CAPÍTULO 12
brIAN
Llegué a la estación a las seis cuarenta y ocho con el café en la mano y la cabeza todavía en el trayecto desde Queens, en ese estado de piloto automático que se te instala cuando llevas suficientes años haciendo el mismo recorrido.
El chico de guardia, Rivera, me vio entrar y enseguida noté una expresión rara. No de problema, sino de información pendiente que no sabía muy bien cómo entregar.
—Hayes. Eh. Ha venido alguien a buscarte.
Me detuve.
—¿Quién?
—Una chica. Muy... eh. Con un bolso pequeño y un coche esperando fuera. Ha preguntado por ti, le he dicho que entrabas más tarde y se ha ido al centro comercial de la calle paralela a hacer tiempo. Ha dicho que volvía en un rato.
Me quedé quieto.
—¿Te ha dicho cómo se llamaba?
—No me lo ha dicho. Pero Ortega la ha visto desde arriba y ha bajado las escaleras en tiempo récord para…
—¿Pelo largo, ojos claros, así como con mucho estilo?
Rivera parpadeó.
—Supongo.
Dejé el vaso de café en el primer sitio plano que encontré y fui hacia la puerta con la chaqueta todavía en la mano, dispuesto a buscarla.
Odette había venido. Joder, había venido otra vez hasta Queens a buscarme, igual que yo había ido a su edificio dos noches antes. Éramos los dos igual de malos en esto.
Iba a llegar a la puerta cuando sonó la alarma.
El panel se encendió antes de que el pitido terminara de arrancar. Reeves salió de su despacho con esa velocidad suta para las emergencias reales y miró la pantalla con los ojos entrecerrados.
—Centro comercial. Calle paralela. Planta segunda, posible conato en la zona de restauración, alarma activada, gente dentro.
El mundo se detuvo exactamente un segundo.
¿No será allí donde ha ido Odette?, pensé.
Reeves me miró.
—Vístete, Hayes. Salimos ya.
No necesité que me lo dijera dos veces.
Me puse el equipo en cuarenta segundos, que era mi mejor tiempo. Las manos hacían su trabajo solas mientras la cabeza iba por delante, calculando, descartando, volviendo siempre al mismo punto: Odette en un centro comercial lleno de gente con una alarma de incendios sonando.
Odette, que la última vez que había estado en un edificio con una alarma se había negado a moverse.
Subí al camión a toda hostia. Ortega cerró la puerta. El motor arrancó.
—¿Crees que está ella ahí dentro? —preguntó Ortega, sin rodeos.
—Sí.
No dijo nada más. Pisó el acelerador.
El centro comercial estaba a tres minutos en condiciones normales. Llegamos en menos de uno.
Desde la calle ya se veía la situación: la gente saliendo en tropel por las puertas principales, algunas personas corriendo, otras paradas en la acera sin saber muy bien qué hacer, un par de empleados intentando organizar algo que no tenía mucha organización.
Humo visible en la segunda planta, no denso todavía pero real, saliendo por una de las ventanas laterales de la zona de restauración.
Bajé del camión antes de que terminara de parar.
—Hayes, protocolo —dijo Reeves desde atrás.
—Sí.
—Eso no era una sugerencia.
—Voy.
Me puse el equipo de respiración, tomé el punto de entrada, esperé el segundo necesario para coordinar con Ortega y Marcus, y entré.
La planta baja estaba casi despejada. La gente había evacuado con relativa rapidez por las salidas principales, que era lo que pasaba cuando las alarmas funcionaban y no había pánico total.
El problema estaba arriba: las escaleras mecánicas detenidas, la escalera fija con gente todavía bajando de forma desordenada, y el humo entrando por el techo desde la zona de restauración como una marea lenta y gris.
—Segunda planta, zona central —dijo Marcus por el intercomunicador—. Posible origen en la cocina del restaurante del fondo.
—Voy arriba —dije.
—Hayes…
—Hay una civil que puede estar atrapada. Voy arriba.
Subí por la escalera de servicio, la que usaban los empleados para mercancías, que estaba despejada y directa.
La segunda planta tenía más humo que la primera pero todavía navegable, la visibilidad era reducida pero no crítica.
Las luces de emergencia parpadeaban en rojo sobre las salidas, creando ese ambiente de película de terror que no ayudaba a nadie.
—¿Hay alguien aquí? —grité.
Silencio. Luego, desde la derecha, el llanto de un niño.
Fui hacia el sonido. Una mujer con un niño de unos cuatro años, pegada a la pared junto a una cristalera que daba al exterior, sin saber si moverse o quedarse. La cara del niño estaba escondida en su cuello.
—Salida de emergencia, diez metros a su izquierda —le dije, señalando—. Escalera metálica al exterior. Baje despacio, hay gente abajo esperando.
—Mi marido…
—¿Dónde está?
—No lo sé, se separó cuando empezó el caos, fue hacia los baños.
—Lo encontraremos. Vaya con el niño ahora.
