CAPÍTULO TREINTA Y DOS
La autopista se extendía ante ella y Ella pisó el acelerador hasta superar los 120 km/h.
La última dirección conocida de Susan Roth estaba introducida en el GPS: una casa de tres dormitorios en Greystone que podría o no pertenecer todavía a una mujer que había perdido a su marido en una habitación imposible quince años atrás.
O que ahora podría pertenecer a su hijo, el asesino en serie.
¿Asesinaron a Dennis Roth?
La pregunta le daba vueltas en la cabeza a Ella. Una puerta cerrada con llave desde fuera. Sin señales de forcejeo. Grabaciones de seguridad que mostraban pasillos vacíos. Era un truco de magia sin mago y la escena de un crimen sin crimen. Al menos, eso fue lo que decidieron los investigadores.
Pero a ver quién le explicaba eso a un chaval de catorce años.
Ella conocía bien esa psicología. Un crío de esa edad no entiende de matices ni de indiferencia burocrática.
No era capaz de comprender por qué los adultos a veces elegían la respuesta fácil en lugar de la correcta.
Lo único que el joven Calvin Roth sabía era que su padre estaba muerto, la puerta estaba cerrada con llave y a nadie parecía importarle una mierda la imposibilidad de todo aquello.
Así que había estallado. No de inmediato, porque Calvin era demasiado joven y quizá hasta demasiado listo para eso.
Lo había dejado enconarse durante quince años, y se tomó el tiempo de aprender todo lo que pudo sobre ordenadores, cerraduras y la naturaleza humana. Aprendió a hacer posible lo imposible.
Y ahora le estaba demostrando al mundo exactamente lo que habían pasado por alto.
O quizá intentaba demostrar algo completamente distinto. Quizá cada asesinato era la forma que tenía Calvin de gritar: «Mirad, así es como se podría haber hecho. Así es como alguien podría haber matado a mi padre. ¿Por qué no investigasteis más a fondo?».
La radio seguía con su monótona perorata sobre el tráfico y el tiempo, pero Ella no estaba escuchando.
Su mente estaba anclada en aquella foto del periódico: el Calvin adolescente con la mirada perdida, de pie junto a su madre destrozada.
¿Cuántas noches se habría quedado despierto, repasando posibles escenarios?
¿Cuántos años se había pasado aprendiendo a hackear sistemas que se suponían inexpugnables?
Debería parar a tomar un café. Sentía los párpados como si estuvieran forrados de papel de lija, y la adrenalina de haber descubierto la identidad de Calvin empezaba a desvanecerse. Pero parar le parecía un insulto a las víctimas, sobre todo estando tan cerca de encontrar algo útil.
Otra cosa que la inquietaba era que nunca había oído hablar del caso de Dennis Roth. Su cerebro era un archivador de asesinatos históricos, y una muerte en una habitación cerrada de 2010 debería encajar ahí perfectamente.
Nada. Debía de haber sido enterrado muy hondo, descartado tan por completo que nunca llegó a formar parte del canon de la crónica negra. Simplemente otro ejecutivo de mediana edad con problemas de corazón, y quizá esa era la verdad.
Solo que, por lo visto, Calvin Roth no lo veía así, y por eso se había convertido en algo que el mundo no había visto nunca: un asesino en serie que, al parecer, podía atravesar las paredes.
El GPS anunció: Continúe por la I-74 Este durante unos cien kilómetros.
Noventa minutos hasta la puerta de Calvin Roth.
***
La ciudad desapareció tras una hora de viaje, y sus tentáculos de hormigón dieron paso a un paisaje llano y gélido que no ofrecía nada a lo que aferrar la vista.
Después, el GPS guio a Ella por una serie de autopistas abandonadas y carreteras comarcales hasta que llegó a Ashforth Lane, un largo tramo de carretera donde la distancia entre las casas se medía en hectáreas, no en metros.
Debía de haber casi un kilómetro entre una propiedad y otra.
Y allí estaba, aparcada frente al número 346.
La casa estaba apartada de la carretera, y el lugar se había rendido al abandono hacía muchos años.
Las malas hierbas habían invadido la entrada y el césped delantero, y el tejadillo que cubría la puerta estaba tan hundido que a Ella le recordó a un brazo dislocado.
Una bicicleta infantil yacía de costado, y la sola imagen le revolvió el estómago.
Calvin tendría ahora veintinueve años. Si esa era su bicicleta, llevaba quince años esperando a que volviera a casa.
Consultó el móvil antes de salir. Sin cobertura. Nada sorprendente en una zona tan rural de Indiana. Si Calvin Roth estaba aquí, si la cosa se torcía, los refuerzos tardarían una eternidad en llegar, pero era un riesgo que tenía que correr.
Hora de entrar.
Salió del coche, se acercó a la puerta principal y aguzó el oído. Con unas paredes tan finas, le sorprendería no oír el crujido de las tablas del suelo desde fuera. Llamó a la puerta y esperó.
Nadie respondió.
¿Había conducido unos ciento treinta kilómetros para nada?
No. No podía haber recorrido toda esa distancia para no inspeccionarlo todo.
Si la casa estaba abandonada, cosa que daba por sentada, no estaría invadiendo el espacio privado de nadie.
Incluso podría denunciarlo cuando terminara para que el pueblo recuperase la propiedad.
