La chispa prohibida (Rudos y románticos 2) CAPÍTULO 1
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La chispa prohibida (Rudos y románticos 2)

La chispa prohibida (Rudos y románticos 2)

Por Elsa Tablac

© inepub.com

CAPÍTULO 1

ODETTE

—¡No pienso moverme de aquí hasta que me den mi bolso!

La alarma de incendios seguía sonando como una diva histérica, pero yo permanecía sentada en el sillón de terciopelo gris de la sala VIP de Hermès, con las piernas cruzadas y el móvil en la mano.

La dependienta, una mujer de unos cincuenta años con cara de haber visto de todo, me miraba como si yo fuera el incendio y no lo que estaba sucediendo en alguna de las plantas más lejanas del edificio.

—Señorita Pembroke, por favor… el protocolo dice que debemos evacuar el edificio inmediatamente. No debe preocuparse por su bolso. Lo retomaremos otro día…

—Pues el protocolo puede irse al infierno junto con el humo.

Llevo tres años y medio en lista de espera para conseguir ese maldito bolso.

Tres años y medio, ¿me entiende? Hoy es el día que se me entrega mi Birkin personalizado en color gris etoupe con herrajes de oro.

No pienso salir de este edificio sin él por muy en llamas que esté.

—Odette, el edificio está en llamas —insistió ella, ya tuteándome de los nervios.

—Pues que se apaguen. Yo no soy el departamento de bomberos.

La puerta de la sala VIP se abrió de golpe y entró él.

Imposible no verlo, porque era alto. Bastante alto. Chaqueta negra y amarilla que le quedaba como si alguien la hubiera cosido directamente sobre sus hombros. Casco en la mano, cara llena de hollín y el gesto típico de “hoy no es mi día”.

Y joder si era guapo. Guapo de los que te hacen parpadear dos veces aunque estés a punto de abrasarte entre las llamas.

Vino directo hacia mí.

—Señora, tiene exactamente diez segundos para levantarse o la saco yo.

Lo miré de arriba a abajo, despacio, como si estuviera evaluando un bolso que no terminaba de convencerme.

—Primero, no soy señora, soy señorita. Segundo, ¿quién demonios eres tú para darme órdenes?

—Brian Hayes, Cuerpo de Bomberos de Nueva York, Escuadrón 88. Y me comentan que usted es la loca que prefiere morir por un bolso que salvar su vida. Diez. Nueve.

Me levanté despacio, solo para que viera que no me intimidaba, aunque mis tacones Louboutin me traicionaron un poco en aquella moqueta gruesa y baratunga.

—Escúchame, bombero Brian. Ese bolso cuesta más que tu sueldo anual, probablemente más que tu casa entera, y lleva mi nombre grabado en la placa interior. Así que si crees que voy a dejar que se queme, es que no me conoces.

—Ocho. Siete… —dio un paso hacia mí—. No me importa si cuesta más que el presupuesto de toda la ciudad. Mi trabajo es sacar a la gente viva de aquí. A usted incluida, princesa.

—¿Princesa? —solté una carcajada incrédula—. Qué original. ¿Te lo enseñaron en la academia de bomberos o lo sacaste de una película de los noventa?

—Seis. Cinco… —se acercó más. Olísqueé un poco y percibí la fragancia, a humo y a algo limpio debajo, como jabón de verdad, no de esos que cuestan doscientos dólares el bote—. Última oportunidad.

La dependienta ya había desaparecido, dejándome a solas con el bombero. Cobarde.

Crucé los brazos.

—Voy a esperar aquí sentada hasta que me traigan el bolso. Puedes quedarte vigilándome si quieres, pero no me toques.

El tal Brian Hayes dejó escapar un gruñido.

—Dios, las ricas de Manhattan sois todas iguales. Creéis que el mundo se detiene a vuestro alrededor cuando chasqueáis los dedos.

—Pues sí, normalmente se detiene. Hasta que aparece un cavernícola con un casco horroroso que piensa que puede mangonearme.