La vi moverse hacia la salida. Me giré.
—¿Hay alguien más? —volví a gritar.
—Aquí.
La voz venía del fondo. De detrás de una hilera de sillas volcadas y una mesa que alguien había tirado al correr. Me moví hacia ella con la linterna cortando el humo gris.
Y entonces la encontré.
Odette estaba de pie junto a la cristalera del fondo, con el bolso cruzado sobre el pecho y una mano sobre la boca. No estaba tirada en el suelo, ni parecía en un estado de pánico visible, estaba de pie y consciente, pero el humo era más denso en ese rincón y tal vez llevaba demasiado tiempo ahí.
Me vio.
Algo transformó su expresión, y no era el alivio simple de quien ve llegar ayuda.
—Sabía que ibas a aparecer tú —dijo.
—Muévete —dije yo.
—Estaba esperando a que se despejara la escalera pero la gente empujaba…
—Odette —me acerqué, la tomé del brazo—. Ahora.
Esta vez no protestó.
La saqué por la escalera de servicio, con mi cuerpo delante del suyo bloqueando el humo, una mano sujetándola para que no perdiera el paso.
Bajamos los dos tramos en silencio, ella pegada a mí, yo calculando cada metro.
En la planta baja el aire era respirable.
En la salida lateral, el aire de abril fue lo primero.
Odette se detuvo en cuanto pisó la acera. Tosió dos veces y respiró hondo. Ortega apareció a mi lado con una manta térmica que ella miró como si fuera un objeto de otra dimensión.
—Estoy bien —dijo.
—Es protocolo.
—Que le den al protocolo.
—Odette…
Cogió la manta. Se la puso por los hombros con esa dignidad suya que sobrevivía a absolutamente todo. La miré de arriba a abajo buscando lo que buscaba siempre: señales de humo en los pulmones, desorientación, quemaduras. Nada. Estaba bien. Estaba entera.
Algo se soltó en mi pecho, que llevaba tres minutos apretado.
—Ortega, ¿puedes echar un último vistazo? —dije sin apartar los ojos de ella.
—Ya voy —dijo Ortega, y desapareció.
Nos quedamos los dos solos en el lateral del edificio, con el ruido del operativo detrás y la ciudad delante y la manta térmica brillando sobre sus hombros como algo completamente absurdo y completamente real.
—Viniste —dije.
—Viniste tú primero —dijo ella—. Arthur me avisó.
—¿Y te fuiste a los Hamptons?
—Mira… me asusté —lo dijo directo, sin rodeos, sin la armadura habitual encima—. No de ti. De lo que sentía. Que es peor, porque no puedes huir de ti misma aunque cojas el coche y pongas cien kilómetros de por medio.
—¿Y ahora?
—Ahora sigo asustada —levantó la vista hacia mí—. Pero resulta que eso no cambia nada de lo que vine a decirte.
—¿Qué viniste a decirme?
Odette Pembroke me miró con esos ojos claros que no escondían nada, con la manta térmica por los hombros que no le restaba ni un ápice de su elegancia, y el pelo revuelto. Estaba preciosa.
—Que prefiero discutir contigo todos los días que no tener nada que decirle a nadie —dijo—. Que me importa una mierda lo que opine Margot, o mi padre o cualquier otra persona sobre qué mundo perteneces. Y que la próxima vez que me saques de un edificio en brazos voy a dejarte hacerlo sin protestar.
—¿Solo la próxima vez?
—No exijas demasiado.
Me reí. Luego me acerqué, le quité el bolso de las manos con cuidado, lo dejé en el suelo, y busqué su cara igual que había hecho en su sofá un par de noches antes.
—Fui a verte… —dije—. Sin saber si querías verme. Fui porque no tenía otra forma de decirte que aquello no había sido una sola noche para mí.
—Lo sé —dijo, en voz baja.
—No sé cómo funciona esto entre tú y yo.
—Yo tampoco.
—Pero quiero intentar averiguarlo.
—Yo también —dijo.
La besé.
No como en el sofá, que había sido despacio y sin prisa. Este beso fue distinto: corto, directo, con las dos manos en su cara y ella agarrando mi chaqueta del equipo con los dos puños como si necesitara sujetarse a algo.
Cuando nos separamos, detrás de nosotros alguien silbó.
Ortega. Con Marcus al lado, que negaba con la cabeza pero sonreía. Rivera, que miraba con la boca abierta.
—Bienvenida al Escuadrón 88 —dijo Ortega, con una solemnidad completamente falsa—. Oficialmente.
Odette se giró hacia él con la manta todavía en los hombros.
—Tú eres el del fondo de pantalla —dijo.
—Lo quité —dijo él.
Me miró. Yo la miré.
Y por primera vez en mucho tiempo, nuestros dos mundos y la distancia entre ellos, y todas las razones por las que aquello era complicado pesaron exactamente lo que tenían que pesar.
Que no era mucho.
No comparado con todo lo demás.