CAPÍTULO 2
brIAN
El capitán Reeves venía a verme con esa cara que usaba exclusivamente para las malas noticias.
Ya la había visto antes: cuando llegaban partes de accidente, cuando alguien de la escuadra metía la pata en una inspección, o cuando el presupuesto no llegaba para el equipo nuevo.
Esa era su cara de "siéntate, porque esto que te tengo que decir no te va a gustar".
Me la puso a mí a las ocho de la mañana, con el café todavía caliente en la mano.
—Hayes. A mi despacho. Ahora.
Me senté frente a su escritorio, que era básicamente un cementerio de papeleo, y esperé.
—Hemos recibido una queja formal —dijo, dejando caer una hoja impresa delante de mí como si fuera una sentencia—. De una tal Odette Pembroke. Dice, y cito textualmente, que fue "cargada como un saco de patatas por un empleado municipal sin modales ni escrúpulos".
Lo miré fijamente.
—Ah, sí. Lo recuerdo. La saqué de un edificio en llamas cargándola sobre el hombro porque no le daba la gana evacuar.
—Ya —Reeves se recostó en la silla—. También dice que el trato fue "innecesariamente físico" y que exige una disculpa pública por parte del Departamento.
—¿Una disculpa pública?
—Pública —hizo una pausa—. Hayes, ¿sabes quién es el padre de esta chica?
—No me importa quién es su padre.
—Pues debería importarte. Es ni más ni menos que Gerald Pembroke.
Uno de los mayores donantes de la gala benéfica del Departamento.
Pero —levantó una mano antes de que yo pudiera decir nada— estate tranquilo, porque la queja no tiene recorrido.
Tenemos el protocolo de tu lado, los testimonios de los compañeros y las cámaras del edificio.
Seguiste el procedimiento al pie de la letra.
Así que nadie va a sancionarte por sacar a una civil de un incendio.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Eso sí —añadió Reeves, sonriendo repentinamente —, el vídeo ya tiene cuatrocientas mil reproducciones. Así que si piensas salir a comer algo esta semana, hazlo con gorra y gafas de sol.
—¿De qué vídeo me hablas?
La estación de bomberos del Escuadrón 88 no era un lugar donde las noticias tardaran mucho en circular. Para cuando salí del despacho de Reeves, todo el mundo ya lo sabía.
Danny Ortega, que llevaba once años conmigo y tenía la discreción de un megáfono, me esperaba apoyado en el camión con los brazos cruzados y una sonrisa de oreja a oreja.
—Oye, saco de patatas —dijo—. ¿Cómo estás?
—Perfectamente.
—La chica no está mal, por cierto —sacó el móvil y me lo puso delante.
El vídeo. Alguien lo había grabado desde la acera: yo bajando las escaleras de emergencia con Odette Pembroke encaramada al hombro, ella agitando los brazos como si estuviera intentando nadar en el aire—.
Tiene pinta de ser de las que pagan facturas con una tarjeta que nunca han visto llena.
—Cierra el pico, Ortega.
—El comentario más votado dice: "Cuando quiera puede salvarme a mí también" —Ortega levantó las cejas—. Hay como dos mil respuestas que parecen estar de acuerdo.
Me fui hacia el vestuario sin contestar.
El problema no era el vídeo. El problema no era ni siquiera la queja, que Reeves ya había dejado claro que no iba a ningún lado. La cuestión era que llevaba doce horas intentando no pensar en ella y haciéndolo de todas formas.
La había visto entrar en pánico real solo un segundo, justo cuando la levanté. Un segundo en el que dejó de ser la mujer que me gritaba que era un cavernícola y fue simplemente una persona asustada que intentaba disimularlo fatal.
Me había mirado de una forma que no cuadraba con todo lo demás. Como si quisiera preguntar algo pero no supiera cómo. Y luego había vuelto a ser ella, claro. Los gritos, el dedo acusador, el vestido con pinta ser carísimo y que quedó manchado de hollín.
Me senté en el banco del vestuario y me froté la cara con las manos.
Odette Pembroke. Había buscado su nombre, sí.
