La chispa prohibida (Rudos y románticos 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

ODETTE

Recordé en ese momento cuando nos enfrentamos en la calle el día que nos conocimos, toda aquella rabia y tensión y dos personas que no querían admitir lo que estaba pasando.

Esto fue bien diferente desde el principio, con las manos de Brian en mi cuello primero y luego en mi pelo y después instalándose en mi cintura, como si tuviera todo el tiempo del mundo y hubiera decidido usarlo.

Yo no era de las que perdían el control. Era una información sobre mí misma en la que había confiado durante bastante tiempo.

Brian Hayes la hizo completamente irrelevante.

Nos movimos encima del sofá sin dejar de tocarnos, con esa torpeza coordinada de dos personas que todavía están aprendiendo el idioma del otro pero avanzan rápido.

Él era sólido y real de una forma que no tenía nada que ver con el mundo donde yo vivía, sin ángulos calculados, sin distancia de seguridad.

Sus manos sabían lo que hacían y no tenían prisa, y eso era lo más desconcertante de todo, que no tuviera prisa, que fuera capa por capa como si tuviera intención de llegar al fondo de algo.

—Oye —dijo en voz baja, con la frente apoyada en la mía.

—¿Qué?

—Este vestido cuesta una fortuna, ¿verdad?

—Una barbaridad.

—¿He de tener un cuidado extra o no importa?

Me reí contra su boca.

—No importa —dije.

Y no importó.

Sus dedos bajaron la cremallera con una lentitud que me volvía loca.

La tela se deslizó por mi cuerpo y cayó al suelo, dejándome solo con la ropa interior.

Brian se apartó un segundo para mirarme, y la forma en que sus ojos recorrieron mi piel hizo que se me acelerara el pulso.

Aquello no era solo deseo; había admiración, casi devoción.

—Eres preciosa —murmuró, antes de besarme otra vez.

Me ayudó a quitarle la camisa y luego el resto de su ropa.

Cuando por fin estuvimos piel contra piel, el calor de su cuerpo me envolvió por completo.

Era grande, cálido y muy fuerte. Sus manos exploraban cada curva con paciencia, como si quisiera aprenderse de memoria la forma en que reaccionaba a cada caricia.

Se arrodilló entre mis piernas y bajó la cabeza.

Sus labios dejaron un camino de besos húmedos desde mi cuello hasta mis pechos.

Tomó uno en su boca, succionando suavemente mientras su lengua jugaba con el pezón, y un gemido escapó de mis labios.

Sus dedos bajaron despacio por mi vientre hasta llegar entre mis muslos.

Cuando rozó mi centro, descubrió lo mojada que ya estaba y soltó un sonido grave de aprobación.

—Tan lista para mí… —susurró contra mi piel.

Sus dedos me acariciaron con movimientos lentos y precisos, dibujando círculos suaves sobre mi clítoris hasta que mis caderas empezaron a moverse solas buscando más.

Cuando introdujo un dedo dentro de mí, arqueé la espalda y jadeé su nombre.

Añadió un segundo, curvándolos en el punto exacto que me hizo ver estrellas, mientras su boca seguía torturando dulcemente mis pechos.

—Brian… por favor —supliqué, tirando de su pelo.

Él levantó la cabeza y me miró a los ojos mientras se colocaba entre mis piernas. Sentí la cabeza de su miembro presionando contra mi entrada, caliente y dura.

Entró despacio, centímetro a centímetro, dejándome sentir cada parte de él. Era grueso y me llenaba de una forma tan perfecta que ambos gemimos cuando estuvo completamente dentro.

Se quedó quieto un momento, con la frente apoyada en la mía, respirando con dificultad.

—Joder, Odette… —susurró—. Eres increíble.

Empezó a moverse con embestidas profundas y lentas, saliendo casi por completo antes de volver a hundirse en mí.

Cada vez que entraba sentía que tocaba algo más profundo, no solo en mi cuerpo.

Mis manos recorrían su espalda, sintiendo cómo sus músculos se tensaban bajo mis dedos.

Enredé las piernas alrededor de sus caderas, atrayéndolo más cerca, queriendo que no quedara ni un milímetro de distancia entre nosotros.

Sus movimientos fueron ganando ritmo poco a poco, pero nunca perdieron esa dulzura. Me besaba constantemente: en los labios, en el cuello, en los hombros. Susurraba mi nombre como si fuera una oración.

Una de sus manos bajó hasta mi clítoris y empezó a acariciarlo al ritmo de sus embestidas, haciendo que el placer se volviera casi insoportable.

—Quiero verte… —dijo con la voz entrecortada—. Quiero verte cuando te corras.

Eso fue más que suficiente. El orgasmo me golpeó con fuerza, pero de una forma profunda y larga. Me contraje alrededor de él, temblando entre sus brazos mientras gemía su nombre una y otra vez.

Brian no dejó de moverse, prolongando mi placer hasta que él mismo no pudo más. Con un gruñido grave y mi nombre en los labios, se hundió profundamente una última vez y se corrió dentro de mí, pulsando con fuerza mientras me abrazaba con todo su cuerpo.

Nos quedamos unidos un largo rato, respirando agitados, con su peso deliciosamente sobre mí y sus labios recorriendo con besos suaves mi sien y mi mejilla.

Cuando terminamos, la ciudad seguía ahí fuera.

El disco que pusimos había terminado y el plato giraba en silencio.

Yo estaba tumbada con la cabeza en su pecho, escuchando cómo le volvía la respiración a su ritmo normal, y él tenía una mano en mi pelo sin hacer nada en particular con ella, solo ahí.

Fue como si el tiempo se hubiese detenido solo para nosotros.