—Cuatro. Tres.

Di un paso atrás, pero mi espalda chocó contra el mostrador de cristal. Él siguió avanzando.

—No te atreverás.

—Dos.

—Te juro que si me pones una mano encima…

—Uno.

Y lo hizo.

Me levantó como si pesara lo mismo que uno de esos perritos que llevan las influencers en sus bolsos.

Un brazo debajo de mis rodillas, el otro rodeando mi espalda.

Mi cara se quedó a pocos centímetros de la suya.

Tenía los ojos verdes, oscuros como el bosque después de llover, y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda.

—¡Bájame ahora mismo!

—Ni de coña.

Empecé a patalear en el aire, pero él me sujetó con más fuerza.

—¡Esto es un secuestro! ¡Voy a llamar a mi abogado en cuanto pise la calle!

—Llámale. Dile que Brian Hayes te salvó el culo de morir asfixiada por quedarte esperando un bolso. Seguro que le encanta la historia.

Bajamos las escaleras de emergencia a toda velocidad. Yo seguía gritando, él seguía ignorándome. Cada vez que intentaba zafarme, me apretaba un poco más. No me hacía daño, pero dejaba claro quién mandaba en ese momento.

—Eres un bruto —le solté entre dientes, rabiosa—. Un neandertal con un uniforme horrible.

—Y tú eres una consentida que prefiere morir por un accesorio. Bonita combinación. Supongo que ya estoy autorizado para tutearte después de esta pataleta.

Llegamos al vestíbulo principal. El humo ya se colaba por los pasillos. La gente corría hacia la salida. Brian no aflojó ni un segundo.

Fuera, en la acera de Madison Avenue, el aire fresco de abril me devolvió a la realidad.

Me dejó en el suelo con más cuidado del que esperaba teniendo en cuenta las circunstancias, pero sin soltarme del todo.

Sus manos seguían en mi cintura, como si no confiara en que no fuera a volver corriendo dentro.

Me aparté de un tirón y me alisé el vestido negro de Dior con toda la dignidad que pude reunir. Claramente estaba estropeado.

—Eres un imbécil —le susurré, señalándolo con el dedo—. Un imbécil arrogante.

Él se quitó el casco. El pelo oscuro le cayó sobre la frente, húmedo de sudor. Sonrió de medio lado, y vi que era esa clase de sonrisa que debería estar prohibida en los servicios públicos.

—Y tú eres la mujer más terca, desagradecida y malcriada que he sacado de un edificio en mis doce años de carrera. Enhorabuena, princesa. Te has ganado el primer puesto.

—Odette —corregí—. Mi nombre es Odette. Deja de llamarme princesa de una vez.

—Brian Hayes —repitió él, como si yo no lo hubiera oído la primera vez—. Y si vuelves a entrar en ese edificio, te juro que te esposaré a la ambulancia.

Lo miré fijamente. Él me devolvió la mirada sin parpadear.

Por un segundo, el caos a nuestro alrededor desapareció. Solo estábamos él y yo, en medio de la calle, con sirenas y más bomberos corriendo por todas partes.

—¿Sabes qué, bombero Brian? —dije, bajando la voz—. Espero que nunca tengas que salvarme otra vez.

Él se inclinó un poco hacia mí, tan cerca que pude ver las motas doradas en sus ojos verdes.

—Créeme, Odette… yo también lo espero. Porque la próxima vez no voy a ser tan amable.

Y sin decir nada más, se dio la vuelta y volvió hacia el edificio en llamas, dejándome allí plantada, con el corazón latiéndome como si acabara de correr una maratón y el sabor de la rabia por el bolso perdido en la boca.

Me quedé mirando cómo su espalda ancha desaparecía entre el humo.

—Maldito cavernícola —murmuré.

Pero estaba sonriendo y temblando por la reacción de mi cuerpo.

Y eso era lo que más me cabreaba de todo.