CAPÍTULO TREINTA Y DOS #2
Una anciana estaba de pie en el umbral. Llevaba una bata gruesa de color marrón y zapatillas, y su pelo blanco era una maraña enredada.
—¿Quién es usted? —preguntó Ella.
—Soy Susan. ¿Vienes del centro?
—No. Soy de la policía.
—No me lleves de vuelta —suplicó la mujer—. Dijeron que mandarían a la policía si me volvía a ir.
Ella enfundó el arma. —¿Es usted Susan Roth?
—Sí. Solo quería ver mi casa. ¿Puedo quedarme aquí un ratito?
—Señora, no soy del centro de día y no he venido a llevarla de vuelta. Necesito hablar de su hijo, Calvin.
—Ah, sí. Un chico listo. Mucho más listo de lo que yo fui jamás. Ya no vive aquí.
Era evidente que Susan padecía algún tipo de dolencia, pero Ella no era de las que hacen diagnósticos de salón. Parecía tener un pie en el mundo real y otro en ese terrible reino alucinatorio que acompaña al deterioro cognitivo. —¿Sabe dónde está su hijo?
—Hace mucho que no veo a Calvin. Se mudó. ¿Quieres comer algo?
—No, gracias. ¿Adónde fue Calvin?
—Muy lejos. Era demasiado avispado para este pueblo. —Susan se dio la vuelta y se alejó cojeando, aparentemente indiferente a que hubiera una desconocida en su casa. Ella necesitaba traerla de vuelta a la realidad, si es que tal hazaña era posible.
—Susan, necesito encontrar a su hijo. Hay vidas en peligro y creo que es por culpa de Calvin.
La madre se detuvo en el pasillo, dio un giro de trescientos sesenta grados y regresó lentamente. Esta vez, cruzó el umbral de la habitación de Calvin.
—Mi niño es… él no haría nada parecido.
—¿Parecido a qué?
A Susan le faltó el aire de repente. —Portarse mal.
—¿Ha visto las noticias?
—No.
Hasta los que padecían demencia tenían tics cuando mentían, se dijo Ella, y Susan mostraba más de uno. —¿De verdad? ¿No ha oído hablar de los asesinatos en la ciudad? Tres personas. Quizá más.
Susan mantenía el cuerpo como si no estuviera del todo segura de dónde acababa ella y empezaba el mundo. —Calvin es un buen chico.
La frustración se instaló en el estómago de Ella. Esa vía no la llevaría a ninguna parte. Si Susan era consciente de algún modo del reinado de terror de su hijo, había construido un muro tan alto alrededor de esa verdad que jamás podría mirar por encima de él.
Tenía que intentarlo desde otra perspectiva.
—Dennis Roth. Su marido. Dígame qué le pasó.
La sorpresa genuina rompió la máscara inexpresiva de Susan. —¿Cómo sabía… lo de Dennis?
—Lo leí en un periódico.
—Dennis murió.
—Y Calvin no se lo tomó bien, ¿verdad?
A Susan se le llenaron los ojos de lágrimas. Con deterioro cognitivo o no, aún atesoraba ese recuerdo en particular. —No, no lo hizo. Pobrecillo. No sé por qué. Dennis era… un pieza.
—¿No lo querías?
—Oh, sí que lo quería. Tenía que quererlo. Pero era un mal hombre. Muy violento. Calvin no lo sabía.
—¿Crees que a Dennis lo asesinaron?
Susan miró por la ventana y se secó los ojos con el dorso de la mano. —Sé que lo asesinaron.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque… ¿sabes que comía lo mismo todos los días? Yo le preparaba el almuerzo. Un sándwich de queso y bayas. Abusar de una sola cosa es malo.
El tono de Susan había cambiado. Hablaba como si hubiera ensayado esas frases. Ella intentó meterse en la cabeza de aquella mujer por un momento, deducir un nuevo significado de un comentario trivial sobre el almuerzo, porque estaba convencida de que tenía que haberlo.
