La chispa prohibida (Rudos y románticos 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

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El almacén resultó ser una trampa de humo y madera vieja.

Tardamos dos horas en controlarlo y otra hora más en asegurarnos de que no había nadie dentro. No había. Solo mercancía abandonada, tuberías oxidadas y un sistema eléctrico que llevaba años esperando la oportunidad de hacer exactamente lo que había hecho: petar.

Nadie resultó herido, lo cual era lo único que importaba cuando todo lo demás ya estaba negro y húmedo y olía a desastre.

De vuelta en la estación, mientras el equipo guardaba el material y Ortega hacía el recuento de daños con esa energía suya que no bajaba nunca, yo entré al vestuario con la cabeza en otro sitio.

No en el almacén humeante que habíamos dejado atrás.

En la expresión de Odette cuando el camión arrancó.

Me quité el equipo despacio, lo colgué en su sitio por puro automatismo. Doce años de rutina hacen que el cuerpo sepa lo que tiene que hacer sin necesidad de que el cerebro participe. Me senté en el banco frente a mi taquilla y me quedé un momento quieto, con las manos colgando entre las rodillas.

La placa con mi nombre en la puerta de metal gris. HAYES. La misma desde hacía ocho años, con el borde inferior ligeramente doblado porque una vez Chen la había golpeado con un bidón sin querer y nunca la habíamos cambiado.

Metí la combinación. Abrí la puerta.

Y entonces vi el papel doblado en el suelo de la taquilla.

Lo recogí sin saber todavía lo que era. Un papel doblado en cuatro, hoja de libreta, tinta negra, letra clara y ordenada que no reconocí hasta que leí el nombre al final.

O. Pembroke.

Lo leí una vez. Lo leí dos veces. Me quedé mirando el papel como si fuera a cambiar de contenido si le daba suficiente tiempo.

No cambió ni una sola letra.

La ducha fue larga.

El agua caliente después de un turno complicado era una de las pocas cosas en la vida que funcionaban exactamente como prometían.

Me quedé bajo el chorro más tiempo del necesario, con el papel doblado guardado en el bolsillo del pantalón que había dejado colgado fuera, como si necesitara tenerlo cerca para confirmar que no me lo había imaginado.

Y no, no me lo había imaginado.

Odette Pembroke había entrado en el vestuario, había encontrado mi taquilla, y me había dejado una nota escrita a mano con su dirección y una proposición que era, objetivamente, la cosa más directa que alguien me había dicho en años.

Sin rodeos, sin juegos de intermediarios.

Si apareces, sé que esto te interesa. Si no apareces, aquí se acaba.

Sin número de teléfono.

Eso era lo que no me salía de la cabeza mientras el agua seguía cayendo. No la dirección, ni la invitación, sino la ausencia del número.

Había sido deliberado, estaba claro. Odette Pembroke no parecía hacer nada sin que estuviese bien pensado.

Y la decisión de no darme el número significaba algo concreto: que quería que la elección fuera completamente mía.

Sin la opción intermedia de un mensaje, sin la salida fácil de escribir algo vago a las once de la noche.

O aparecía en su puerta o no aparecía. Blanco o negro.

Eso me irritaba y me intrigaba al mismo tiempo.

Cerré el grifo. Me sequé. Me vestí despacio con ropa de calle, vaqueros oscuros y una camiseta gris, y volví al banco frente a la taquilla. Saqué el papel del bolsillo y lo leí por tercera vez, aunque ya me lo sabía de memoria.

Te estaré esperando.

Guardé el papel. Cerré la taquilla.

Reeves me esperaba en el pasillo.

—Hayes. ¿Tienes un momento?

Lo seguí hasta la entrada de su despacho. No entró, se quedó en el marco de la puerta con los brazos cruzados, lo cual significaba que era algo breve.

—La señorita Pembroke ha retirado la queja —dijo.

Lo miré.

—¿Ha venido a verte?

—Esta mañana. Mientras estabais en el almacén. Dijo que entendía que habías actuado dentro del protocolo y que no tenía sentido mantenerla. —hizo una pausa—. Fue muy educada.

—¿Odette Pembroke fue muy educada?

