La chispa prohibida (Rudos y románticos 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

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La cafetería se llamaba Copper & Grain y era exactamente el tipo de sitio que había en Queens desde hacía veinte años sin que nadie lo hubiera descubierto todavía: cuatro mesas, una barra de madera oscura, y un tipo llamado Pete detrás del mostrador que hacía el mejor café del barrio sin necesidad de escribirlo en una pizarra con letra de diseñador.

Odette entró detrás de mí, se quitó el pañuelo, miró alrededor con esa expresión suya que no terminaba de decidirse entre el juicio y la curiosidad, y dijo:

—No está mal.

—Gracias por la generosidad.

—Es un cumplido. No esperaba gran cosa.

—Lo sé. Se te nota.

Pete nos miró desde la barra con esa cara neutral que ponía con todo el mundo hasta que decidía si le caías bien.

Le hice un gesto con dos dedos. Él asintió.

Dos minutos después teníamos los cafés en la mesa sin que nadie hubiera preguntado nada, porque Pete llevaba suficiente tiempo atendiéndome para saber lo que quería, y había interpretado correctamente que Odette era del tipo latte con leche de avena.

Ella lo probó. Asintió despacio.

—Bien —dijo, con un tono que sonaba casi a rendición.

—El mejor café del barrio.

—No exageres.

—Yo no exagero nunca.

Me miró por encima del borde de la taza con esa expresión que estaba empezando a reconocer: la que usaba para evaluar si valía la pena seguir hablando con alguien. Debí de pasar el corte, porque dejó la taza en la mesa y se recostó en la silla, algo más relajada.

Durante un momento ninguno dijo nada. Afuera, Skillman Avenue seguía con su ritmo habitual de un martes a media mañana. Pete limpió la barra. Alguien entró, pidió algo para llevar, se fue.

—El vídeo tiene ya ochocientas mil reproducciones —dijo ella, sin preámbulo.

Suspiré.

—Ya lo sé.

—Mis amigas me lo han mandado cuatro veces cada una.

—Los míos no han parado con el temita desde ayer.

Levantó las cejas, y por primera vez vi algo que no esperaba: diversión real, sin el barniz de ironía encima.

—¿Y qué dicen?

—Cosas que no voy a repetir.

—Puedo imaginármelo.

—Probablemente sí.

Se rio. Era una risa de esas contagiosas, algo sorprendida, como si no hubiera planeado soltarla. Le cambió la cara entera por un segundo, antes de recrearse en la expresión neutra de siempre.

—Si te soy sincera —dijo—, el vídeo me ha hecho gracia. Pero te pido que no se lo cuentes a nadie.

—¿Por qué iba a contárselo a alguien?

—Porque estás disfrutando de cualquier cosa que puedas usar en mi contra.

—Un poco sí —admití—. Pero no más de lo necesario.

Volvió a mirarme, algo recelosa. Cogió el café, lo sostuvo entre las dos manos.

—Que sepas que mi reclamación era legítima —dijo, pero esta vez sin el tono de antes. Casi como si estuviera probando a ver qué hacía yo con eso.

—Ya —esperé un momento—. ¿Y era solo eso?

—¿Solo qué?

—Una reclamación legítima —apoyé los codos en la mesa—. Porque la estación de bomberos no está exactamente de camino a ningún sitio desde el Upper East Side. Y la cafetería buena más cercana a tu casa debe tener una valoración de cuatro coma nueve, que es mejor que esta.

El silencio duró exactamente lo suficiente para confirmarlo.

—Estaba explorando el barrio —dijo.

—¿Parapetada debajo de un pañuelo y unas gafas de sol gigantescas?

—Ya hemos hablado del pañuelo.

—Y no me has convencido. Además, ese disfraz oculta injustamente lo bonita que eres.

Odette Pembroke dejó la taza en la mesa, me miró fijamente, y luego hizo algo que no esperaba: se rio de nuevo, esta vez más despacio, como si hubiera decidido que el esfuerzo de mantener la fachada no valía la pena.

—Eres insoportable —dijo.

—Me lo dicen mucho.

—¿Y no te molesta?

—Nah. Depende de quién lo diga.

La conversación siguió así durante un rato, con ese ritmo de los dos tanteando hasta dónde podía llegar el otro antes de retroceder. Me contó que su ansiado bolso había sobrevivido al incendio y que se lo entregarían la semana siguiente.

Lo dijo sin el dramatismo del día anterior, más como un dato que como una tragedia personal, y eso me pareció interesante.

Le pregunté si realmente costaba cincuenta mil dólares.

Me confirmó que más. No se disculpó por ello, simplemente lo dijo, y eso también me pareció interesante, aunque por razones distintas.

Yo le conté que Ortega, mi compañero, había hecho algunas capturas del dichoso vídeo y había puesto una como fondo de pantalla del ordenador de la estación. Que Reeves le había pedido que lo quitara. Que no lo había quitado.

