La chica vacía (Ella Dark 22) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
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CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

La antesala del infierno, había decidido Kevin Wolfe hacía mucho tiempo, era el sonido de unos niños jugando a juegos de mesa.

A diferencia de los videojuegos, por algún motivo los juegos de mesa siempre acababan con ellos llegando a las manos.

Había visto a su hijo perder al NFL un millón de veces, había visto a su hija morir en el Tomb Raider constantemente y tener que reiniciar el nivel entero, y ninguno de los dos soltaba nada más que un frustrado buf.

Pero ponles un juego de mesa y las voces se alzaban, estallaban las discusiones, y Kevin estaba prácticamente convencido de que correría la sangre antes de que acabara el día.

—Venga, lo dejamos ya —dijo Kevin. Estaba despatarrado en el suelo, en chándal y zapatillas de estar por casa.

Hoy era el día de Martin Luther King, y eso significaba que nadie hacía nada.

El trabajo era lo último en lo que pensaba, y pretendía que siguiera siendo así.

Pasar tiempo con los niños era algo excepcional, sobre todo porque, para ser un hombre mayor, sus hijos eran pequeños. Kevin Wolfe había sido un padre tardío.

—De todas formas, este juego es ridículo —dijo Chloe.

—No es culpa nuestra que se te dé fatal —replicó Liam.

—Solo es el Monopoly, chicos. No hay por qué ponerse así.

Chloe se levantó y dejó caer su fajo de billetes falsos en medio del tablero. La chica de catorce años había llegado claramente a su límite. —Paso. Voy a jugar a algo menos… capitalista.

La mujer de Kevin, Sandra, asomó la cabeza por la puerta. Hasta ese momento, había estado preparando uno de sus inventos de carnes variadas que era más carne que carbohidratos. A Kevin le parecía bien.

—No deberías saber lo que significa «capitalista» a tu edad —dijo Sandra.

—Pues lo sé.

—Os llamo cuando esté la cena. Tardará unos veinte minutos.

Liam dijo: —Vale, yo también paso.

Declarada la tregua, el frágil acuerdo de paz se mantuvo.

Chloe y Liam abandonaron la geopolítica del suelo del salón y se retiraron a los territorios neutrales de sus dormitorios.

Kevin recogió las casitas de plástico y los billetes de colores pastel y lo guardó todo en la caja.

Luego, siguió el aroma a ajo asado y tomillo hasta la cocina y encontró a Sandra echando miel sobre un pollo asado.

—¿Es eso lo que creo que es? —preguntó él.

—Esto es un Especial Sandra.

—Vaya. Hacía tiempo que no probaba uno de esos.

—Ja. Ya no podrías con un Especial Sandra de verdad. No a tu edad.

—Cierto —admitió Kevin—. Había una diferencia de quince años entre él y Sandra, pero después de los cuarenta, los números ya no importaban, por muy distantes que fueran—. Pero lo intentaré.

—Quizá más tarde. Entretenme a los niños mientras acabo esto, ¿vale?

Como si lo hubieran invocado, Liam entró en la cocina con un balón de baloncesto. —Papá. Unas canastas. ¿Qué me dices?

—¿Ahora?

—Ya sé lo que vas a decir. Que está oscuro y hace frío fuera. —Liam le lanzó el balón con fuerza al pecho, pero Kevin consiguió atraparlo. Aún no había perdido el toque, ni siquiera a sus sesenta y tantos.

—Estamos a punto de cenar.

—¿Y qué? A mí me suena a que tienes miedo.

Kevin inspeccionó el balón, sopesándolo. —No, no es eso. Es solo que…

—¿Solo qué?

Enarcó una ceja y después le dedicó una sonrisa pícara a su hijo. —Solo que, que yo sepa, nadie ha llamado a la NASA para autorizar el despegue.

—¿Ah, sí?

Kevin le devolvió el balón. —Te veo fuera en cinco minutos. Y prepárate.

—Voy.

Se volvió hacia Sandra, que puso los ojos en blanco y metió el asado de nuevo en el horno. Días como este no se repetían a menudo, pensó.

Y entonces su móvil vibró en algún lugar de la mesa de la cocina.

No era el pitido de los mensajes ni la vibración de las llamadas. Era un chillido estridente.

—Eso no es del trabajo, ¿verdad? —preguntó Sandra.

—No sé —dijo Kevin. Encontró el móvil y vio una alerta que solo había visto una vez antes ocupando toda la pantalla.

ALERTA CRÍTICA - Fuga de refrigerante en el ordenador central detectada - Sala de servidores 42A.

—Sí, es del trabajo.

—Eh, ¿qué habíamos hablado de las llamadas del trabajo en los días libres?

—No, mira. Es una alerta de la empresa de seguridad. —Kevin le enseñó la pantalla a Sandra—. Por lo visto, pasa algo en la 42A.

—Suena grave. ¿Cuál es esa?

—La principal.

—¿Es muy importante?

Kevin quiso decir que no. De vez en cuando recibía falsas alarmas de esa aplicación, y normalmente se debían a que se había caído la conexión o a alguna otra ridiculez por el estilo. —Sí, lo es, pero…

—¿Llamas a los de informática?

—Venga ya. No puedo llamar a nadie en el día de Martin Luther King, ¿no crees? Imagínatelo. He tardado veinte años en convencer a la gente de que no soy un cabrón integral. No puedo echarlo todo a perder ahora.

Sandra dio una palmada. —Pues más vale que vayas. Venga, venga. Si te das prisa, volverás antes de que esto se enfríe.

—Dile a Liam que no tardaré. Seguramente solo se ha caído la red.

—Menos tecnicismos y más acción. Venga.

Kevin encontró las llaves en el cuenco de cerámica junto a la puerta. Salió al frío y se metió en el coche, molesto pero no preocupado. Era un fallo técnico. Un cable suelto. Un idiota. Todo cosas que sabía cómo arreglar.