—¿Ah, sí?
—Oh, sí. Demasiadas… bayas.
A Ella le faltó el aire. Así, sin más, un caso de hacía quince años tenía una explicación sencilla, pero el pasado era un lujo y el presente, una carrera contrarreloj. Por lo que sabía, Calvin ya podía tener a su próxima víctima en el punto de mira.
—Lo entiendo, Susan, pero Calvin no ha superado la muerte de su padre. Ya han muerto tres personas en Indianápolis, todas en lugares parecidos a donde murió tu marido, en habitaciones cerradas con llave. ¿Lo entiendes?
—No, no, no. Calvin es un buen chico. Siempre culpó al otro. A Kevin. ¿Conoces a Kevin?
—No conozco a ningún Kevin. ¿Quién es?
—Kevin Wolfe. Wolfe con «e».
Un nuevo nombre. Una nueva vía de investigación. —¿Quién es Kevin Wolfe?
—El jefe. En Elan, la antigua empresa de Dennis. Kevin y yo éramos amantes, pero luego me enamoré de Dennis. Cuando Dennis murió…
Era una coherencia insólita para alguien con demencia, lo que significaba que llevaba años repasando esa historia en su cabeza. —¿Y Calvin culpó de la muerte de su padre a ese tal Kevin Wolfe? —preguntó Ella.
—Sí. No se caían bien. Nunca se cayeron bien. Kevin cargó con la culpa, pero él no…
—¿Y nunca se te ocurrió contarle la verdad a Calvin?
Susan se limitó a negar con la cabeza. Ella grabó el nombre en su memoria.
Kevin Wolfe. Propietario de una empresa llamada Elan.
Si todo aquello había surgido de aquel único incidente de hacía años, entonces se trataba de una oleada de venganza, y los asesinos que actúan por venganza siempre acaban atacando el origen de su ira.
—Susan, necesito que pienses. ¿Dónde podría estar Calvin? Veo que sabes… algo.
—Le encantaba la ciencia, a mi niño. Antes de meterse en todo ese lío de la informática. Le gustaba ese científico. El que iba en silla de ruedas. ¿Cómo se llama?
—¿Stephen Hawking?
—Sí. Hawking. Calvin tiene algo que dijo en la pared, ahí. —Susan señaló con mano temblorosa—. Mira a las estrellas, no a tus pies. Siempre le encantó esa frase. ¿Entiendes?
Ella se le quedó mirando. Susan volvió a pasarse la mano por los ojos. Hacía los ruidos de alguien que llora, pero parecía que su pozo de lágrimas se había secado. —A las estrellas —dijo Ella.
—Sí. Arriba. Donde están las estrellas. Calvin iba a ese edificio todo el tiempo. Solía decir que había pasadizos, entradas y salidas, cosas así. Pasaba mucho tiempo allí. Escondido. ¿Lo entiendes?
No era la demencia la que hablaba. No era una cita. No eran los desvaríos de una anciana enferma.
Era una clave; una última y desesperada pista de una madre que protegía a su hijo, incapaz de pronunciar las palabras que lo enviarían a la cárcel para el resto de su vida, o a algo peor. Un código era la única forma que tenía de traicionarlo.
Y en aquella fría habitación, rodeada de las reliquias de una vida pasada, Ella lo comprendió.
—Tengo que irme —dijo—. ¿Necesitas que te lleve a algún sitio? No deberías estar aquí sola.
—Si no me encuentran pronto —Susan se acercó renqueando a la cama de su hijo y se tumbó—, no me encontrarán nunca. Por favor, vete.
Ella no quería dejar a la pobre mujer en ese estado. En cuanto saliera de allí, podría llamar a su residencia para que vinieran a recoger a Susan.
—Sí, Susan. Gracias.
—Cuida de él, ¿quieres?
Se detuvo en la puerta, se giró y asintió.
—Lo haré.
Mira las estrellas.
Eso era todo lo que Ella necesitaba saber.