La chispa prohibida (Rudos y románticos 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

ODETTE

A las nueve y cuarto decidí que no iba a venir.

A las nueve y veinte decidí que me daba igual.

A las nueve y media estaba en el salón con una copa de vino blanco que no había tocado, mirando la ciudad desde el ventanal como si Manhattan fuera a darme algún tipo de respuesta útil a todos mi dilemas. Y entonces sonó el telefonillo.

Me quedé quieta un segundo. Luego fui al interfono.

—¿Sí?

—Soy Arthur, señorita Pembroke. Hay un señor abajo que dice que viene a verla. Un tal Brian.

Cerré los ojos un momento.

—Dile que suba, Arthur. Gracias.

Colgué. Me miré en el espejo del recibidor. Llevaba el vestido negro sencillo, el pelo suelto, sin el pañuelo ni las gafas de sol ni ninguna de las armaduras habituales. Estaba como estaba. Era suficiente o no lo era.

Llamaron a la puerta.

Abrí.

Brian Hayes estaba en el umbral con vaqueros oscuros y una chaqueta que alguien había planchado hace tiempo. Tenía el pelo todavía ligeramente húmedo, como si se hubiera duchado antes de venir.

Me miró.

Yo lo miré.

—Hola —dije.

—Hola.

—Has venido.

—Eso parece.

Lo dejé pasar.

El ático de noche era distinto al ático de día. La luz de la ciudad entraba por los ventanales y convertía el salón en algo más íntimo de lo que era, las sombras recaían en los sitios correctos, con Manhattan brillando afuera como si fuera un decorado diseñado específicamente para esta noche.

Brian se detuvo en el centro del salón y miró alrededor con esa atención tranquila que parecía poner en las cosas. No era la mirada de quien evalúa el precio de todo, sino de quien intenta entender dónde está.

—Guau. Es grande —dijo.

—Sí.

—¿Vives aquí sola?

—Sí.

Asintió despacio. Luego me miró a mí.

—No me dejaste tu número. Para confirmarte que vendría, digo.

—Ya lo sé.

—¿Por qué?

—Porque si te hubiera dejado el número, podrías haberme mandado un mensaje a medianoche diciendo que estabas muy cansado y que mejor quedábamos otro día. —me encogí de hombros—. Y no me apetecía eso, si te soy sincera. O venías o no venías.

—¿Y si no hubiera venido?

—Entonces esta historia terminaba esta noche y los dos seguíamos con nuestra vida.

Brian me miró, intentando descifrarme.

—¿Quieres tomar algo? —pregunté.

—Sí, claro. Lo que tengas estará bien.

Fui a la cocina, saqué una cerveza del pack que había comprado esa tarde sin saber muy bien para qué, supongo que por si acaso, porque yo no bebía cerveza, y se la llevé. Él la cogió, la miró, levantó una ceja.

—¿Cerveza en el ático de Upper East Side?

—La compré hoy.

—¿Para mí?

—Para cualquiera que pudiera aparecer con vaqueros y chaqueta sin planchar.

Sonrió.

Y entonces, mientras barría mi espacio personal con la mirada, vio los vinilos.

Estaban en la estantería larga de la pared izquierda, entre los libros y una lámpara de cerámica que había comprado en un mercado de Brooklyn porque me había gustado sin más.

Dejó la cerveza en la mesa y se acercó despacio, empezó a repasar las carátulas con el dedo índice, leyendo los títulos en voz baja.

—¿Son tuyos? —preguntó.

—Pues claro, ¿de quién iban a ser?

—No sé. De un decorador con muy buen gusto.

—Son míos. Llevo coleccionando discos desde los dieciséis años. Empecé con los de mi madre y no paré.

Se detuvo en uno. Lo sacó con cuidado, miró la portada. Fleetwood Mac, Rumours, la edición original de 1977 con el borde ligeramente desgastado.

—Este es bueno —dijo.

—Es el mejor.

Me miró.

—¿Lo ponemos?

Cogí el vinilo, lo puse en el plato con esa liturgia mágica que tenía el proceso, la aguja encontrando el surco, el segundo de silencio antes de que empezara la música. La primera nota de Dreams llenó el salón con esa calidez analógica que ningún servicio de streaming había conseguido replicar.

Brian volvió al sofá. Se sentó. Yo me senté a su lado, no demasiado cerca, pero tampoco lejos.

Durante un rato no dijimos nada. La música hacía todo el trabajo. Fuera, Manhattan seguía siendo Manhattan, completamente indiferente a nosotros.

—En realidad quería saber…¿por qué retiraste la queja? —preguntó.

—Porque era lo correcto.

—¿Y eso es todo?

—¿Necesitas más razones?

—No. Reeves me lo dijo esta tarde.

—¿Qué te dijo exactamente?

—Que habías sido muy educada.

—Siempre lo soy.

Me giré un poco hacia él. Él también se había girado, sin que ninguno de los dos hubiera decidido exactamente cuándo había pasado eso. Estábamos más cerca que antes. La luz de la ciudad le daba en la cara de una forma que hacía que la cicatriz de la ceja fuera más visible, y no pude evitar mirarlo.

—¿Qué fue? —pregunté, señalando la marca con un gesto mínimo.

—En un incendio. Hace mucho. Perdí a mi hermano pequeño. Yo tenía dieciséis años.

Lo dijo como si ya lo tuviese superado.

—Lo siento.

—Es por eso que estoy en esto —me miró—. No por heroísmo ni por vocación de película. Sino porque cuando tienes dieciséis años y no puedes hacer nada cuando pierdes a tu hermano, decides que de adulto sí lo harás. Y luego resulta que eres bueno en ello.

—¿Y funciona? ¿Te ayuda?

—La mayoría de los días.

Asentí despacio.

—Mi padre me usa como tarjeta de presentación —dije, sin haberlo planeado—.

En galas, en cenas, en inauguraciones. Sé comportarme entre gente como él y eso tiene un valor concreto en su mundo —hice una pausa—.

Llevo años intentando decidir si eso me convierte en cómplice o en víctima. Todavía no lo tengo claro.

Brian me miró durante un momento largo.

—Probablemente en las dos cosas —dijo—. Como casi todo.

No era lo que esperaba que dijera. Era mejor.

La cara B del vinilo empezó sola. The Chain. El bajo entrando despacio antes de que todo lo demás lo siguiera.

Brian levantó la mano y me apartó un mechón de la cara con una delicadeza que no cuadraba del todo con el hombre que me había sacado de Hermès en brazos mientras yo le gritaba. Me quedé quieta. Él dejó la mano en mi mejilla, esperando alguna señal, preguntando sin preguntar.

Y yo respondí.

Me acerqué los últimos centímetros que quedaban y lo besé.