aceptar el café que me ofrece Elise.
Markus aparece y se agencia la última que queda.
—¿Te han contado los planes que tenemos? —me pregunta.
—¿Qué planes?
—Elise va a teletrabajar un par de días para que podamos pasar un fin de semana largo en la casa de la montaña. Nos iremos el miércoles por la tarde.
—Eso suena genial.
—¿Te apuntas? Podemos hacer alguna ruta de las que nos gustan.
Nora me observa, pero no consigo descifrar su gesto.
—Mañana me voy a Oslo y estaré allí unos días por trabajo. —No entro en detalles aburridos, pero en principio tendré que participar en un evento hasta el sábado.
—Ahí debe de hacer mucho frío —comenta Nora, desviando su mirada a la taza de café, como si hubiera algo fascinante dentro.
—Sí, supongo… —Su comentario me descoloca.
Tal vez debería dejar de dar vueltas a absolutamente todo lo que dice.
Elise y Markus continúan charlando, esta vez sobre la posibilidad de comprar una tostadora que no queme el pan por un lado, pero debatiendo sobre si es mejor con dos ranuras o con cuatro, para preparar más tostadas a la vez.
—Comprad la que sea, y punto —intervengo.
Los tres me miran, y me doy cuenta de que he sonado más brusco de lo debido.
Bebo de mi taza para no decir nada más. Por una vez en la vida, me gustaría poder mandar a la mierda Oslo, las obligaciones, los miles de compromisos que tengo planificados en la agenda, e irme a la casa de Markus en la montaña, con ellos.
—¿Nos vamos? —me apremia mi hermano, y yo asiento con la cabeza.
—Elise —añado—, mejor tómate esos días libres. Si no afecta al proyecto, no veo ningún problema. Si te lo deniegan, que hablen conmigo.
Por lo menos, que ella sí pueda disfrutar de ese tiempo junto a Nora.
—Ah…, vale. Gracias.
—Ventajas de que el superjefazo sea tu cuñado —se ríe Markus, y ella pone los ojos en blanco antes de darle un breve beso de despedida.
Yo hago un gesto, restándole importancia, y me termino el café de un trago justo cuando Markus sale de la cocina. Lo sigo sin mirar a Nora, no porque no quiera, sino porque, si lo hago, me costará toda mi fuerza de voluntad marcharme.