CAPÍTULO 9
ODETTE
Me desperté antes de que sonara el despertador, lo cual no me pasaba nunca.
La cama olía distinto. No de una forma dramática, sino sutilmente, como cuando cambias algo insignificante en una habitación y tardas un momento en identificar qué es.
Brian se había ido a las seis, con esa eficiencia silenciosa de alguien acostumbrado a madrugar sin hacer ruido.
Me había despertado lo justo para verlo ponerse la chaqueta en la penumbra del dormitorio, y él se había dado cuenta y había vuelto a la cama un momento, solo para decirme algo en voz baja que no recordaba exactamente pero cuyo tono sí recordaba.
Luego se había ido.
Y yo me había quedado tumbada mirando el techo con una sonrisa que nadie debería ver porque era completamente ridícula.
Me levanté con la calma, fui a la cocina, puse el café. Me quedé apoyada en la encimera mientras la cafetera hacía su trabajo, mirando la ciudad que empezaba a llenarse de luz, y pensé que Manhattan por las mañanas tenía algo que nunca se veía en las fotos.
Y pensé en él, claro. Brian Hayes había estado en mi ático.
Brian Hayes había estado en mi sofá, con mi vinilo de Fleetwood Mac de fondo, contándome lo de su hermano con esa voz tranquila que usaba para las cosas que le importaban de verdad.
Brian Hayes me había mirado de una forma que hacía que todas las miradas anteriores de todos los hombres anteriores parecieran un ensayo de algo que nunca había llegado a ninguna parte.
Cogí el café y me acerqué al ventanal.
Estaba metida en un lío considerable.
El mensaje de la boutique llegó a las diez de la mañana, mientras yo seguía en pijama leyendo sin leer en el sofá:
Señorita Pembroke, buenas noticias. Su Birkin ha podido adelantarse. Puede recogerlo mañana si lo desea. Disculpe las molestias ocasionadas por el incidente del otro día, y gracias por su comprensión.
Lo leí dos veces.
Mi bolso Birkin. Tres años y medio en lista de espera. Gris etoupe con herrajes de oro y mi nombre grabado en la placa interior. El bolso por el que había estado dispuesta a quedarme en un edificio en llamas, literalmente.
Lo leí una tercera vez esperando sentir algo más.
Pero eso que se suponía que debía sentir no llegó.
Era una buena noticia, claro. Era el bolso. Pero en algún punto entre el martes por la mañana en Hermès y este miércoles en mi sofá, el dichoso bolso había pasado de ser el centro de algo a ser simplemente un bolso muy caro.
Miré algunas fotos. Seguía siendo precioso. Seguía siendo exactamente lo que había pedido. Y sin embargo…
Le escribí a Margot:
Buenas noticias dobles. Recojo el Birkin mañana y tengo algo que contarte. ¿Café esta mañana?
Respondió en treinta segundos, como siempre:
Doble Latte en Martha's a las doce. No llegues tarde.
Siempre llego tarde, escribí.
Ya lo sé. A las once y media entonces.
Martha's era una cafetería en la Setenta y tres con Madison que Margot y yo frecuentábamos desde hacía años porque tenía los mejores croissants de mantequilla del Upper East Side y un nivel de ruido suficientemente bajo para mantener una conversación real.
El tipo de sitio donde la gente iba con el portátil y se quedaba tres horas sin que nadie dijera nada.
Llegué con cinco minutos de retraso, que para mí era prácticamente puntual. Margot ya estaba sentada con su latte y una expresión neutra, como si tuviese cosas que decir y hubiese estado organizándolas mentalmente durante el camino.
Me senté. Pedí lo mío. Y antes de que ella pudiera empezar con lo que fuera que tenía preparado, lo solté.
—Creo que estoy con alguien.
Margot bajó la taza.
—¿Cuándo? ¿Cómo?
—Técnicamente hace tres días. Pero ayer fue cuando...—hice un gesto vago que ella interpretó correctamente porque llevábamos doce años siendo amigas.
—Dios mío. ¿Quién es?
Y ahí estaba. El momento. Lo había estado pensando en el taxi, cómo contarlo, por dónde empezar, si mencionar el vídeo primero o ir directamente al café en Queens o saltar a la nota en la taquilla, que era la parte que más me gustaba de la historia porque decía algo sobre mí que me sorprendía gratamente.
—¿Recuerdas el vídeo del incendio?
Margot parpadeó.
—¿El bombero?
—El bombero.
El silencio que siguió duró aproximadamente cuatro segundos. Luego Margot dejó la taza en el plato con un cuidado que no era delicadeza sino contención.
—Odette…
—Sé lo que vas a decir.
