CAPÍTULO 11
ODETTE
La casa de los Hamptons era perfecta. Ese era el problema.
Cinco dormitorios, terraza con vistas al Atlántico, jardín que un equipo de tres personas mantenía en un estado de perfección discreta.
Mi padre la había comprado cuando yo tenía doce años y desde entonces había sido el sitio al que la familia Pembroke iba a demostrar que era el tipo de familia que tenía un sitio así al que ir.
En verano se llenaba de gente y ruido y cenas que duraban hasta las dos de la mañana. En abril, allí sola, era simplemente una casa muy cara y muy silenciosa en la que yo llevaba veinte horas dando vueltas como un animal enjaulado.
Me había dicho a mí misma que necesitaba aire. Perspectiva. Ese tipo de distancia que solo da el hecho de poner kilómetros entre tú y el problema.
El tema era que el problema era interno y los kilómetros no servían para nada con los problemas internos. Eso lo sabía antes de subir al coche. Lo había hecho de todas formas.
Me serví un té que no me terminé, salí a la terraza con una chaqueta que no abrigaba suficiente para el mes de abril en la costa, y miré el océano durante un rato. El Atlántico era gris ese día, y no tenía ninguna opinión sobre mis decisiones, lo cual era un alivio y una decepción a partes iguales.
Volví dentro.
Cogí el móvil. Lo dejé. Lo cogí otra vez.
El mensaje de Arthur había llegado a las diez de la mañana, con esa discreción puntual que lo caracterizaba:
Señorita Pembroke. Ayer por la noche vino a verla el señor Brian Hayes. Le informé de que se encontraba fuera de la ciudad. Pensé que debía saberlo. Que tenga buen descanso.
Lo había leído cuatro veces seguidas cuando llegó. Luego lo había dejado en visto y había salido a la terraza a mirar el océano por primera vez, cosa que no me había servido de nada entonces y seguía sin servirme de nada ahora.
Brian había ido a buscarme.
Sin mi número de teléfono, sin forma de avisarme, se había presentado en mi edificio la noche después de haberse ido a las seis de la mañana para ir a trabajar. Había ido sin saber si yo quería verlo, sin garantías de ningún tipo, simplemente se había presentado.
Y yo le había mandado a Arthur que le dijera que estaba en los Hamptons.
Me senté en el sofá del salón, que era de lino blanco y costaba una fortuna y en ese momento me resultaba completamente irrelevante, y me hice la pregunta que llevaba veinte horas evitando con una dedicación considerable:
¿De qué exactamente había huido?
De Margot, en parte. De esa frase, no está a tu nivel, dicha con tanta calma y tanta certeza, como si fuera un accidente geográfico. Como si hubiera un mapa y en ese mapa Brian Hayes y yo estuviéramos en continentes distintos con un océano de por medio.
Pero también de mí misma. De lo que había sentido en el sofá escuchándolo hablar de su hermano Jamie, de lo que había sentido cuando se fue a las seis y me quedé mirando el techo con esa sonrisa ridícula que nadie vio.
De la velocidad a la que todo aquello había ocurrido y de lo poco que me había importado esa velocidad mientras estaba pasando.
Eso era lo que me asustaba. No él, ni su mundo, ni la distancia entre los dos.
Sino yo. La versión de mí que había dejado una nota en una taquilla con mi dirección para que viniese a verme.
La versión que había comprado una cerveza que no bebía porque intuía que era lo que él tomaría.
La versión que se había despertado a las seis de la mañana y había preferido ese momento de penumbra y verlo a él poniéndose la chaqueta a seguir durmiendo.
Esa versión no la controlaba. Y yo controlaba las cosas.
O lo había hecho hasta ahora.
Me levanté y me acerqué a la ventana. El jardín perfecto, el seto recortado con precisión, el camino de gravilla que llevaba a la verja. Todo estaba en su sitio. Todo exactamente como debía ser.
Pensé en la estación de bomberos de Queens, en el olor a metal y a trabajo real, en los bancos de madera oscura del vestuario y la placa con su nombre en el borde desgastado.
En cómo me había enseñado el panel de alertas con esa paciencia seria de quien explica las cosas que le importan.
En Ortega, guardando el vídeo como fondo de pantalla.
En el capitán Reeves y su sonrisa: tiene usted buen ojo.
Cogí el móvil y llamé al chófer.
Eran casi las cinco de la tarde cuando el coche salió de los Hamptons en dirección a la ciudad.
