La chispa prohibida (Rudos y románticos 2) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

brIAN

Un año después…

Un año antes, si alguien me hubiera dicho que iba a vivir en un ático del Upper East Side con vistas a Central Park y una colección de vinilos ordenados cronológicamente, le habría mandado a la mierda por intentar tomarme el pelo.

Ahora era un martes por la mañana y estaba en la cocina de ese ático haciendo tortitas mientras Odette discutía con su teléfono en el salón, lo cual era su forma habitual de empezar el día.

—No, papá, no voy a ir a esa cena. Porque tengo planes —hizo una pausa—. Son planes reales, no es una excusa —ahora una pausa brevísima—. Sí, con Brian. Que también es real, por cierto, aunque sé que sigues procesándolo.

Sonreí mientras vigilaba la sartén.

Lo de Gerald Pembroke había sido un proceso.

No demasiado dramático, ni tampoco la típica escena de película del padre rico midiendo a pulso al pretendiente sin dinero.

Más bien una serie de almuerzos incómodos y silencios elocuentes hasta que Gerald había entendido, con la lentitud de quien no está acostumbrado a que las cosas no salgan como las planea, que su hija había tomado una decisión y que esa decisión no tenía marcha atrás.

El último almuerzo, tres meses atrás, había sido casi agradable.

Gerald me había preguntado por el trabajo con algo parecido a interés genuino.

Yo le había contestado sin ponerme a la defensiva, que era mi progreso más significativo por mi parte.

Éramos una obra en construcción, los tres. Pero la construcción avanzaba.

—¿Están listas? —Odette apareció en la entrada de la cocina con el móvil todavía en la mano y el pelo recogido en ese moño informal que solo se hacía en casa y que era, aunque nunca se lo había dicho porque no necesitaba más munición, mi favorito de todos sus peinados.

—Casi.

—Huelen bien.

—Siempre huelen bien.

—No siempre —se encaramó al taburete de la barra—. Acuérdate de aquella vez que olían a caucho.

—La temperatura del fuego importa.

—Eso díselo a las tortitas.

Le puse un plato delante. Ella lo miró, evaluándolo.

—Bien —dijo.

—Gracias por la generosidad.

—Es un cumplido. No exijas más.

Me senté frente a ella con mi plato. La cocina del ático tenía una ventana que daba al este y a esta hora la luz entraba de una forma que hacía que todo pareciera más tranquilo. Fuera, Manhattan ya estaba en pleno movimiento. Aquí dentro todavía estábamos arrancando.

Estos momentos eran los que más me habían sorprendido de nuestro primer año juntos.

No las negociaciones con Gerald ni las cenas en sitios donde yo era el único sin traje de tres mil dólares, ni las conversaciones sobre qué significaba construir algo entre dos personas que venían de planetas distintos.

Sino esto: el martes por la mañana, las tortitas, Odette en el taburete con el pelo recogido discutiendo con su padre por teléfono antes de que él llegara a decir algo que le molestara de verdad.

Esto era lo que no había esperado que fuera tan bueno.

El año había sido…difícil. No puedo decir lo contrario.

Nos había supuesto trabajo. Trabajo real, del que requiere sentarse y tener conversaciones incómodas y equivocarse y volver a intentarlo.

Yo había tenido que soltar cosas que cargaba como si fueran parte de mi identidad: la desconfianza automática hacia su mundo, la tendencia a interpretar cada gesto generoso de Odette como una amenaza a mi independencia, el reflejo de ponerme a la defensiva antes de que hubiera ningún ataque real.

Ella había tenido que soltar las suyas: el control, la distancia emocional disfrazada de ironía, la costumbre de anticipar el abandono haciéndolo ella primero antes de que nadie tuviera oportunidad de hacérselo a ella.

Habíamos chocado. Varias veces, de las buenas, de las que duelen un poco y luego dejan algo más sólido en el sitio donde estaba la grieta.

En junio, una pelea sobre dinero que en realidad era sobre miedo.