No era algo de lo que me sintiera especialmente orgulloso, pero tampoco iba a fingir que no lo había hecho.
Upper East Side, hija de Gerald Pembroke, empresario y filántropo según tres artículos distintos de revistas que yo no leería nunca de forma voluntaria.
Fotos en galas, en yates, en inauguraciones de eventos que costaban más que mi apartamento. Siempre perfecta, siempre con esa expresión de quien sabe exactamente el efecto que produce.
Odette era el tipo de mujer que representaba todo lo que me parecía ridículo del mundo en el que vivía. El dinero como escudo. La apariencia como personalidad. La idea de que hay cosas que se pueden comprar aunque el edificio esté ardiendo.
El problema era que la mirada de ese segundo no cuadraba con nada de eso.
El turno de aquel día fue largo. Un aviso falso en un colegio de Midtown, una fuga de gas en un restaurante de Hell's Kitchen que resultó ser una tubería vieja, y luego papeleo hasta las seis de la tarde.
Ortega siguió con los comentarios jocosos durante buena parte del día, hasta que le dejé claro con un solo gesto que tenía que parar, y paró. Eso era lo bueno de Danny: podía llegar a ser exasperante pero sabía cuándo tenía que cerrar el pico.
A última hora, cuando el turno de noche empezaba a llegar y yo estaba recogiendo mis cosas, Marcus Webb, el veterano de la escuadra, se acercó y se sentó a mi lado. Marcus era de los que hablaban poco y cuando lo hacían valía la pena escucharlos.
—¿Cómo lo llevas? —preguntó.
Me encogí de hombros.
—La queja no tiene recorrido. Reeves ya lo ha dicho.
—No te pregunto por la queja.
Lo miré. Él sostuvo la mirada sin parpadear, con esa calma tranquila que te ganas después de veinte años en el cuerpo.
—Estoy bien —dije.
—Claro —se levantó—. Solo digo que el vídeo es lo de menos. Lo que pasa dentro de tu cabeza cuando haces este trabajo, eso sí importa. No acumules más de lo que te toca.
Se fue antes de que pudiera contestarle nada, que era exactamente su estilo.
Conduje hasta casa por Queens Boulevard con las ventanas bajadas, porque el aire de abril todavía tenía ese punto fresco que me despejaba.
Cuando llegué, el apartamento estaba en silencio, como siempre.
Dos habitaciones, muebles que había elegido por comodidad y no por otra cosa, las fotos de mi sobrino Jamie en la estantería del salón.
Me serví una cerveza y me quedé apoyado en la encimera de la cocina mirando la ciudad desde la ventana.
Queens no era Manhattan. Nunca lo había sido ni falta que le hacía, aunque a veces, desde ciertos ángulos, podías ver las luces del otro lado del río y preguntarte qué clase de vida se vivía allí.
Yo lo sabía perfectamente. La había visto de cerca más veces de las que quería recordar: los pisos de quinientos metros cuadrados con obras de arte que nadie miraba, las familias que llamaban a los bomberos porque su asistenta había olvidado apagar el horno, la gente que te miraba con esa mezcla de condescendencia y sorpresa, como si no esperaran que supieras hablar.
Odette Pembroke encajaba en ese mundo como un guante.
Me fui a la cama a eso de las once.
A medianoche seguía despierto.
No era la queja. No era el vídeo, ni los comentarios de Ortega, ni la conversación con Reeves.
Era ese segundo. Ese maldito segundo en las escaleras en el que ella me había mirado de verdad, sin el sarcasmo, a través de aquella armadura de los tacones y el vestido caro, y yo había sentido algo que no tenía ningún sentido interesarme lo más mínimo por una mujer que me había llamado neandertal tres veces en menos de diez minutos. Y solo por hacer mi trabajo.
Me giré hacia el techo y cerré los ojos.
Espero que nunca tengas que salvarme otra vez.
Lo había dicho con toda la intención del mundo. Y yo le había contestado lo mismo, y lo decía en serio, o al menos eso me había parecido en ese momento.
El problema era que ahora, en el silencio de mi apartamento y en mitad de la noche, no estaba tan seguro.