Me senté en el asiento de atrás con el bolso en el regazo, el pequeño, no el Birkin, del que no me había vuelto a acordar, y miré por la ventana cómo el paisaje costero iba dejando paso a la autopista y luego a los primeros suburbios y luego a Queens, extendiéndose a los dos lados.
El problema era que no sabía dónde vivía Brian. No tenía su dirección.
Tenía solo su estación de bomberos, el Escuadrón 88, y la calle, que recordaba del día en que había ido a por el café con el pañuelo en el pelo. El resto lo había buscado en el móvil durante el trayecto, confirmando lo que ya recordaba.
Skillman Avenue.
—Déjame en Skillman Avenue, por favor —le dije al chófer—. Queens.
Hubo una pausa muy breve.
—¿La dirección exacta, señorita Pembroke?
—La estación de bomberos del Escuadrón 88.
Me miró a través del retrovisor.
—Entendido.
Llegamos cuando empezaba a anochecer. Le dije al chofer que esperara a la vuelta de la esquina.
La puerta lateral de la estación estaba abierta. Entré con menos ceremonia que la primera vez. Un chico joven, diferente al de la otra visita pero con la misma expresión de no saber muy bien qué hacer conmigo, levantó la vista desde detrás de un portapapeles.
—Buenas noches. Busco a Brian Hayes.
—El bombero Hayes está de turno de noche esta semana —miró el reloj—. Pero todavía no ha llegado. Entra a las nueve, debería estar aquí en media hora, o cuarenta minutos.
Media hora.
—De acuerdo. Vuelvo en un rato, iré a dar una vuelta al centro comercial que hay al fondo de la calle.
Salí. El chofer seguía esperando donde le había dicho.
Le hice un gesto para que se quedara y eché a andar por la acera en dirección a los grandes almacenes que había visto al llegar, un edificio de tres plantas con una cadena de ropa en la planta baja y lo que parecía una zona de restaurantes arriba.
Suficiente para matar cuarenta minutos sin quedarse de pie en la calle.
Entré.
La planta baja estaba moderadamente llena para ser un jueves por la tarde.
Había familias con bolsas, adolescentes en grupos, el ruido sordo de un sitio cerrado con mucha gente dentro.
Pasé por delante de los escaparates sin ver nada en particular, subí las escaleras mecánicas hasta la segunda planta, encontré una silla libre frente a una cristalera y me senté con el bolso en el regazo a esperar.
Pensé en lo que iba a decirle.
No lo tenía preparado, lo cual era inusual en mí, pero algunas cosas no se preparaban.
Le diría la verdad, simplemente. Que me había asustado y que huir había sido una cobardía y que lo sabía.
Que Margot había dicho algo que había dejado entrar cuando no debería haberlo dejado entrar.
Que él había ido a buscarme sin número de teléfono y eso me había dicho algo que necesitaba contestar en persona.
Que prefería pelear con él todos los días antes que no tener nada que decirle a nadie.
Miré el reloj. Veinte minutos.
Fue entonces cuando sonó la alarma.
Un pitido agudo, continuo, llenando el espacio entero de golpe. Las luces de emergencia parpadearon en rojo sobre las salidas. Una voz grabada empezó a repetir instrucciones de evacuación con esa calma artificial de los sistemas automáticos que resulta más inquietante que tranquilizadora.
Me levanté.
A mi alrededor, la gente también se levantó, pero no con orden.
Con ese movimiento simultáneo y descoordinado de mucha gente en un espacio cerrado que de repente quiere llegar a la misma salida al mismo tiempo.
Alguien empujó sin querer a alguien, que empujó a otro, y el ruido subió de nivel en segundos, voces encima de voces, el llanto de un niño pequeño desde algún punto que no veía.
Las escaleras mecánicas se habían detenido.
La gente se agolpaba en la escalera fija, empujando hacia abajo, y desde arriba no se veía bien qué pasaba pero se oía, y lo que se oía no era ordenado.
Me quedé quieta un segundo en medio del movimiento, con el bolso apretado contra el cuerpo.
No había humo visible. Todavía.
Pero la gente seguía empujando y la escalera era estrecha y alguien gritó algo desde abajo que no entendí y el niño seguía llorando y las luces rojas seguían parpadeando y de repente, por primera vez en mucho tiempo, sentí algo que reconocí sin ninguna duda.
Miedo de verdad.