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Nora
En hora punta, el metro está tan lleno que apenas cabe un alfiler, pero he conseguido sentarme.
Me fijo en la gente que viaja a mi alrededor.
Algunos lucen rostros cansados y miradas perdidas; otros van pertrechados con auriculares o libros que les permitan evadirse un ápice de la miserable realidad.
Supongo que todos han activado el piloto automático, rumbo a un trabajo que probablemente odien, como yo hasta hace un rato.
Qué ironía que ahora me encuentre haciendo el trayecto en dirección contraria, hacia mi casa.
Porque ya no tengo un empleo asqueroso al que me costaba acudir cada día.
Porque ya no dispongo de la seguridad financiera de un triste salario a final de mes.
Y, entonces, el peso en mi garganta se acentúa hasta el dolor, y se me escapa una lágrima.
Y otra.
Y otra.
Y me siento rota entre estos desconocidos, que podrán contar en la oficina cómo una loca se puso a llorar a moco tendido en uno de los inmundos asientos tapizados del metro de Londres.
Por supuesto, nadie dice nada. Ni siquiera me miran. Fingen indiferencia ante la escena que debo de representar. La chica sentada a mi lado se encoge un poco, como si le molestara, y me siento todavía peor conmigo misma.
Ya no veo el lado bueno de absolutamente nada.
¡Todo es una mierda!
Encima, aún llevo en la mano el maldito café, que ya es imbebible. Los tacones nuevos de ante, definitivamente, son todo lo contrario a un talismán, y, por cierto, me están destrozando los pies.
¿Se puede ser más patética?
Llego a mi parada un poco más tranquila, y lo primero que hago es tirar en la papelera el veneno que he paseado por toda la ciudad desde hace horas.
En este momento oscuro, decido que lo mejor es hablar con alguien que me ayude a ver las cosas desde otra perspectiva, y esa persona es mi amiga Elise.
En cuanto traspaso la puerta de mi diminuto estudio, meto los tacones de la mala suerte en la basura, pongo a buen recaudo el cactus y me tiro en el sofá.
Busco el móvil en el bolso y marco su contacto.
—¿Nora? —Elise no esconde su sorpresa al otro lado de la línea.
—Ho-hola. —Al escuchar su voz, he vuelto a sollozar—. No estoy bi-bien.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estás?
—En ca-casa. Me han des-pedido… —consigo decir.
—¡¿Qué?! Pero ¿cómo? ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?
Su voz me apacigua un poco, de modo que empiezo a articular mejor.
—La maldita robot. Ahora consideran que puede encargarse de todo mi trabajo, Elise. ¡Una máquina estúpida, con esa voz que da grima!
—Pero… ¡no puede ser! —Mi amiga suena indignada—. ¿En qué están pensando?
—Que te sustituyan por una… cosa te hace sentir tonta e inútil.
—No doy crédito, es… es… ¡es surrealista! Pero ¿qué te han dicho? ¿Cómo ha sido?
—Meg, la de Recursos Humanos, me dio la noticia, y después he firmado los papeles, he cogido mi bolso, mis cosas y… ya está. Ha sido rápido, triste y frío.
—Menuda mierda.
Se hace una pausa, en la que ella estará procesando toda la información para poder decirme algo coherente y adecuado a las circunstancias. La escucho bufar.
—Lo importante es que no te agobies. Lo cierto es que no estabas bien en la oficina. Y lo que hicieron al llamar a la robot con tu nombre fue humillante. Tal vez podamos enfocar esto como una nueva oportunidad, ¿no crees?
—Elise, estoy desempleada. No esperaba tener que buscar trabajo en este momento, y, además, perfiles como el mío hay cientos. Das una patada en el suelo y salen miles de chicas desesperadas por conseguir un empleo como el mío.
—Pero no tan buenas y con tanta experiencia como tú. Debes verlo desde un prisma más optimista. No puedes rebajarte, y menos aún con lo que tú vales: cuentas con años de experiencia; hablas inglés, español y alemán; escribes de manera pulcra y muy correcta…
—Elise… —la interrumpo—, aunque enumeres todas mis cualidades, no sé si estoy preparada para enfrentarme a todo esto ahora.
—Pues tienes que intentarlo, ¿qué otra cosa vas a hacer?
—¿Regresar a Irlanda? Aquí ya no tengo trabajo, no estás tú, y tampoco hay nada más que me ate. Seamos realistas.
—Vale, seamos realistas como dices: no aguantarás en Irlanda ni un mes, y lo sabes.
—Si no lo pruebo, no lo sabré, ¿no?
—¿Y si te concentras en los libros? Has vendido un montón. Ha habido meses en los que has ganado más que tu sueldo en la oficina. Tal vez la vida esté intentando redirigirte hacia aquello que te hace feliz.
—Suenas como una página de horóscopo gratuito.
—Solo digo que quizás no deberías sujetarte a lo primero que veas, sino… concederte una oportunidad y aprovechar para cambiar las cosas.
—Los escritores se mueren de hambre. En cuanto dejen de fluir las ideas, se acabó.
—Ambas sabemos que tu imaginación es una fuente inagotable. Podrías continuar traduciendo tus novelas al alemán, todavía tienes alguna pendiente. Sabes que yo te ayudo a repasarlas. Y, mientras tanto, sigues escribiendo. ¿No tenías otro par terminadas?
