La chica vacía (Ella Dark 22) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
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CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

El hombre del suelo hacía un ruido. Calvin Roth lo observó retorcerse, desorientado, y luego le dio un empujoncito con el zapato.

—Despierta, Kevin. Es la hora.

Durante quince años, el hombre que tenía delante no había sido más que un nombre que había querido borrar.

No se había materializado en carne y hueso hasta esa noche, con especial énfasis en la sangre.

Calvin no había querido desorientarlo demasiado, pero tenía que poner fin a la llamada de Kevin de inmediato.

Calvin no sabía con quién hablaba, porque había tirado el móvil de Kevin desde la azotea.

Kevin rodó un poco más por el suelo y luego se apoyó sobre un codo. —¿Qué coñ...? ¿Dónde estamos?

—Estamos en la azotea, Kevin. A seis pisos de altura.

—¿Quién eres?

Calvin se metió la mano en la chaqueta y sacó su arma secreta, literalmente. Una SIG Sauer P320. No tenía ni idea de disparar, pero era increíble la confianza que te daba tener una pistola en las manos.

Le apuntó. —¿No sabes quién soy?

—No. ¿Por qué estás... en mi edificio?

—No estoy en tu edificio. Estoy sobre tu edificio, y llevo quince años viniendo aquí.

Kevin parpadeaba rápidamente. Ya le había aparecido un moratón en la sien, donde le había dado con la tubería de plomo. Perfecto. La herida sería compatible con una caída desde gran altura.

—Qu... pero...

Calvin quería acercarse a aquel hombre, pero a pesar de toda su investigación, no sabía si Kevin Wolfe tenía algún tipo de entrenamiento de lucha. Acercarse demasiado era un riesgo, así que mantuvo la distancia. —¿Dennis Roth. Responde eso a tus preguntas?

—¿Dennis? Hacía mucho que no oía ese nombre... —A Kevin se le desencajó la mandíbula. El resto de su cuerpo se quedó paralizado—. ¿Dennis? Tú... te pareces mucho a él. Eres su hijo.

—Calvin Roth. Yo era el hijo de Dennis. Hasta que lo mataste.

—Eso no es verdad —espetó Kevin. Intentó ponerse en pie, pero Calvin se acercó un paso.

—¡No te muevas! Ahora tienes la oportunidad de contármelo todo. Sé lo que hiciste y necesito que confieses.

—No hay nada que confesar, chaval. Yo no maté a Dennis.

Calvin mantuvo su SIG apuntada a Kevin mientras se metía la mano libre en la chaqueta. Sacó una libreta y un lápiz. Se los lanzó y estos se deslizaron por el hormigón hasta detenerse cerca de la mano de Kevin. Kevin se quedó mirando la libreta como si fuera una serpiente venenosa.

—¿Qué es esto?

—Vas a escribirlo todo. Cómo mataste a Dennis Roth. Por qué lo mataste. Con todo lujo de detalles. Y que sea verdad.

—¡Sufrió un infarto!

—¡Una mierda! ¿Por qué estaba su habitación cerrada con llave desde fuera? ¿Por qué no había ninguna llave dentro? ¿Por qué las grabaciones de seguridad mostraban pasillos vacíos? —Calvin se había hecho esas preguntas tantas veces que se le habían grabado a fuego en el cerebro.

—¡Porque el sistema falló, idiota! ¡Es así de simple! No había nadie en las cámaras de seguridad porque no pasó nadie.

—Mentira. Se puede hacer. Yo hice que pasara. Michael Rankin en su despacho. Thomas Grayson en esa cámara acorazada. Noah Redmond en su congelador. Le he estado enseñando al mundo cómo se hace, Kevin. Cómo lo hiciste tú.

La comprensión se abrió paso, lenta y terrible, en el rostro de Kevin. —¿Esos asesinatos. ¿Has sido tú?

—Demostraciones. Pruebas de concepto. —Calvin mantuvo el arma apuntando al centro del torso de Kevin—.

La policía decía que los asesinatos en habitaciones cerradas eran imposibles.

Les he demostrado que se equivocaban. Tres veces.

Ahora todo el mundo sabrá que mi padre pudo ser asesinado. Que fue asesinado. Por ti.

