La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 4
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Nora

Entre el miedo y la emoción, me dejo llevar por el murmullo frente a la puerta de embarque; suena una mezcla de alemán e inglés.

Cierro los ojos unos segundos, permitiendo que solo las voces me rodeen.

Necesito comprobar algo que puede parecer absurdo, pero que para mí es esencial; tengo que averiguar si aún entiendo el idioma del país al que estoy a punto de volar en busca de no sé si refugio, claridad, desconexión o una combinación de todo.

Sea lo que sea, me provoca un vértigo inmenso.

Por suerte, lo entiendo. Todo. O casi. Y suspiro, aliviada.

Llevo años sin hablarlo de verdad, salvo aquella temporada en que el novio de mi amiga, Markus, estuvo trabajando en la oficina y tuve la excusa perfecta para volver a practicarlo oralmente.

Porque, a pesar de que lo escucho en pódcasts, series, e incluso he traducido mis propias novelas (con la supervisión final de Elise), una cosa es entenderlo y otra, abrir la boca y lanzarse a hablarlo en la calle.

Aunque tal vez no sea el idioma. Tal vez sea… mi confianza.

O la ausencia total de ella para ciertas cosas.

Porque, poco a poco, la han ido minando más y más y más…

Sacudo la cabeza para ahuyentar esas ideas y mis inevitables miedos.

Y es que hace unas horas me levanté como cualquier otro lunes, dispuesta a ir a trabajar, y, sin embargo, aquí estoy.

A punto de subir a un avión con destino Berlín.

Resulta fascinante, y terrorífico, lo rápido que puede cambiar tu vida sin que te lo esperes.

El anuncio de que el embarque va a comenzar (por fin) rompe mi burbuja de cavilaciones. Siento el corazón todavía más acelerado y el estómago encogido.

¿Qué estoy haciendo?

Una parte de mí se repite esta pregunta una y otra vez, mientras que la otra tiene la certeza de estar haciendo lo correcto. Como si hubiese decidido escuchar esa vocecita en mi interior que llevaba tiempo incitándome a salir de Londres.

Y tal vez sea una especie de locura transitoria, pero, cuando muestro mi tarjeta de embarque y me adentro en el finger que conduce al avión, un escalofrío de emoción presagia que algo grandioso me espera. Aunque todavía no tenga ni idea de qué es.

Cuando aterrizo en el aeropuerto de Berlín-Brandeburgo, estoy más nerviosa si cabe, pero deseando encontrarme con Elise.

Cruzo las puertas de la terminal de llegadas, pero no la localizo. Miro a un lado y a otro, y la diviso corriendo por el ancho pasillo, saludándome con la mano. Yo le devuelvo el gesto y, cuando llega a mi lado, voy a abrazarla, pero ella me detiene.

—¡No te manches! —me avisa.

Me percato de la enorme mancha marrón en su camisa azul.

—Pero ¿qué te ha pasado?

—Antes de bajar al metro, un adolescente imbécil ha chocado conmigo, haciendo que me tirase por encima el café para llevar que acababa de comprarme en el Einstein Kaffee.

—¿Einstein Kaffee? Vaya, por lo que veo te has adaptado muy bien y atrás quedaron tus tiempos de Starbucks…

Mi amiga sonríe y hace un ademán para restarle importancia.

—Berlín te va a encantar. Estoy segura de que te enamorarás perdidamente.

—Si eso ocurre, vendré a visitarte a menudo, lo prometo.

—Te tomo la palabra. Ahora, ¡vamos! Será mejor que cojamos un taxi.

El trayecto hasta el piso de Elise se me hace más corto de lo que es en realidad, ya que lo amenizamos con nuestras risas, entre anécdotas y tonterías.

Cuando llegamos al edificio, la mandíbula se me desploma.

—Vives aquí.

—Eh, te dije que no flipases tanto.

—No me lo habías descrito… así.

Cuando subimos y accedemos al pisazo, trago saliva.

—¡Amor, ya estamos en casa! —anuncia Elise, quitándose los zapatos y poniéndose unas pantuflas en la entrada.

Yo acepto las que me entrega y, mientras la imito, aparece Linux, su gato, negro como una pequeña pantera y con ojos brillantes como esmeraldas.

Me olisquea y después maúlla. Justo cuando le estoy rascando entre las orejas, Markus se asoma, con el teléfono en la oreja, y nos hace un gesto a modo de saludo.

—Nora, bienvenida. ¡Estás en tu casa! —me dice antes de volver a desaparecer.

—Ven, te enseñaré tu habitación.

La sigo, mirando a todas partes. Sucumbo al aroma a jabón y flores, que se me antoja casi como un abrazo, junto con el entorno cálido y apacible que transmite este hogar.

—Caray… —exclamo al ver el dormitorio.

—Tienes tu propio baño ahí. Y, si necesitas cualquier cosa, no dudes en decírmelo.