Probó el pomo de la puerta principal y vio que estaba cerrado con llave, pero supuso que no le costaría mucho esfuerzo entrar.
Un sendero entre la maleza rodeaba la casa por un lateral. Apartó las quebradizas ramas de un rosal muerto y se encontró en un jardín que estaba en peor estado que la parte delantera. Una tarima de madera estaba verde de moho y, al final de unos escalones, había una puerta trasera entreabierta.
Nadie dejaba una puerta abierta con este tiempo, lo que confirmaba aún más que allí ya no vivía nadie. O eso, o el concepto de dentro y fuera había dejado de importarle al inquilino hacía mucho tiempo. Ella apoyó la mano en su Glock mientras se acercaba a la puerta.
«FBI. ¿Hay alguien en casa?».
Solo respondió el viento, así que Ella usó el pie para abrir la puerta un poco más.
El olor a humedad la asaltó, y se dejó envolver por él al entrar en la cocina.
Había platos en el fregadero, con unos cuantos vasos al lado que se habían vuelto opacos.
En la pared había un calendario de marzo de 2015, con el día seis rodeado con un bolígrafo azul.
Hacía casi diez años.
Al otro lado del arco, Ella se topó con un salón.
Marrón por todas partes: los muebles, las vitrinas, las estanterías, las lámparas.
Si este lugar había estado vivo hacía diez años, desde luego la decoración no lo reflejaba.
Quienquiera que viviese aquí se había desconectado mucho antes de 2015, al igual que su gusto para la tapicería.
El polvo cubría las superficies de rigor, pero también había zonas sin polvo en el suelo y en el sofá.
Alguien había estado aquí en los últimos diez años, y Ella rezó para que fuera su asesino en serie superdotado.
Si había vuelto una vez, existía la posibilidad de que volviera de nuevo.
La siguiente parada de Ella fue un pasillo deslucido y luego las escaleras.
Cada escalón crujía hasta tal punto que pensó que podrían ceder, pero llegó arriba de una pieza.
Arriba había un pequeño rellano con cuatro puertas cerradas.
Fue aquí donde la intimidad de la invasión le remordió la conciencia, porque la planta de abajo era para las visitas y la de arriba, para la privacidad.
Con un suave empujón entró en la primera habitación, esperando a medias encontrar a alguien aguardándola.
Pero no había ni un alma en el dormitorio principal.
Solo una cama deshecha con sábanas blancas desvaídas, varias cómodas y un espejo ovalado.
Ella dejó la estancia tal y como la había encontrado y pasó a la segunda puerta.
Esta era una habitación de invitados dominada por cajas de cartón que se venían abajo.
Ella no tuvo valor para mirar qué había dentro.
Se dirigió a la tercera puerta, y ya desde el rellano pudo oler que era el cuarto de baño.
Dentro, las baldosas eran rosas y el óxido se había acumulado en el lavabo, el inodoro y la mampara de la bañera.
En la repisa había varios botecitos de champú de hotel, del tipo que dan en las residencias.
Quizá habían cuidado de Susan en casa antes de que se mudara a una residencia a tiempo completo.
La puerta del fondo del pasillo atrajo a Ella. Incluso antes de abrirla, supo que esta sería diferente. El pomo giró con facilidad y, al otro lado del umbral, se encontró en el dormitorio de un adolescente.
Las paredes eran de un azul oscuro. La cama estaba hecha a la perfección.
Una torre de ordenador de color beis descansaba junto a tres monitores polvorientos.
Había un pequeño mueble de televisión con un televisor pequeño, una PlayStation 4 y algunas consolas portátiles.
En un compartimento se apilaban libros de texto y revistas.
Y en la pared del fondo, sobre la cama, Ella vio una hilera de trofeos enmarcados.
Recortes de periódico.
NIÑO PRODIGIO LOCAL, DE 10 AÑOS, ARRASÓ EN EL CAMPEONATO ESTATAL DE PROGRAMACIÓN.
CALVIN ROTH, DE 11 AÑOS, CONSTRUYE UN ORDENADOR FUNCIONAL CON PIEZAS DE DESGUACE.
¿EL PRÓXIMO BILL GATES? EL PRODIGIO DE GRAYSTONE DESLUMbrA.
UN ESTUDIANTE LOCAL GANA LA FERIA NACIONAL DE CIENCIAS.
Las fotos mostraban a un chico delgado y desgarbado que sostenía trofeos casi tan altos como él.
Tenía una mata de pelo castaño apelmazada sobre el cráneo, un rostro demacrado y la complexión de un niño que aún no había descubierto los placeres de la comida basura.
Junto a las fotos, sujeto con chinchetas, había una cita enmarcada: Mira a las estrellas, no a tus pies.
Este era él. Un genio de la informática.
Un niño prodigio. El asesino de tres personas.
Esta era la habitación donde el fantasma en la máquina había crecido y, en algún momento de los últimos diez años, se había desvanecido, solo para resurgir ahora y cobrarse su venganza en un mundo que intentaba procesar a través de los ordenadores.
¿Pero dónde estaba?
—¿Has venido a llevarme de vuelta?
Una descarga de adrenalina pura y abrasadora explotó en el sistema de Ella. La voz era fina y seca, como si alguien hubiera pisado un montón de hojas muertas. Ella se giró en redondo y levantó la Glock.