—Sorprendentemente, sí —Reeves tenía esa expresión otra vez, como si supiese más de lo que decía—. También estuvo un rato en la nave antes de irse. No sé qué hizo exactamente. El chico de guardia dice que bajó las escaleras y se marchó.

No dije nada.

—Nada más. Solo quería que lo supieras. Así que todo está en orden —añadió Reeves, y volvió a su despacho cerrando la puerta con suavidad.

Me quedé en el pasillo un momento.

Así que había retirado la queja. Había venido hasta aquí, había subido a hablar con mi capitán, y luego había bajado y encontrado la manera de colarse en el vestuario para dejarme una nota en la taquilla. Todo eso mientras yo estaba en un almacén en llamas sin saber nada.

No supe si eso me parecía una locura o exactamente lo contrario.

La sala común estaba llena del ruido habitual del final de turno. Ortega calentaba algo en el microondas con la concentración de un cirujano. Marcus leía una revista de motos en el sofá de la esquina. Chen tenía el portátil abierto y protestaba en voz baja por algo.

Me serví un café que en el fondo no necesitaba y me apoyé en la encimera.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Ortega sin darse la vuelta.

—Bien. Controlado.

—He visto el parte. Eléctrico, ¿no?

—Cableado de los años ochenta que nadie había revisado.

—Un clásico —sacó lo que fuera del microondas, lo olió, tomó una decisión y se lo comió de todas formas—. Oye, ¿se ha quedado mucho rato tu amiga?

—No es mi amiga.

—La chica del vídeo. La del pañuelo.

—Ya, ya sé a quién te refieres. No lo sé, estaba en el almacén.

Ortega me miró con esa cara de quien tiene más preguntas y no piensa callárselas.

—Reeves dice que retiró la queja —intervino Chen sin levantar la vista del portátil.

—Veo que las noticias vuelan.

—Es una estación de bomberos, no el Pentágono. —Chen cerró el portátil—. ¿Va a volver?

—No tengo ni idea.

—Porque Ortega ha limpiado el fondo de pantalla de verdad esta vez.

—Como gesto de buena voluntad —aclaró Ortega, con una dignidad improbable.

Marcus levantó la vista de la revista por primera vez.

—Buen día —dijo, mirándome. Solo eso.

—Sí —dije yo.

Era suficiente. Marcus volvió al libro.

Me terminé el café de pie, escuché a Ortega contar algo sobre su prima que yo seguí a medias, respondí donde tocaba.

La conversación fue derivando hacia el partido de los Mets y los problemas del microondas y a quién le tocaba comprar el detergente para los platos, y yo estuve ahí presente lo justo, mientras el papel doblado que me había dejado Odette pesaba en mi bolsillo.

No dije nada. No sé exactamente por qué.

Normalmente con Ortega no me guardaba demasiadas cosas, era demasiado esfuerzo.

Pero esto era diferente. Esto era mío de una forma que todavía no sabía cómo nombrar, y nombrarlo en voz alta ante mis compañeros significaba convertirlo en algo con forma definida antes de que yo supiera qué forma quería darle.

Me despedí de ellos a las siete y media.

La calle estaba en ese punto del atardecer en que la luz de Queens se vuelve casi horizontal y tiñe todo de un naranja sucio y bastante honesto. Caminé hacia donde había aparcado el coche sin prisa, con las manos en los bolsillos, el dedo pulgar rozando el borde doblado del papel sin sacarlo.

Pensé en Odette en la entrada de la nave, quieta mientras el camión arrancaba.

Pensé en lo que había dicho. Bajito, sin ironía. Ten cuidado. Como si lo dijera de verdad.

Pensé en su mundo y en el mío, en la distancia abismal que había entre los dos y en todas las formas en que eso podía complicarse.

Yo había visto suficiente para saber que la diferencia de mundos no era solo un detalle de fondo.

Era el tipo de cosa que al principio parecía manejable y luego te demostraba que no lo era.

Pero también pensé en la nota. En la decisión de no dejarme el número. En que ella, que podía comprar cualquier cosa y posiblemente a casi cualquier persona, había elegido dejarlo en mis manos sin red de seguridad.

Llegué al coche. Me quedé apoyado en la puerta un momento, mirando la calle sin ver nada en particular.

El día había sido largo, y la noche todavía no había empezado.