CAPÍTULO 10
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El turno del jueves fue de los largos.
No por el trabajo en sí, que había sido relativamente tranquilo; solo dos avisos menores y una inspección rutinaria en un edificio de oficinas de Midtown que no tenía nada fuera de orden.
Sino porque cuando el trabajo no te ocupa la cabeza del todo, la cabeza busca donde ir por su cuenta.
Y la mía había decidido, sin consultarme, que el sitio adonde quería ir era el ático de la Setenta y ocho Este.
Ortega lo notó a media mañana.
—Estás en otro sitio —dijo, mientras revisábamos el equipo después del segundo aviso.
—Nah. Estoy aquí mismo.
—Tu cuerpo está aquí. Tu cabeza no.
—Filosofía de vestuario, Ortega. Gracias.
Se encogió de hombros y no insistió, que era lo que hacía cuando sabía que insistir no iba a ningún lado pero quería que constara que había observado algo. Llevábamos suficientes años trabajando juntos para entendernos en ese idioma.
Me puse las pilas, y por fin la inspección de Midtown me dio dos horas de actividad real en las que no pensé en nada que no fuera el trabajo, que era exactamente para lo que servía en los días en que lo necesitabas así.
Luego volvimos a la estación, hubo papeleo, café, la conversación habitual del final de turno sobre nada en particular.
Y en todo ese tiempo, en algún rincón constante del fondo, estaba ella.
El problema concreto era el siguiente: me había ido de su ático a las seis de la mañana sin su número de teléfono. ¿Soy un idiota? Sí, lo soy.
Pero ella no me lo había dado. Y yo no se lo había pedido.
Habíamos estado hablando hasta las tres, luego habían pasado otras cosas, y en algún punto entre las tres y las seis la cuestión del número había quedado completamente fuera de la conversación sin que ninguno de los dos lo mencionara.
Lo cual era o un descuido o algo deliberado, y con Odette Pembroke yo ya estaba aprendiendo que los descuidos no existían.
Así que no tenía forma de escribirle. No tenía forma de llamarla. Tenía su dirección, que era lo único que me había dado desde el principio, como si quisiera que la única forma de contacto posible fuera la más directa: aparecer. Hacer el esfuerzo de ir hasta allí.
Pensé en eso durante el metro de vuelta a Queens. Había días en los que no me apetecía conducir y cogía el metro.
Pensé en cómo había sonado su risa cuando me había preguntado si debía tener cuidado con el vestido.
En que tenía los vinilos ordenados cronológicamente, no por artista, y que eso decía algo de ella que no habría adivinado.
En que cuando hablaba de su padre había algo debajo de las palabras que no era solo distancia sino algo más parecido al cansancio de quien lleva mucho tiempo siendo lo que otro necesita que seas.
En Queens me duché, comí algo de pie en la cocina, y me quedé mirando el móvil durante un rato sin que me sirviera de nada porque esa no era la manera de contactar con ella.
A las ocho y media cogí la chaqueta y salí.
Tomé de nuevo el metro y luego caminé hasta la Setenta y ocho Este a las nueve menos cuarto.
El edificio era exactamente como lo recordaba, lo cual era una observación estúpida porque solo habían pasado veinticuatro horas, pero hay sitios que uno espera que hayan cambiado de alguna forma porque uno mismo ha cambiado de alguna forma, y este era una de esas situaciones.
Estaba nervioso, y no entendía muy bien por qué.
Arthur, el portero, estaba en su puesto. Un hombre de unos sesenta, con uniforme oscuro, cara amable.
Me reconoció antes de que yo dijera nada. Fue raro, como si me estuviese esperando.
—Buenas noches —dije—. Venía a ver a Odette Pembroke. Soy Brian Hayes.
Arthur me miró un momento.
—Lo siento, señor Hayes. La señorita Pembroke no se encuentra en la ciudad.
Me quedé quieto.
—¿Perdón?
—Se ha marchado esta tarde. A pasar unos días en la residencia familiar de los Hamptons. Me temo que no podrá recibirle.
Lo miré. Él me sostuvo la mirada con esa profesionalidad perfecta que no daba ninguna información adicional, ni con los ojos ni con la expresión ni con nada.
—¿Se ha ido esta tarde?—repetí.
—Así es.
—¿Sabe cuándo vuelve?
—No me lo ha indicado, señor.
Asentí despacio. Miré el vestíbulo detrás de él, el mármol, las flores frescas en la mesa central, el ascensor con las puertas cerradas.
—De acuerdo —dije—. Gracias, Arthur.
—Buenas noches, señor Hayes.
Me di la vuelta y salí a la calle.
Caminé un rato por Manhattan.
No había tomado ninguna decisión de caminar, simplemente no paré cuando llegué a la acera y seguí en dirección oeste sin un destino concreto.