—Me cae bien ese Ortega —dijo.

—No se lo diré nunca.

—¿Por qué?

—Porque ya tiene suficiente ego.

Pedimos otro café. Pete nos los puso en la mesa sin traer la cuenta, lo cual era su forma de decirte que la conversación merecía continuar.

Miré el reloj. Tenía todavía una hora larga antes de que empezara el turno de tarde. Miré a Odette, que en ese momento estaba leyendo algo en el menú de la pizarra con esa atención que ponía en las cosas cuando creía que nadie la miraba.

—Oye —dije.

—¿Qué?

—Si quieres, puedo enseñarte la estación. Tengo tiempo.

Me miró.

—¿La estación de bomberos?

—Sí. Estamos a dos minutos andando —me encogí de hombros—. Ya que estás aquí de safari…

Hubo una pausa. Vi cómo lo procesaba: el instinto de decir que no, la razón práctica para decir que no, y luego algo más, ese algo que la había traído hasta Queens con pañuelo y gafas de sol un martes por la mañana.

—¿Hay camiones grandes?

—Los más grandes que hayas visto en tu vida.

—Eres convincente —se levantó, cogió el bolso y se terminó el segundo café de un sorbo —. Vamos antes de que me arrepienta.

La estación estaba animada a esa hora, a pesar de que mis compañeros todavía no habían hecho ninguna salida.

Odette entró detrás de mí y se detuvo en la entrada de la nave principal, mirando los dos camiones con una expresión de asombro.

En ese momento me arrepentí un poco de haberla traído.

Era tan guapa y parecía tan delicada…Aquel no era su sitio.

Y cuanto antes lo tuviese claro, mucho mejor para los dos.

—Son enormes —dijo.

—Te lo dije.

Se acercó despacio, pasó la mano por el lateral del primero con una delicadeza que me sorprendió.

Ortega apareció desde el fondo de la nave con una bolsa de patatas fritas en la mano y se detuvo en seco al verla.

—Dios mío —dijo, con la boca abierta.

—Ortega —dije yo.

—Es ella.

—Sí.

—La chica del vídeo.

—Gracias, Ortega, ya puedes irte.

Pero el muy cabrón no se fue. Era un cotilla. Se quedó mirando a Odette con la admiración poco disimulada de alguien que ha visto demasiadas veces un vídeo viral. Odette lo miró a él, luego a mí, luego volvió a él.

—Tú eres el del fondo de pantalla —dijo.

Ortega me miró, sin saber muy bien qué decir.

—Lo quité —dijo.

—No lo quitaste —dije yo.

—Lo cambié de ordenador. Técnicamente es distinto.

Odette se rio, y Ortega se iluminó como si hubiera ganado algo.

Después aparecieron Marcus y Chen desde el piso de arriba, bajaron las escaleras sin ninguna prisa, y los dos se detuvieron al verla.

No suelen entrar chicas como ella en la estación.

Marcus asintió con la cabeza, educado y discreto, a modo de saludo.

Chen la miró de arriba abajo sin el menor disimulo y luego me miró a mí con una expresión que yo preferí ignorar.

Le enseñé el resto: la sala de equipos, el panel de alertas, la cocina donde nadie limpiaba el microondas con la frecuencia necesaria. Odette preguntaba cosas, preguntas reales, no de cortesía, y escuchaba las respuestas con una atención que volvía a sorprenderme.

Estábamos en la sala de equipos cuando sonó la alerta de incendio.

El sonido llenó el espacio entero, ese pitido grave y continuo que después de doce años seguía acelerándome el pulso de forma automática. El panel parpadeó. Incendio en un almacén industrial, tres manzanas al norte.

Todo pasó en treinta segundos.

Ortega ya corría hacia el vestuario. Marcus y Chen bajaron las escaleras. Yo miré a Odette, que se había quedado completamente quieta en medio de la sala, con los ojos abiertos y una expresión que no supe leer del todo.

—Tengo que irme —le dije.

—Sí, ya veo. No te preocupes.

—Sal por donde entramos, ¿vale? La puerta lateral da a la calle directamente.

Me estaba poniendo el equipo encima sin pensar, movimiento automático de años. Odette no se movió. Me miraba hacer las cosas con esa misma atención de antes, pero diferente, más quieta.

—¿Brian?

Me detuve un segundo.

—Ten cuidado —dijo. Bajito, sin ironía, sin armadura encima.

No contesté porque no había tiempo y porque no sabía muy bien qué decir. Subí al camión. Ortega cerró la puerta. El motor arrancó con ese ruido que llenaba el pecho.

Por el retrovisor, mientras salíamos a toda velocidad por la puerta de la nave, la vi de pie en mitad de la estación, con el bolso en el brazo y el pañuelo todavía en el pelo, mirando cómo nos íbamos.

Y luego la curva de la calle se la llevó.