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La chispa que nos une (Lo que nos une 2)

La chispa que nos une (Lo que nos une 2)

Por Amelia Chardin

© inepub.com

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Nora

Odio los lunes.

Si a eso le sumas el terrible ambiente laboral que me rodea desde hace casi medio año, ya ni te cuento.

Ahora me paso el día soportando a una androide de metro y medio, con voz mecánica repipi y una tableta incrustada en el pecho para «mejorar la interacción humana».

Encima, Elise, mi mejor amiga, y también la única persona con la que podía hablar sin filtros en esta oficina, decidió mudarse hace tres meses a Berlín con su novio, Markus, con quien ya llevaba un tiempo manteniendo una relación.

Así que el hecho de que hoy sea lunes, que mi trabajo resulte humillante y que la soledad me amargue no son la mejor mezcla que digamos.

Aun así, trato de mostrarme optimista. No todo es tan malo como parece; gracias a este empleo como secretaria superpolivalente en la recepción de una mediana empresa de Londres, tengo la seguridad económica y el tiempo necesarios para dedicarme a lo que de verdad me gusta.

Fuera de todo esto, soy escritora de novela romántica y erótica, aunque publico bajo seudónimo.

Si bien permití que hubiera un par de fotos mías en la contraportada de alguno de mis libros, y otra en mi perfil de Instagram, trato de mantener mi vida personal y profesional al margen de ese proyecto, que empezó como un sueño, porque nunca se sabe qué podrían pensar mis jefes si se enteraran.

Por desgracia, la sociedad todavía considera el género romántico «inferior» o «poco serio», a pesar de ser el más vendido del mundo.

De momento tengo doce libros, ocho de ellos, además, traducidos al alemán, todos autopublicados en Amazon. Sí, soy autora indie , pero no me va nada mal. Hasta cuento con un pequeño club de lectoras en Instagram.

Por ello, como ya he dicho, intento mantenerme contenta.

Las cosas podrían ser mucho peores, no vamos a engañarnos.

Y, tarde o temprano, esto también pasará.

O al menos es lo que me repito cuando llego al trabajo, café del bueno en mano y taconeando con mis nuevos zapatos de ante negro, un pequeño capricho para hacer la situación más llevadera.

Planeo convertirlos en un amuleto que atraiga la buena suerte.

Al igual que cada mañana, ignoro el saludo de Nora 2.0, enciendo el ordenador, desactivo las luces automáticas para dejarlas fijas y me doy una vuelta por la oficina, asegurándome de que todo esté ordenado y listo para que los demás empiecen el día.

Cuando regreso a mi puesto, encuentro a Meg, la responsable de Recursos Humanos, tamborileando con sus impecables uñas sobre el mostrador de recepción. Me parece extraño verla tan temprano por aquí, pero no le doy mayor importancia.

—¡Buenos días! —la saludo—. ¿Cómo estás? ¿Te puedo ayudar en algo?

—Hola, Nora. —Parece dudar—. Verás…, necesito hablar contigo.

—Oh…, ¿ha ocurrido algo? —pregunto, un poco preocupada, mientras nuestros compañeros comienzan a llegar.

Meg mira a su alrededor, sonríe forzadamente a la gente que entra y luego vuelve a centrarse en mí.

—Será mejor que hablemos en privado.

—Claro.

La sigo hasta su despacho. Me indica una silla, en la que me siento. Ella prefiere quedarse de pie, lo cual me resulta todavía más raro.

Francamente, estoy desconcertada, y no voy a negar que empiezo a ponerme nerviosa. ¿Habré hecho algo mal y no me he dado cuenta?

—Voy a ir al grano: tu trabajo es ejemplar, y cualquier empresa querría tener a una profesional como tú en su equipo.

—Vaya, gracias, Meg. —Sonrío.

¿Será un aumento? Seguro que es eso. Sabía que las cosas mejorarían, ¡lo sabía!

—Y quiero que sepas que he expresado mi total y absoluta disconformidad con lo que voy a decirte, pero… me temo que la compañía ha decidido prescindir de tu puesto.

—¿Cómo…?

—Consideran que, con la incorporación de la androide y un poco de esfuerzo común por parte del resto del equipo, ya no es necesario un perfil como el tuyo.

Hace una pausa y me mira, a la espera de que diga algo. Pero no puedo.

