CAPÍTULO 5
ODETTE
Me quedé en la entrada de la nave durante un minuto entero después de que el camión doblara la esquina y desapareciera. El eco del motor siguió rebotando entre las paredes de la estación unos segundos más, y luego nada. Solo el silencio de un sitio que de repente estaba casi vacío.
Casi.
Un chico joven, con uniforme azul marino y cara de no saber muy bien qué hacer conmigo, me miró desde el fondo de la nave con la expresión de quien se pregunta si debe decir algo.
—¿Necesita ayuda, señora?
—Señorita —corregí, por puro reflejo—. Y no, gracias. Solo estoy... orientándome.
El chico asintió con la seriedad de quien acaba de recibir una orden perfectamente comprensible y desapareció por una puerta lateral.
Yo me quedé donde estaba, mirando los dos camiones que habían quedado aparcados, el espacio vacío donde había estado el de Brian, el panel de alertas todavía parpadeando con información que yo no sabía leer.
Era una estación de bomberos de Queens. No era mi mundo. No era ni remotamente el tipo de sitio donde yo aparecería un martes por la mañana con vaqueros de Isabel Marant y un pañuelo de seda en el pelo.
Y sin embargo no me moví.
Me acerqué despacio al camión que quedaba, pasé la mano por el lateral igual que había hecho antes con el otro, sin saber muy bien por qué.
Era frío, sólido y real de una forma que me resultaba difícil de explicar.
En mi mundo todo tenía un acabado perfecto, todo estaba diseñado para parecer exactamente lo que debía parecer. Esto era simplemente lo que era.
Me pregunté cuántas veces habría subido Brian a este camión a toda velocidad en dirección a algo que podía matarlo.
Aparté la mano.
El despacho del capitán estaba en el primer piso, con la puerta entreabierta y una placa que decía CAPITÁN L. REEVES en letras que alguien había intentado pulir hacía demasiado tiempo. Llamé con los nudillos.
—Adelante.
Era un hombre de unos cincuenta y muchos, pelo gris, la complexión de alguien que había hecho trabajo físico durante décadas y no había parado del todo. Tenía una pila de papeles delante y una expresión que no era exactamente de sorpresa al verme, aunque tampoco esperaba visita.
Me miró. Miró el bolso. Volvió a mirarme a mí.
—Señorita Pembroke —dijo, con un tono que me hizo pensar que era el tipo de hombre al que muy pocas cosas pillaban desprevenido.
Y joder, me había reconocido. Aquel maldito vídeo estaba rulando más de la cuenta.
—Capitán Reeves —entré, me senté en la silla frente a su escritorio sin que me lo ofreciera, porque esperar a que te ofrezcan las cosas es perder el tiempo—. Venía a retirar la queja formal que interpuse ayer de forma telemática.
Reeves apoyó los codos en la mesa y juntó las manos.
—Ah, ¿sí?
—El bombero Brian Hayes actuó dentro de su protocolo. Lo entiendo. Y aunque el método me pareció... discutible, el resultado fue el correcto —hice una pausa—. He pensado que no tiene sentido mantener una queja que no va a ningún lado contra alguien que solo hacía su trabajo.
El capitán me miró durante un momento con esa expresión tranquila que no revelaba nada, y luego hizo algo que no esperaba: sonrió.
—Está bien. Se lo haré saber —dijo.
—Bien.
—¿Algo más?
Lo dijo sin énfasis, pero sus ojos me miraban con demasiada atención como para ser una pregunta neutral. Era la mirada de alguien que llevaba años leyendo a las personas en situaciones de presión y había desarrollado un talento particular para ello.
—No —dije—. Nada más.
Me levanté. Él me tendió la mano y se la estreché.
—Tiene usted un buen ojo —dijo, sin más contexto.
—¿Perdón?
—Para las estaciones de bomberos —otra vez esa sonrisa discreta—. Buenos días, señorita Pembroke.
Salí del despacho con la certeza de que ese hombre sabía exactamente lo que estaba pasando por mi mente y que disfrutaba de ello en silencio. Lo cual era irritante y reconociéndolo solo para mí, bastante merecido.
Bajé las escaleras despacio porque lo último que necesitaba era resbalar y torcerme un tobillo.