—¿El bombero del vídeo? ¿El que te cargó a hombros como si fueras...?
—Como si fuera un saco de patatas, sí, ya lo sé, pero escucha…
—¿El mismo contra el que pusiste una queja formal?
—Que retiré ayer, por cierto, porque era lo correcto y porque…
—Déjame adivinar, ¿fuiste a verlo?
Hice una pausa.
—Fui a tomar un café por la zona.
—Madre mía, Odette.
—Y puede que pasara por allí y que él me enseñara las instalaciones… y puede que luego yo le dejara una nota en su taquilla con mi dirección para que viniera a verme por la noche.
Margot me miraba como si yo hubiera dicho algo en un idioma que no reconocía.
—Una nota. En su taquilla.
—Escrita a mano. Sin mi número de teléfono, para que si aparecía supiera que era porque quería verme y no por compromiso.
—¿Y apareció?
—A las nueve y media.
Otro silencio. Este fue más largo.
Yo seguí hablando, porque cuando estaba nerviosa hablaba más de la cuenta.
—Es diferente, Margot. No como los otros.
No hace nada para impresionarme, de hecho hace bastante lo contrario, pero hay algo en cómo.
.. en cómo me mira, y en lo que me contó de su hermano, y en que se quedó hasta las seis de la mañana y se fue sin hacer ruido para no despertarme y yo me desperté de todas formas y—
—Para, por favor.
Paré.
Margot se recostó en la silla. Me miró con una expresión que yo había visto antes, la que ponía cuando estaba a punto de decirme algo que consideraba necesario aunque no fuera lo que yo quería escuchar.
—Odette. Escúchame.
—Ya te estoy escuchando.
—Ese hombre no es para ti.
Lo dijo con calma, con la convicción tranquila de quien cree estar haciendo un favor.
—¿Perdona?
—No te lo digo con ninguna mala intención. Lo digo porque te conozco. Tu mundo y el suyo no cuadran, es así de simple. Vosotros no tenéis nada en común. Él es un bombero de Queens, Odette. No es tu nivel.
Me quedé quieta.
—¿Mi nivel?
—Tu entorno, tu forma de vida, lo que das por sentado cada día. Él nunca va a encajar en eso y tú no vas a poder encajar en lo suyo. Es una fantasía bonita, lo entiendo, y es un tío atractivo, lo he visto en el vídeo, pero…
—Para —dije.
Margot paró.
La miré. Ella me sostuvo la mirada.
Pensé en Brian en mi sofá, con la cerveza que yo había comprado para él, leyendo los títulos de mis vinilos con el dedo.
Pensé en cómo había dicho lo de su hermano, como un hecho que lo había formado sin destruirlo.
Pensé en probablemente en las dos cosas, como casi todo, que era la respuesta más honesta que nadie me había dado en años.
—No está a tu nivel.
Esa frase siguió ahí, flotando sobre la mesa entre las dos tazas y el croissant que ninguna había tocado.
Cogí el bolso.
—Creo que me está empezando una migraña —dije.
—Odette, escucha.
—En serio. Las tengo a veces y noto cuando vienen con antelación. Es como un superpoder. Mejor me voy a casa antes de que aterrice de lleno.
Me levanté. Me puse la chaqueta. Dejé un billete en la mesa para las dos consumiciones aunque Margot protestó con un gesto.
—Hablamos luego —dije.
—No te enfades.
No contesté a eso. La besé en la mejilla, que era lo que hacía cuando no quería tener una conversación, y salí a Madison Avenue a toda prisa.
Fuera el aire era frío y limpio y la calle estaba llena de gente que no sabía nada de nada de mis tormentas internas.
Caminé media manzana. Paré. Me apoyé en la pared de un edificio y miré el cielo entre los rascacielos.
No esta a tu nivel.
Lo había dicho con tanta naturalidad. Como si fuera un hecho matemático, una suma que no daba otro resultado. Como si ella supiera mejor que yo lo que yo necesitaba o merecía o podía tener.
No estaba enfadada con Margot.
O sí lo estaba, pero no era solo eso.
Era que por un momento, había dejado que aquella frase aterrizara y se asentara. Y en ese segundo había sentido algo frío y desagradable que reconocía de otras épocas: la duda. La misma que usaba mi padre cuando quería que yo eligiera de determinada manera sin decirlo directamente.
Saqué el móvil. No tenía el número de Brian.
Eso también.
Volví a guardarlo y eché a andar sin dirección concreta, dejando que la ciudad hiciera su trabajo, que era estar ahí y ser ruidosa y no pedirte nada a cambio más allá de ser un escenario caótico y bonito.
El bolso podía esperar. Algunas cosas eran más urgentes.