En septiembre, una sobre mi trabajo que en realidad era sobre el miedo de ella cada vez que yo salía hacia un incendio que podía ir mal.

En noviembre, una más pequeña y más tonta sobre vinilos que en realidad no era sobre nada excepto que los dos estábamos cansados esa semana y necesitábamos descargar nuestra tensión.

Pero habíamos seguido adelante. Los dos, sin que ninguno diera el paso atrás que habría sido más fácil.

Y en algún punto del camino, sin una fecha exacta que yo pudiera señalar, los dos mundos habían dejado de ser dos mundos y habían pasado a ser simplemente el nuestro.

Con sus contradicciones y sus rarezas y las tortitas de los martes y los vinilos en orden cronológico y Ortega apareciendo a cenar sin avisar por lo menos dos veces al mes porque Odette, contra todo pronóstico, le había cogido un cariño que él correspondía con una lealtad entusiasta e incondicional.

Marcus había dicho, en una de sus frases cortas que valían por diez: te sienta bien. Y era suficiente.

—Reeves me ha dicho que hay una plaza de instructor —dije, mientras terminaba las tortitas.

Odette levantó la vista.

—¿De instructor?

—En la academia. Formaría a los nuevos. Turno más regular, menos intervenciones directas —hice una pausa—. No sé si quiero. Todavía no lo he decidido.

Ella me miró durante un momento con toda su atención.

—¿Qué quieres tú? —preguntó.

—Te estoy preguntando qué piensas tú.

—Ya sé que me estás preguntando. Te estoy preguntando qué quieres tú primero.

Así era Odette. Sin atajos.

—Creo que todavía no estoy listo para dejar el trabajo de calle —dije—. Pero me gusta la idea de transmitir lo que sé. En algún momento.

—Entonces en algún momento —dijo ella, como si fuera la cosa más simple del mundo.

—No tienes ninguna opinión sobre el turno más regular.

—Tengo muchas opiniones sobre el turno más regular. Pero no son más importantes que las tuyas sobre tu propio trabajo. Ya aprendí esa lección.

La miré.

—¿Cuándo la aprendiste?

—Aproximadamente en junio, durante una conversación que los dos recordamos de formas ligeramente distintas.

—La recuerdo perfectamente.

—Yo también. Por eso la menciono.

Sonreí. Ella sonrió también, esa sonrisa franca y real que no era para nadie más, la que no tenía nada del barniz de las fotos en galas.

El sol había avanzado lo suficiente para cruzar la cocina entera y llegar a la barra. Fuera, Manhattan seguía siendo Manhattan: ruidosa, indiferente, completamente ajena al martes particular de dos personas en un ático de la Setenta y ocho.

Me levanté, recogí los platos y los dejé en el fregadero. Odette siguió con el café, mirando la ciudad por la ventana.

Me acerqué por detrás. Ella no se movió, sabiendo lo que venía.

Le aparté el pelo del cuello, que era el gesto que habíamos establecido sin haberlo decidido en ningún momento concreto, y la besé ahí, despacio.

—Llegas tarde —dijo ella, sin moverse.

—Tengo turno de tarde hoy.

—Ah. Entonces te quedas un rato.

—Me quedo un rato.

Se giró en el taburete y me miró de frente. Le quedaban restos de café en la comisura de la sonrisa y el moño había sobrevivido al desayuno por los pelos; y llevaba una camiseta mía que le quedaba grande.

—Oye, bombero Brian —dijo.

—¿Qué, princesa?

—Que me alegro de que vinieras a buscarme aquella noche.

—¿A tu ático o al centro comercial en llamas?

—A las dos. Pero sobre todo a la primera —levantó la mano y me enganchó por la camiseta, acercándome—. Aunque… tardaste demasiado.

—Tardé exactamente lo necesario.

—Típico de ti. Siempre con tu propio calendario.

La besé antes de que pudiera añadir algo más, ya que esa era la única forma infalible de ganar una discusión con Odette Pembroke, y ella me lo permitió durante exactamente el tiempo que decidió permitírselo, que fue bastante, antes de separarse con esa sonrisa que me volvía loco.