Me acerco a la ventana, aparto las cortinas y observo la ciudad que se extiende ante nosotras, dejándome ya del todo sin palabras.

—¡Elise! No me extraña que no hayas pasado ni un mísero día en tu estudio.

—Eh…, ya, bueno… —Se sonroja con mi comentario, pero no añade nada al respecto—. Si no te importa, necesito cambiarme de ropa y darme una ducha. Enseguida vuelvo contigo.

—Claro, sin problema. Desharé la maleta mientras tanto. Gracias por todo, de verdad.

—No tienes por qué dármelas. Para eso estamos las amigas, ¿no?

Ella se marcha, cerrando tras de sí la puerta del que va a ser mi cuarto durante los próximos días. Indefinidos, de momento.

Esta aventura tan precipitada tiene fecha de inicio, pero no de fin. Prefiero dejarme llevar.

Cuando el silencio me envuelve, me dejo caer sobre la cama y… respiro. Contemplo el techo, blanco, impoluto, y me abandono finalmente a esa calma que tanto anhelaba.

El sonido del timbre me sobresalta y abro los ojos, que, en algún momento, sin ser consciente, había cerrado.

Vuelve a sonar, y me incorporo hasta quedar sentada.

No se escucha nada a mi alrededor.

Me asomo al pasillo, donde percibo el arrullo lejano del agua en la ducha y la voz de Markus, que ahora suena amortiguada, como si estuviera en la terraza.

El timbre insiste de nuevo, acompañado de unos toquecitos en la puerta. Me acerco despacio hasta ella y… dudo. Mucho.

Pero abro.

Y, por un instante, el mundo se detiene.

—Estás aquí… —susurra en alemán, totalmente desconcertado al verme.

Max se ha afeitado, dejando al descubierto una mandíbula fuerte y definida.

Caigo en la cuenta de que, sin la barba, se diferencia todavía más de su hermano gemelo.

No solo por la cicatriz en la frente de Markus, sino por algo más difícil de describir.

Algo que siempre ha tenido: un aura distinta, mucho más divertida, y puede que hasta…

peligrosa. Que no significa que lo sea, sino que su sola presencia me desestabiliza más de lo que me gustaría admitir.

La intensidad con que sus increíbles ojos grises se clavan en mí hace que olvide respirar.

Trago saliva, intentando recomponerme, y me aparto a un lado para dejarlo entrar, todavía incapaz de articular palabra.

Y… ¿a qué ha venido su comentario? Es evidente que soy la última persona a la que esperaba encontrar hoy aquí.

—Hola —digo por fin, en su idioma.

—Hola. No sabía que venías. —Se pasa una mano por el pelo, rubio pajizo, mientras accede al interior.

Lo tiene más largo que la última vez que lo vi, hace cuatro meses y pico, en Londres.

La verdad, le queda mucho mejor así. Y… no.

Mejor no pensar en eso ni en el cactus de ganchillo que me envió por San Valentín.

Nunca le di las gracias por el regalo ni le dije nada al respecto. Y tampoco voy a hacerlo ahora.

—Ha sido algo improvisado. No entraba en mis planes.

Evito mirarlo. Creo que, si indaga un poco más, con él puedo volver a romperme como en el metro hace unas horas, así que me fijo en la bolsa de deporte negra que deposita en el suelo.

—Ah, vale. —Me observa, no sé si contrariado, confundido o ambas cosas—. ¿Estás bien, Nora?

—Sí —miento, ignorando el nudo que vuelve a apretarse en mi garganta.

A él no puedo contarle que me han despedido. Por algún motivo, me avergüenza la idea de que lo sepa y, sobre todo, lo que pueda pensar de mí.

—Ya… —Algo no le cuadra, aunque no pregunte.

Sigo sin ser capaz de mirarlo a la cara, pero soy consciente de que no me pierde de vista.

Aun así, mi atención escapa traicioneramente hacia el conjunto deportivo gris y blanco que lleva: la camiseta deja al descubierto sus hombros y esos brazos musculosos que hacen que apartar los ojos resulte todavía más complicado.

—Max, ya estoy contigo. —Markus aparece en este momento, y casi lo agradezco—. ¿Y Elise?

—En la ducha.

Él también va vestido con ropa deportiva. Se ajusta la mochila al hombro y se acerca a su hermano.

—Ah…, vale. Bueno, ¿le puedes decir que he ido con Max a krav magá, por favor?

—Claro, no hay problema.

—¿Nos vamos entonces? —añade, al ver que el otro no reacciona.

—Sí, sí… —Max recoge su bolsa del suelo.

—Te veo más tarde —me dice Markus antes de abrir la puerta y salir.

Por fin alzo la vista. Los ojos de acero de Max, extrañamente cálidos conmigo, sostienen mi mirada.

—Me alegra mucho volver a verte —comenta. Yo no respondo. No puedo decir nada—. Adiós, Nora.

Y se marcha, sumiéndome en un silencio que, de pronto, se vuelve frío.