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Nora
La cama es cómoda, la habitación invita a la tranquilidad, y me parece increíble que todo esté tan bien insonorizado que apenas se escuche el ruido del tráfico, pese a estar en pleno centro de Berlín.
Aun así, mi cerebro no se calma. Va a mil por hora.
Estoy agotada, tanto física como mentalmente, pero soy incapaz de dejar de pensar en lo que ha ocurrido hoy. ¿Cómo ha podido cambiar todo tanto en cuestión de horas?
Para colmo, un hilo de esa maraña de cavilaciones le pertenece a él. A Max. Su gesto de sorpresa al encontrarme tras la puerta fue real.
¿Y yo? ¿Qué pasa conmigo? Verlo ahí plantado, sin esperarlo, me produjo vértigo y liberó algo que creía mantener a buen recaudo en el fondo de mi ser.
No puedo evitar recordar nuestros encuentros medio furtivos en la recepción de la oficina, en Londres, cuando venía a ver a su hermano y se detenía un rato de más buscando excusas para hablar conmigo.
A la cabeza me vienen su sonrisa, su forma de mirarme, como si cada cosa que descubría de mí le resultara inesperada, mientras, al mismo tiempo, yo conocía algo nuevo de él.
O el día en que se deshizo de la diabólica androide metiéndola en el ascensor y pulsando la tecla de la calle… O las veces que me pilló con la boca llena de chocolate Ritter Sport, fingiendo normalidad pero estresada por cualquier gilipollez que se le había ocurrido a mi exjefe.
Pienso también en la tarde en que me acompañó a casa tras el desastre con mi exnovio, cuando el muy neandertal me rompió la falda al tropezarse y se dejó un diente en la calle, fruto de la caída.
En un momento de vulnerabilidad como ese, Max no me hizo sentir mal ni aprovechó la ocasión para… nada. Él supo simplemente ayudarme, acompañarme y estar .
De hecho, aún conservo la chaqueta que me prestó para taparme. Debería devolvérsela, pero una punzada egoísta en mi interior me pide quedármela.
Y, para rematar, el envío de San Valentín: el cactus de ganchillo. A sabiendas de que todas mis plantas mueren bajo mis cuidados, Max decidió regalarme una que duraría para siempre.
Nunca llamé al número que escribió detrás de la tarjeta, aunque sí lo memoricé en mi teléfono.
Jamás le di las gracias… porque me daba miedo. Como tantas otras cosas en la vida.
Pero ahora estamos los dos aquí, en la misma ciudad.
Y, pese a todo, tampoco debería ser este nuestro momento.
No obstante, mi corazón sabe que la hoja de ruta ha cambiado.
Que algo más ha empezado a orbitar en mi destino.