—Sí, pero tengo que darles una vuelta, corregirlas, pensar en la portada que quiero encargarle a la ilustradora… Odio maquetarlas y…
—Ahora tienes tiempo más que de sobra para todo eso.
—No sé…
—Nora, ¡confía en ti!
Sus palabras suenan casi como una orden. Medito acerca de lo que dice, pero de pronto las paredes de mi casa parecen cernirse sobre mí.
—Desde hace un tiempo siento que Londres me ha escupido en la cara y me está arreando patadas en el culo para que desaparezca de aquí. La ciudad ya no es lo que era y, desde que te fuiste, todo ha ido a peor. Por eso… creo que debería darle otra oportunidad a mi tierra.
—Tienes razón, Londres ya no es lo que era, pero…
¿qué lugar lo sigue siendo? Las ciudades se transforman y las personas, también.
Así que quizás la pregunta no es si Londres ha cambiado, sino si tú sigues siendo la misma Nora, porque puede que no se trate de que ya no encajes, sino simplemente de que has crecido en otra dirección.
Y, si es así, entonces tal vez esto sea una señal para dar un giro a las cosas.
Ambas sabemos que Irlanda no es la alternativa.
Estarás más cerca del drama de tu madre y sus novios, y será una pesadilla mayor.
—¿Por qué tienes que sonar tan racional?
Me llevo una mano a la frente, rumiando las palabras de mi amiga.
—Si no necesitases otro punto de vista, no me habrías llamado.
—Deja de tener razón.
Elise ríe, y luego añade, con un tono de voz más suave, como tentándome:
—Nora…, ¿por qué no vienes unos días a Berlín? No para huir de Londres, sino para respirar. Para tomar distancia. Tal vez Londres solo te está agobiando por todo lo que está ocurriendo en tu vida.
—¿A Berlín? No sé…
—Anímate, ¡será divertido! Además, ¿cuánto hace que no te coges unas vacaciones que no consistan en volver a Dublín y sus problemas, o encerrarte en casa a escribir como una ermitaña, alimentándote a base de comida basura a domicilio y café recalentado?
Guardo silencio porque todo lo que ha dicho es verdad.
—Necesitas expandirte un poco antes de tomar decisiones o buscar otro trabajo igual de aburrido que el que tenías.
Así que, venga, ven a pasar unos días conmigo.
No tenemos por qué quedarnos en la ciudad.
El fin de semana, podríamos ir a la casa que Markus tiene en la montaña; es un planazo ideal para desconectar.
—Pero tu estarás trabajando, y seguro que a Markus no le apetece tener una invitada. Lleváis viviendo juntos solo tres meses… ¿Qué tal si me quedo en tu estudio? No lo pisas nunca, y el contrato no vence hasta finales de junio.
—De ninguna manera. Lo último que necesitas es salir de tu casa para irte a otra a estar sola.
Y sí, trabajo, pero por las tardes podemos hacer turismo, salir a cenar o lo que quieras.
Te aseguro que a Markus no le importará tenerte aquí los días que sean, y, como te digo, el fin de semana organizaremos algo divertido.
—No sé.
—Estoy mirando vuelos en este preciso instante.
—Elise…
—¿Te va bien salir en cuatro horas?
—Tengo que preparar la maleta.
—¿Y?
No se me ocurren más excusas porque, en el fondo, quiero ir. Necesito hacerlo. Desconectar. Elise me está dando el empujón, y un cambio de aires no me vendrá mal.
Me levanto del sofá, nerviosa por el giro que ha dado la conversación, y me encamino al dormitorio, pensando en ropa, equipaje y qué sé yo.
—Vale. Está bien.
—Estoy comprando el billete.
—Eres muy mala influencia.
—Sabes que soy muy buena influencia.
Sonrío, pero me niego a darle la razón. Aun así, ya estoy abriendo el armario, como si mi cuerpo hubiese tomado la decisión antes que mi cerebro.
—¿Hace mucho frío allí?
—No más que en Londres. Diría que es agradable.
—Ajá… —comento, distraída, mientras cojo una percha de la que cuelga un vestido verde esmeralda.
—Te mando el billete al e-mail .
Siento la vibración del móvil, que separo de mi oreja para ver el vuelo que acaba de comprarme Elise.
—¡¿Estás loca?! —Mi amiga ríe al otro lado de la línea—. Espero que tomar las riendas de mi futuro resulte más sencillo que preparar la maleta en una hora, antes de salir corriendo al aeropuerto. ¡El embarque comienza en tres horas!
Mi amiga continúa riendo de fondo.
—No puedo permitir que cambies de opinión, por eso hay que actuar rápido.
—Vale, pero ahora, en serio, Elise: ¿qué diantres me llevo a Alemania?
—Pues un poco de todo, ¡improvisa! Te enviaré la tarjeta de embarque también para la app de Wallet, así no tienes que imprimirla.
—¿Ahora eres mi secretaria?
—Soy tu mejor amiga, y eso en ocasiones incluye tareas como estas.
Esta vez, la que ríe, por fin, soy yo.
Todo lo ocurrido se ha esfumado de alguna manera. Ahora estoy deseando aterrizar en Berlín.