La chispa prohibida (Rudos y románticos 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

ODETTE

Margot llevaba veinte minutos hablando y yo llevaba diecinueve sin escucharla.

—Es un abuso de poder en toda regla, Odette. Literal. Un hombre uniformado que usa su posición de autoridad para imponerse físicamente sobre una mujer que no ha pedido su intervención. ¿Sabes cómo se llama eso?

—¿Rescate?

—No tiene gracia.

—Un poco sí.

Margot Benedict era mi mejor amiga desde la universidad, activista a tiempo completo y la persona más indignada del planeta Tierra.

La quería con toda mi alma y a veces me preguntaba cómo.

Estábamos sentadas en mi ático, con el skyline de Manhattan detrás de nosotras como si fuera un decorado, y ella tenía el móvil en la mano mostrándome por cuarta vez el vídeo que yo ya me sabía de memoria.

—Testosterona desbocada —sentenció—. Sin más. Ese hombre decidió que él sabía mejor que tú lo que necesitabas, y actuó en consecuencia sin tu consentimiento. La reclamación es lo mínimo que podías hacer, así que no te martirices…

—La reclamación estaba bien.

—Ha sido correcta. Pero opino que habría que hacer algo más.

Cogí mi taza de té y miré el vídeo por encima del hombro de Margot.

Era bastante ridículo, la verdad. Ahí estaba yo, agitando los brazos como una persona a la que están sacando de un edificio en llamas, que era exactamente lo que estaba pasando.

Brian Hayes, sujetándome con una calma irritante, bajando los escalones como si no pesara nada, como si aquello fuera simplemente parte del trabajo.

El comentario más votado, que Margot se había encargado de leerme en voz alta con horror genuino, decía: "Cuando quiera puede salvarme a mí también" . Con dos mil y pico respuestas debajo, comentando la jugada.

Yo no había escrito nada, faltaría más. Pero lo había leído tres veces.

—Odette. ¿Me estás escuchando?

—Claro.

—A ver, ¿qué he dicho?

—Testosterona. Abuso. Más consecuencias.

Margot me miró con sus ojos de fiscal.

—¿Y?

—Y que debería haberme dejado quemar por mi bolso como señal de respeto hacia mi autonomía corporal.

—Eso no lo he dicho.

—Bueno, algo así…

Resopló y se recostó en el sofá. Durante un momento las dos nos quedamos en silencio, mirando la ciudad.

Era un martes por la mañana, uno de esos días de abril en los que Nueva York decidía ser bonita sin previo aviso: cielo limpio, una luz que entraba de forma oblicua por los ventanales, la temperatura justa para abrir un poco la terraza.

—¿Cómo estás tú? —preguntó Margot, en un tono distinto. El tono de cuando dejaba de ser activista y volvía a ser mi amiga.

—Bien.

—¿Y al final qué pasará con el bolso?

—Me lo entregan la semana que viene. Sobrevivió al incendio —hice una pausa—. El bolso, no yo, que casi no lo cuento.

—Qué dramática.

—Es que soy dramática. Es parte de mi personalidad.

Margot se rio, y yo también. La verdad era que el bolso ya me importaba menos de lo que hubiese sospechado. Lo cual era extraño, porque tres años y medio de lista de espera no se olvidan de un día para otro.

Pero había otras cosas en las que pensaba últimamente.

Margot se fue a eso de la una. Yo me quedé en el ático, deambulé por la cocina sin hambre real, respondí tres correos sin ganas y estuve veinte minutos mirando el techo del estudio como si tuviera todas las respuestas escritas allí.

Brian Hayes.

Bombero. Queens. Escuadrón 88, lo había dicho él mismo en el edificio.

Ojos verdes con motas doradas que yo no debería haber notado en ese momento pero noté.

Cicatriz fina en la ceja izquierda. La forma en que me había sujetado, firme pero sin hacerme daño, con esa seguridad de alguien que sabe exactamente lo que hace aunque le estés gritando en la cara.

No era el tipo de hombre que frecuentaba mi mundo. En mi mundo los hombres llevaban relojes de edición limitada y hablaban de mercados emergentes en las cenas. Eran interesantes durante exactamente el tiempo que tardabas en darte cuenta de que no eran interesantes en absoluto.

Brian Hayes me había llamado princesa con una condescendencia que debería haberme resultado insoportable.

El problema era que no me había resultado insoportable.

Cogí el móvil. Busqué en Google "Escuadrón 88 Queens bomberos".

Dirección: Skillman Avenue. A cuarenta minutos en coche, algo menos en taxi si pillaba bien el puente.