La nave seguía casi vacía. El chico joven había desaparecido. Solo se oían voces lejanas desde algún sitio del piso de arriba y el sonido apagado de una televisión que alguien había dejado encendida.
Me detuve en el centro de la nave y me hice una pregunta honesta, de esas que conviene hacerse cuando no hay nadie a tu alrededor.
¿Qué estaba haciendo aquí?
La respuesta, siendo honesta conmigo misma, era evidente y también incómoda.
Llevaba dos días pensando en Brian Hayes con una constancia que no era proporcional a las circunstancias.
Lo había buscado. Había venido hasta Queens.
Había tomado un café con él, había visitado su estación, había escuchado cómo me explicaba el panel de alertas con esa paciencia seria que tenía para las cosas que le importaban.
Y justo cuando la mañana empezaba a parecerse peligrosamente a algo que quería que continuara, había sonado esa alerta y él había desaparecido en treinta segundos sin que yo pudiera hacer nada al respecto.
Eso era lo que más me había descolocado. No el ruido, ni la velocidad, ni el camión arrancando. Sino que se había ido sin darme opción a nada. Sin un número de teléfono, sin quedar en algo concreto, sin el mínimo gesto de continuidad.
Simplemente había desaparecido porque su trabajo lo requería, y yo me había quedado plantada en mitad de aquella nave con aquel estúpido pañuelo en el pelo sintiéndome, por primera vez en mucho tiempo, completamente fuera de control de la situación.
No me gustaba perder el control de nada.
Y tampoco quería que aquello terminara así.
Miré hacia el fondo de la nave, donde una puerta metálica entreabierta dejaba ver el pasillo que llevaba, según me había explicado él, al vestuario y a las taquillas del personal.
Abrí el bolso. Saqué la libretita pequeña de piel que llevaba siempre, y el bolígrafo fino de tinta negra.
Y tomé una decisión que era, objetivamente, una locura.
El vestuario estaba vacío.
Entré sin hacer ruido, perfectamente consciente de que no debería estar allí pero decidiendo que eso es un detalle menor.
Era una sala larga, con bancos de madera oscura, y taquillas de metal gris con placas nominales. Allí dentro olía a espacio utilizado, a trabajo del mundo real.
Recorrí las placas despacio. ORTEGA. WEBB. CHEN. MARTINEZ.
HAYES.
Me detuve.
Su taquilla era igual que las demás. Ninguna diferencia externa, ninguna señal particular.
Solo su nombre en una placa de metal con los bordes desgastados.
Apoyé la libretita contra la puerta metálica y escribí despacio, con la letra clara que usaba cuando quería que algo se entendiera sin ambigüedades:
Hayes.
Como has salido corriendo antes de que pudiera decir nada, lo hago por escrito.
Esta noche, si quieres, pasa por mi ático. La dirección está debajo.
Te estaré esperando.
O. Pembroke
P.D. El portero se llama Arthur. Dile que vas a ver a Odette.
Arranqué la hoja. La doblé en cuatro. Busqué la rendija en la parte inferior de la taquilla, esa pequeña abertura de ventilación que tenían todas, y la deslicé dentro con cuidado.
Me quedé un momento quieta con la mano todavía apoyada en el metal frío.
Era una locura, había perdido la chaveta. Era exactamente el tipo de cosa que yo no hacía, que no había hecho jamás, que estaba completamente fuera del repertorio de Odette Pembroke, una mujer que controlaba cada situación desde el primer movimiento y nunca dejaba nada al azar.
Pero el azar tenía algo que el control no tenía: la posibilidad real de sorpresa.
Si Brian Hayes aparecía esa noche en mi puerta, sabría que no era cosa mía. Que él había decidido seguirme la corriente. Que aquello no estaba solo en mi imaginación y que era de los dos.
Y si no aparecía, me había dado exactamente lo que necesitaba: un final limpio antes de que esto se convirtiera en algo que no podía permitirme.
Recogí la libreta, la guardé en el bolso, y salí del vestuario con paso firme.
Crucé la nave sin mirar atrás.
En la calle, el aire de abril me recibió limpio y fresco, y Queens seguía siendo Queens, ruidosa y concreta y completamente indiferente a mis decisiones.
Me puse las gafas de sol.
Levanté la mano para parar un taxi.
Y decidí no pensar en ello hasta esa noche.
Lo cual, por supuesto, significaba que no iba a pensar en otra cosa.