La noche era fría y clara, el tipo de noche en que Nueva York huele a ciudad limpia y el aire tiene un punto que te aclara la cabeza si le das la oportunidad.
Le di la oportunidad.
Se había ido a los Hamptons.
Podía ser verdad. La gente como Odette Pembroke tenía casas en los Hamptons de la misma forma en que yo tenía una cafetera: era simplemente parte de su equipamiento básico. Podía haber decidido marcharse esa tarde por cualquier razón, sin que tuviera nada que ver conmigo.
Podía ser completamente verdad.
Pero yo había visto la cara de Arthur en cuanto me vio. Ese segundo antes de que la profesionalidad lo cubriera todo. Y Arthur era bueno en su trabajo, muy bueno, pero ese segundo había existido.
Giré hacia Central Park, entré por la primera transversal y seguí caminando por el camino que bordeaba el lado sur. A esta hora había poca gente, algún corredor, alguna pareja, los perros que alguien sacaba tarde. Las luces del parque proyectaban sombras largas sobre la hierba.
Me senté en un banco.
Muy bien, Odette.
Lo repasé todo con la honestidad que merecía la situación.
Había ido a su ático sin avisar, sin número de teléfono, sin ningún tipo de acuerdo previo más allá de una noche que había sido lo que había sido.
No teníamos nada acordado. No habíamos hablado de volver a vernos.
Yo había asumido algo que quizá no había que asumir, y ella había tomado una decisión, fuera cual fuera, y me la había comunicado a través de Arthur con esa eficiencia indirecta que era, pensándolo bien, completamente coherente con quien era.
Un tipo pasó corriendo por delante del banco sin mirarme.
Me froté la cara con las manos.
El problema era que no me salían las cuentas.
Lo que había pasado entre nosotros no había sido una cosa de una noche, o al menos a mí no me lo había parecido, y yo llevaba suficientes años siendo adulto como para distinguir la diferencia.
Habíamos hablado durante horas antes de cualquier otra cosa.
Ella me había contado lo de su padre. Yo le había contado lo de Jamie.
Eso no era lo que hacías con alguien con quien no ibas a volver a hablar.
O sí lo era. Quizá en su mundo sí.
Ahí estaba. Esa idea que llevaba días orbitando y que yo había estado manteniendo a distancia porque era incómoda y porque cuando algo te gusta no quieres mirar los problemas de frente hasta que no te queda más remedio.
Su mundo y el mío.
Yo lo había pensado desde el principio, desde que la había sacado de las oficinas de Hermès en brazos y ella me había mirado como si yo fuera un fenómeno interesante que había aparecido de repente en su campo de visión.
Lo había pensado en el café de Queens, en la estación, en su ático colmado de vinilos y ventanales y esa luz de ciudad que en mi apartamento no existía porque en mi apartamento las vistas eran otro edificio y una parte del puente si te ponías en el ángulo exacto.
Éramos demasiado distintos. No en el sentido romántico de los opuestos que se atraen, sino en el sentido práctico y concreto de que vivíamos en versiones diferentes de la misma ciudad y esas versiones no tenían demasiados puntos de contacto reales.
Ella lo sabía. Probablemente lo había sabido antes que yo.
Quizá irse de repente a los Hamptons era su forma de decirlo sin tener que decirlo, que era, también pensándolo bien, bastante más considerado que otras alternativas.
Me levanté del banco.
Seguí caminando hacia el oeste, hacia la salida del parque que me dejaba más cerca de la boca de metro. La ciudad seguía siendo la ciudad, completamente indiferente a mis conclusiones, lo cual era una de las pocas cosas que le agradecía a Nueva York de forma consistente.
Ella y yo… era una locura desde el principio.
Lo había sabido. Me lo había dicho a mí mismo en el vestuario con el papel en la mano, me lo había dicho caminando hacia el taxi, me lo había dicho en el ascensor de su edificio la noche anterior cuando las puertas se cerraban y yo todavía no sabía muy bien qué estaba haciendo allí.
Una locura.
Bajé las escaleras del metro.
El andén estaba casi vacío a esa hora, solo un par de personas en el extremo opuesto y el ruido lejano del tren que se acercaba. Me quedé de pie cerca del borde, con las manos en los bolsillos.
Lo mejor era dejarlo aquí. Sin dramas ni conclusiones más relevantes de lo necesario. Había sido lo que había sido, que no era poco, y ahora cada uno volvía a su vida. Y ya está.
El tren llegó.
Subí. Y me quedé de pie, mirando mi reflejo en el cristal oscuro de la ventana durante todo el trayecto hasta Queens, intentando convencerme de que lo que pensaba era también lo que sentía.
No del todo…pero casi.