¡Estoy en shock !

—Te explico —continúa—: al tratarse de un despido de estas características, y dado que llevas tantos años en la empresa, al menos he conseguido que la suma de tu finiquito sea más que justa.

Por un momento, lo veo todo rojo cuando me muestra el cheque. ¿Más que justa? ¡Es una miseria!

—Pero… —empiezo. Sin embargo, Meg me interrumpe.

—Necesitaré que firmes aquí, aquí y… aquí. —Me señala varias casillas—. Y también que entregues tu acreditación, junto con la tarjeta de acceso. Después te acompañaré a la salida.

—¿En serio creéis que un robot puede sustituir mi trabajo?

—Nora, por favor, no me lo pongas más difícil. Y no me metas en el mismo saco; te he sido sincera con respecto a lo que pienso.

—Comprende que no estoy de acuerdo y, por lo tanto, no voy a firmar nada sin hablar antes con John Williams. —Me planto, cruzándome de brazos. John Williams es mi jefe de siempre, y el dueño de la empresa.

—¡Pero si la idea ha partido de él! Y, lo siento, pero no es posible acceder a tu petición. —Suspira—. Nora, de verdad, no vas a ganar nada. Lee los documentos, tómate tu tiempo, fírmalos y demos esto por terminado.

Nos miramos como si nos retáramos.

Entonces, lo entiendo: estoy alargando lo inevitable. No tengo nada que hacer aquí.

Acepto la situación: he perdido contra una máquina.

Respiro hondo, agarro los papeles y los leo despacio. Tal vez demasiado… Al final, los firmo, con más rabia que otra cosa.

Meg me entrega una copia y el cheque, sujetos ambos por un patético clip rosa con forma de margarita. No comento nada, pero una parte de mí quiere lanzárselo a la cabeza. Sé que no es culpa suya, pero es la única que tengo delante para descargar la frustración.

Aun así, me contengo. Soy una persona racional y comprensiva.

Definitivamente, en la oficina deberían darme el premio a la empática del año.

Ah, no, espera…, que ya no pertenezco aquí.

—Nora, por favor. —Señala mi acreditación, que cuelga de mi cuello. Me la quito y la arrojo sobre la mesa.

—No hace falta que me acompañes. Conozco la salida, y sé que estás ocupada.

—Forma parte del protocolo.

Me siento como una delincuente mientras camino seguida por Meg.

Saco la chocolatina de Ritter Sport que guardo en un cajón y la meto dentro de mi bolso, junto con el cactus de ganchillo que tengo junto a la pantalla del ordenador. Es el único efecto personal que hay en la recepción, y nunca podría abandonarlo aquí.

Me lo regaló Max, el hermano gemelo de Markus, cuando este estuvo trabajando en la oficina unos meses atrás.

Max descubrió enseguida que todas mis plantas mueren de forma trágica, y consideró esta la opción más segura.

No se equivocó, pues sigue intacto y adorable, con su carita sonriente, las flores de colores en las puntas de sus dos ramitas y en la cabeza, y sus inofensivos pinchos, hechos de hilos suaves.

Cierro la cremallera del bolso con cuidado, procurando no aplastarlo, y miro mi café. Probablemente ya esté frío, aunque lo agarro igualmente.

—¿Eso es todo lo que has traído?

—Sí —respondo con un hilo de voz.

Ella llama al ascensor, presionando tres veces el botón, como si así fuera a llegar antes.

Realmente, no me queda nada más en este lugar.

Después del último incidente entre Nora 2.

0 y una de mis plantas, que acabó enredada en sus ruedecitas y dejando un asqueroso rastro en la moqueta (todavía visible), me prohibieron tener cualquier objeto que no fuera corporativo o imprescindible para realizar mi trabajo.

Solo hicieron una excepción con mi cactus sintético (porque es adorable).

—De verdad que te doy las gracias por todo el esfuerzo que has hecho durante estos años. —Meg me tiende la mano y se la estrecho, deseando zanjar este ritual absurdo.

—Adiós.

Es lo último que digo, lista para marcharme. Nora 2.0 me dedica su sonrisa led de color azul, brillante y carente de sentimientos, mientras las puertas metálicas se cierran ante mí.

Y, así, sin previo aviso, termina una etapa, en el que pasa a ser, oficialmente, el peor lunes de mi vida.