Y había, según Google Maps, una cafetería a media manzana que tenía una valoración de cuatro coma ocho sobre cinco y una foto de un latte con leche de avena que tenía una pinta absolutamente razonable.

Necesitaba dar un paseo.

Llevaba dos días encerrada.

El aire fresco era bueno para la circulación.

Me puse un pañuelo de seda en el pelo, las gafas de sol grandes, los vaqueros más discretos que tenía, que seguían siendo de Isabel Marant pero en fin, nadie era perfecto.

Antes de salir cogí un bolso pequeño, no el Birkin, evidentemente, pero serviría; y me planté en la calle con la energía de alguien que simplemente va a tomarse un café y no está haciendo nada en absoluto fuera de lo normal.

Queens olía distinto a Manhattan. No mejor ni peor, solo distinto.

Más real, quizá, si es que eso significaba algo.

Las aceras eran más anchas, la gente caminaba sin ese propósito furioso de quien llega tarde a una reunión donde se juega ocho millones de dólares, y había una ferretería entre una lavandería y una floristería que tenía algo casi poético.

Caminé por Skillman Avenue con las manos en los bolsillos, mirando los números de las puertas con una casualidad perfectamente ensayada. La cafetería estaba a la vuelta de la esquina, según el mapa. Solo tenía que doblar a la izquierda, seguir unos cincuenta metros y—

Doblé la esquina.

Y, joder, allí estaba él. Me quedé de piedra.

Sin casco. Sin uniforme completo, solo el pantalón de trabajo de color ocre y una camiseta gris que no hacía absolutamente ningún esfuerzo por disimular cómo era su complexión.

Estaba apoyado en la pared exterior de lo que debía ser la entrada lateral de la estación, con un vaso de café en la mano y el móvil en la otra, leyendo algo con el ceño ligeramente fruncido.

No me había visto.

Tenía exactamente tres segundos para darme media vuelta y desaparecer por donde había venido. Nadie tenía que saber que yo había estado aquí. Ni Margot, ni el resto de mis amigas, ni yo misma si podía evitarlo.

Levanté la vista.

Me vio.

El reconocimiento tardó exactamente un segundo y medio.

Primero el parpadeo. Luego la mirada recorriéndome de arriba a abajo con una lentitud deliberada, casi idéntica a la que yo había usado con él en la sala VIP de Hermès.

Luego esa sonrisa torcida, la misma del edificio, la que debería estar clasificada como arma peligrosa en al menos doce estados.

No tardó ni dos segundos en acercarse.

—Vaya —dijo—. Si es la princesa de Upper East Side. ¿Andas perdida, o esto también es una visita con protocolo?

Me quité las gafas de sol con toda la calma del mundo.

—Iba a por un café —señalé vagamente en dirección a la cafetería—. Resulta que hay un sitio bueno por aquí.

—Ya. Un café. A cuarenta minutos en taxi de tu zona.

—Me gusta explorar.

—Con pañuelo de incógnito.

—Es un accesorio. No todo tiene un significado oculto, bombero Brian.

Se cruzó de brazos. Con el café todavía en la mano parecía más relajado que en el edificio, más en su terreno, y eso era exactamente lo que era Skillman Avenue: su terreno. Yo era la que había venido hasta aquí.

Pero eso era información que no pensaba darle gratis.

—¿Vienes a darme las gracias —preguntó— o a poner otra reclamación, princesa?

—La queja era completamente legítima. Me cargaste como si fuera un mueble.

—Te saqué de un incendio.

—Lo hiciste con muy poca delicadeza.

—Pido disculpas por no haber consultado tus preferencias antes de salvarte la vida.

Lo miré fijamente. Él sostuvo la mirada sin ningún problema. Sin inmutarse.

—Estás disfrutando de esto —dije.

—Bastante, sí.

Guardé las gafas en el bolso. Me recoloqué el pañuelo. Y luego, porque era yo y porque no había otro modo de hacer las cosas, levanté la barbilla y dije:

—Pues invítame a ese café y lo hablamos. Como personas civilizadas. Si es que puedes.

Brian Hayes me miró durante un momento largo. Luego miró su propio vaso, casi vacío. Y después volvió a mirarme a mí.

—¿Sabes que esto va a acabar mal?

—Todo lo interesante acaba mal. ¿Vienes o no?

Una pausa.

—Voy —dijo.

Y echó a andar a mi lado sin decir nada más, con esa calma exasperante que tenía para todo, mientras yo intentaba convencerme de que esto era exactamente lo que parecía: dos personas adultas tomando un café.

Nada más.