—Calvin, escucha…

—Coge el lápiz.

Kevin se masajeó el moratón de la sien. —No puedo confesar algo que no he…

—¡Coge el lápiz! ¡O te meto seis balas ahora mismo!

La mano de Kevin temblaba al ir a cogerlo. No por la conmoción cerebral, supuso Calvin. Era pura adrenalina. Puro terror, esperaba. —¿Qué pasará si lo escribo?

—Pues que a lo mejor no te pego un tiro aquí mismo.

—¿Y si no lo hago?

Calvin sonrió, pero el gesto le resultó extraño. ¿Cuándo fue la última vez que había sonreído por algo? —Entonces pasamos a la parte en la que saltas.

—¿Que salte?

—Kevin Wolfe, superado por la culpa después de quince años, se arroja desde el edificio donde cometió su primer asesinato.

Encontrarán los archivos del caso de mi padre en la caja fuerte de tu despacho, porque los voy a poner yo ahí después de esto.

Verán el patrón. Las habitaciones cerradas.

La conexión. Pensarán que te enteraste de los recientes asesinatos en habitaciones cerradas y sufriste un ataque de culpa paralizante.

No podías vivir con lo que habías hecho, así que te suicidaste.

—Es una locura.

—¿Lo es? ¿Más loco que un hombre muriendo en una habitación cerrada sin explicación alguna? ¿Más loco que la policía encogiéndose de hombros y archivándolo como muerte por causas naturales porque resolverlo supondría más trabajo? ¿Vas a escribirlo o no?

—No.

—Bien. No puedo obligarte. Levanta.

Kevin consiguió ponerse en pie, pero se desplomó y tuvo que apoyarse en la pared de la caseta de los servidores. Miró de reojo la puerta que daba a la escalera y Calvin se dio cuenta.

—Ni te molestes en intentar escapar. Todas las puertas están cerradas. Me he asegurado. Estamos solo tú y yo, a treinta metros de altura, y nadie puede subir.

—¿Cómo?

—Es solo código, Kevin. Todo es código alfanumérico.

Y cuando hay un número finito de posibilidades, significa que puedes encontrar el código si buscas el tiempo suficiente.

Eso es exactamente lo que hice. Para tu edificio y para todos los demás en los que dejé cadáveres.

Es muy, muy fácil. Pero basta de cháchara. Manos arriba.

Kevin obedeció y retrocedió hasta la pared. —No hagas esto, Calvin. Tengo hijos. Son pequeños. Necesitan a su padre.

—Yo necesitaba un padre.

—Sí, lo necesitabas, y Dennis fue uno magnífico. Tienes su… espíritu.

—No intentes hacerme la pelota, Kevin. Ve para allá.

—No pienso hacerlo. No me voy a acercar a esa cornisa.

Calvin se abalanzó sobre Kevin, le agarró del pelo con una mano y le clavó la pistola en la frente. —Entonces te voy a pegar un tiro aquí mismo. ¿Es eso lo que quieres? ¿Quieres que llene esta azotea de sesos, Kevin? —gritó. Calvin no había gritado en su vida, y la catarsis le sentó bien.

Pero necesitaba a Kevin en esa cornisa.

—Pues dispárame. ¿O eres un perro ladrador, poco mordedor, igual que tu padre?

—¿Qué? —le gritó Calvin en la cara a Kevin—. Repítelo.

—Ya me has oído, cabroncete. Tu padre era un gilipollas. Yo no lo maté, pero vaya si me alegré de que muriera. Todo el mundo se alegró, incluida...

La rabia se convirtió en el motor de Calvin. Perdió por completo la razón y golpeó la cabeza de Kevin con la culata de su SIG tres veces con todas sus fuerzas. —¿Incluida quién, Kevin? ¿Quién se alegró?

Entonces, la puerta del hueco de la escalera detonó de repente. El mecanismo de la cerradura se desprendió del marco en una lluvia de confeti metálico, y por el agujero entró una mujer que ya había visto antes. La había visto la noche anterior, en la calle, delante del Blackglass.

Y su pistola le apuntaba a él.

—Incluida tu madre, Calvin —gritó ella, sin aliento—. Porque fue ella quien mató a tu padre.