La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 2
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Max

Me han invitado a participar en una charla en la Technische Universität de Berlín, sobre la movilidad en el futuro. De camino, en el coche, repaso desde el iPhone la agenda con los temas del evento y releo la lista de ponentes, todos ellos presentados como hombres y mujeres de éxito.

Cuando llego a mi nombre, lo observo un instante, resaltado en negrita:

Maximilian Schröder

Presidente de Schröder Automobilwerke

Ya han pasado cinco años desde que mi padre se jubiló y se dio el visto bueno para que yo me pusiera al frente de la empresa.

Cinco años de decisiones, sacrificios y renuncias personales.

Porque, lejos de lo que muchos puedan pensar, he trabajado jornadas extenuantes, dormido poco, madrugado todavía más y me he dejado la piel en cada paso que he dado para convertirme exactamente en lo que todos esperaban que fuera: el heredero ejemplar.

Y, aun así, no puedo evitar preguntarme: ¿en serio esto es el éxito?

Si hablamos de cifras, supongo que sí…

Los resultados de la compañía superan con creces las expectativas de los últimos tres años. Los accionistas están entusiasmados, los periódicos de economía nos adoran, y mi nombre aparece con frecuencia en las listas de los hombres más influyentes de Europa, según Forbes y similares.

Todo eso suena bien, pero, detrás de bambalinas, cuando vuelvo a casa agotado, los únicos que me reciben son la soledad y el silencio.

¿Es eso el éxito?

¿Se supone que debería ser feliz así?

¿Dónde han quedado mis sueños?

¿Cómo he terminado atrapado en esta vorágine de apariencias, reuniones y compromisos que apenas me dejan respirar?

Bloqueo el teléfono y miro por la ventanilla. Estamos entrando en Berlín, y el tráfico es infernal a esta hora de la mañana.

Resoplo.

Klaus, mi chófer, me observa a través del retrovisor.

—¿Quiere que ponga la radio, señor?

—No, gracias.

—¿Va todo bien?

—Sí, Klaus. Solo estaba… pensando.

No responde, porque me conoce y sabe que, cuando entro en este bucle, lo mejor es dejarme tranquilo y en silencio.

El problema es que, a veces, ese silencio es lo que más ruido hace en mi cabeza.

Al llegar, no tardo en encontrarme rodeado de gente interesada en estrecharme la mano. Demasiada…

Entre saludo y saludo, por fin distingo una cara conocida.

—¡Max! —Mike se acerca a mí. Es uno de mis pocos amigos de verdad, con el que estudié en la universidad y también un MBA en la London Business School. Ahora vive en Múnich.

—¿Cómo estás?

—Bien, aunque no mejor que tú. —Se pasa una mano por la coronilla—. Me estoy quedando calvo, como mi padre.

Sonrío, negando con la cabeza. Sigue siendo el mismo de siempre.

—Maximilian Schröder en persona —escucho detrás de mí. Al girarme, me topo con Gregory Jones, director general de una conocida petrolera.

Hemos coincidido más veces de las que me gustaría, y verlo aquí hoy engrosa esa tediosa lista.

—Jones. —Le estrecho la mano y le presento a Mike.

El hombre se hace a un lado y deja paso a una joven rubia, de sonrisa tímida, que me lanza una mirada un tanto… curiosa.

—Te presento a mi hija, Claire. Este año termina la carrera en Columbia, pero me pareció buena idea que me acompañara.

—Un placer —saludo, devolviéndole la sonrisa.

—¿Qué estudias? —se interesa Mike.

—Psicología —responde ella, pero su padre interviene enseguida.

—Pronto estará instalada aquí, en Berlín. Ya tiene cerrada una propuesta bastante interesante.

Asiento, intentando ser educado.

—Y, bueno… —La sonrisilla de Jones no augura nada bueno— Pensé que estaría bien presentaros. Claire no conoce a mucha gente todavía, y siempre viene bien tener… algún contacto de confianza con quien descubrir la ciudad.

Sus palabras me provocan una ligera punzada de fastidio, repugnancia y hartura, pero ya estoy demasiado acostumbrado a este tipo de insinuaciones como para sorprenderme. ¡Qué asco de gente, de verdad!

Debería darle vergüenza a su padre…

Claire se ruboriza mientras enreda un mechón de pelo entre sus dedos y me mira. Quizás en otro momento yo lo habría dejado correr, o simplemente habría respondido con una sonrisa diplomática, pero hoy no es mi mejor día.

—Me temo que no ofrezco tours privados por la ciudad. —Mi tono suena más seco de lo que pretendía—. Pero ha sido un placer. Ahora, si nos disculpáis, debemos hablar con el decano antes de la charla.

Mike y yo nos despedimos de ambos y buscamos un lugar más discreto en el que ponernos al día.

—La rubia era mona —tantea mi amigo.

—Joder, le saco como quince años.

—Ya, bueno, pero todavía tienes oportunidades, de una forma u otra. Incluso cuando no las buscas.

—No las considero ni opciones. Lo único que las mueve es el interés.

—Pero puedes mantener esa ilusión. Para mí todo terminó cuando me casé con Mayra.

Ahora, mi experiencia más emocionante consiste en elegir el color de la moqueta nueva o discutir por quién llevará a las niñas al cumpleaños de turno este fin de semana.

Por no hablar del trabajo extra que supone la llegada de la bebé.

—Aprecia lo que tienes, Mike. Muchos querrían estar en tu lugar.

—Sí, claro, pero a veces echo de menos… no sé, la emoción del principio, el enamoramiento, aunque sea pasajero. —Me dirige una mirada cómplice—. Seguro que tú tienes bastante de eso, ¿me equivoco?

Mi sonrisa se torna amarga.

—Ay, Mike, qué confundido estás. Hace tiempo que no siento nada que se le parezca siquiera. Me hacen ver como el cazador cazado, y no es agradable. No deseo eso.

Por suerte, avisan de que ya podemos pasar al salón de actos, y eso me ofrece la oportunidad perfecta para eludir la conversación.

Mientras avanzamos, veo a una androide de metro veinte entre los asistentes. Reparte los programas del día con una voz metálica y simuladamente alegre.

Me resulta inevitable acordarme de cierta pelirroja a la que conocí en Londres… y que se ha convertido en la protagonista de más pensamientos míos de los que me gustaría reconocer.

¿Me dedicará ella, aunque sea de vez en cuando, alguno también?