CAPÍTULO TREINTA Y TRES
Las estrellas se estaban dejando ver antes de tiempo esa noche, o quizá solo eran las jugarretas de enero. Calvin Roth, sentado con las piernas cruzadas, observaba cómo oscurecía el cielo, tal y como había hecho en aquellas noches de invierno con su padre cuando era un crío.
Todas esas estrellas, Cal. No dejes que nadie te diga que algo es imposible.
Por aquel entonces, Calvin nunca había relacionado la existencia de las estrellas con las limitaciones humanas.
Las estrellas no eran más que un hermoso accidente de la física.
La lección llegó más tarde, de la mano de una puerta cerrada con llave y el informe de un forense que decía que Dennis Roth había muerto por causas naturales.
Una estrella era solo luz que llegaba desde una distancia imposible.
Si ese viaje cósmico era posible, entonces ningún sistema humano ni ninguna puerta cerrada con llave podían ser verdaderamente impenetrables.
Todo era alcanzable. Solo había que tener la paciencia suficiente para cruzar la oscuridad.
Y vaya si había sido paciente. Tenía veintinueve años, y habían pasado quince desde el día en que recibió aquella llamada en clase de química. Tu padre ha muerto. Un infarto. No, no sabemos por qué la puerta estaba cerrada desde fuera. Son cosas que pasan.
Son cosas que pasan.
Solo que no era así. No de esa manera. No con unas grabaciones de seguridad que mostraban pasillos vacíos y una puerta que no tenía por qué estar cerrada con llave.
No con el jefe de su padre, Kevin Wolfe, ascendiendo de repente para cubrir la vacante.
No con su madre sumiéndose en ese tipo de silencio que significaba que sabía algo, pero que nunca lo diría.
De eso se había tratado siempre. No de dinero, ni de negocios, ni de ninguno de los motivos oficiales por los que la gente se mata.
Simplemente, celos de los de toda la vida disfrazados con traje y corbata.
La madre de Calvin había elegido a Dennis en lugar de a Kevin en su día, y Kevin había alimentado ese rechazo como un tumor durante veinte años.
Cuando se le presentó la oportunidad de eliminar a Dennis de la ecuación, la había aprovechado.
Calvin había hecho preguntas que a nadie más parecían importarle.
Había preguntado hasta dejarse la garganta, había preguntado hasta que su madre empezó a tomarse aquellas pastillitas amarillas, había preguntado hasta que el orientador del instituto le dijo que necesitaba gestionar su ira de formas más saludables.
Así que dejó de preguntar en voz alta y empezó a hacerlo de otras maneras.
El edificio Elan seguía allí. El mismo edificio en el que había muerto su padre, y del que Calvin solo había visto el interior una vez.
Sin embargo, había imaginado el interior muchas veces; había imaginado los últimos momentos de su padre.
Darse cuenta de que la puerta no se abría.
El pánico apoderándose de todo. El corazón rindiéndose, porque a veces el cuerpo sabe cuándo está atrapado.
Todo el mundo sabía que había sido un asesinato. Se notaba en la mirada de los detectives, en la forma en que se miraban el uno al otro cuando creían que nadie los veía. Pero saberlo y demostrarlo eran dos cosas muy distintas, y ellos habían elegido el camino fácil. Causas naturales.
Así que Calvin iba a demostrarlo por ellos.
No de inmediato. Primero vinieron los años de aprendizaje, de entender cómo funcionaban los sistemas y cómo se podía hacer que fallaran. Cómo una puerta podía cerrarse sola. Cómo las cámaras podían mentir.
Michael Rankin había sido la prueba A. Rankin le había recordado a Calvin a su propio padre, y ese había sido su mayor error.
Cuando vio aquel tatuaje del pentagrama en las redes sociales de Rankin, no pudo evitar dejarles una peineta a los pobres polis a los que les habían encasquetado la investigación de su muerte.
Rankin había sido una especie de experimento, pero la tarea resultó más fácil de lo esperado.
Infiltrarse en la red del edificio, provocar una distracción, cerrar las puertas, distraer al guardia de seguridad. Desglosado, era bastante sencillo.
Lo de Thomas Grayson fue el perfeccionamiento. Con él, Calvin forzó los límites para ver hasta dónde podía llegar a través de la fibra óptica y las señales inalámbricas. El único problema fue que Calvin tuvo que estar presente para cerrar la puerta de la cámara acorazada.
Pero todo aquello había sido una auténtica declaración de intenciones: mira lo que soy capaz de hacer. Mira lo que alguien podría haber hecho.
Amanda Pierce. Aquello no había salido según lo planeado. Pero quizá era lo justo. La muerte de su padre tampoco había salido según lo planeado. La persona equivocada, pero muerta al fin y al cabo.
Y ahora, por fin, Kevin Wolfe.
Calvin sacó el móvil —uno de tantos, que usaba y desechaba como pañuelos de papel— y abrió la aplicación que había creado específicamente para este momento.
La agenda de Kevin era un libro abierto, y el edificio Elan estaba completamente vacío hoy.
Pronto, Kevin Wolfe recibiría una notificación sobre un error crítico en el servidor; el tipo de emergencia que haría que un maniático del control como Kevin volviera a toda prisa para supervisar su reino.
La empresa de seguridad recibiría un aviso de cancelación: falsa alarma, ignorar.
Y así, Kevin Wolfe acabaría aquí. Solo.
Demasiado fácil.
Calvin no conocía la distribución de este edificio como la de los otros, pero sí que conocía una parte a la perfección. Allí era donde iba a tener lugar el gran final de hoy.
Y antes de que Kevin Wolfe recibiera por fin su merecido, habría una confesión, y entonces le enseñaría a Kevin qué era lo imposible de verdad.
Era hora de acabar con esto.
Era hora de demostrar lo que todo el mundo siempre había sabido, pero había sido demasiado cobarde para admitir.
Kevin Wolfe había matado a su padre.
Y la venganza estaba en camino.
Abrió la aplicación y pulsó el botón.