CAPÍTULO TREINTA
Hacía rato que había pasado la medianoche, y el despacho de Ella era ahora un centro de vigilancia improvisado.
Terrence West no le había fallado, como tampoco Mark Miller y Amanda Pierce. Todos habían aislado las grabaciones de seguridad necesarias y se las habían enviado en archivos que tardaron más de una hora en descargarse.
Ahora Ella se enfrentaba a seis semanas de grabaciones de seguridad sin editar —de marzo a mediados de abril—, comprimidas en diez terabytes de sucesos casi completamente mundanos en los pasillos de Morrison o, al menos, lo que podía ver de él.
Más joven, sin duda. Más alto que sus dos compañeros, pero con una presencia menos imponente.
Pelo rapado, tal como lo había descrito Janice.
Un rapado militar, o quizá intentaba disimular una incipiente calvicie.
Ropa oscura bajo el uniforme de Alpine. Estatura media, complexión media.
Era el típico aspecto anodino en el que nadie se fijaría dos veces.
Avanzó fotograma a fotograma, esperando un ángulo mejor.
La marca de tiempo saltó a las 20:03. El equipo había llegado a la zona de los ascensores.
Maria pasó la tarjeta de acceso mientras Edwin se apoyaba en la pared.
El joven —Corvidale— se mantenía apartado de ellos, con las manos metidas en los bolsillos.
Entonces, él levantó la vista.
Solo un segundo, quizá dos, miró directamente a la cámara.
La imagen era granulada y estaba comprimida, pero Ella pudo distinguir los rasgos básicos.
Hombre de raza blanca, rostro afilado, frente despejada.
Labios finos, nariz recta. Sin cicatrices ni marcas distintivas visibles.
Tenía los ojos hundidos, y la grabación granulada hacía difícil determinar su color.
Podrían ser marrones, podrían ser avellana.
El pelo rapado era oscuro, negro o castaño oscuro.
Bien afeitado. Sin gafas. La edad era difícil de precisar, pero la ausencia de arrugas visibles alrededor de los ojos y la boca sugería que tenía veintitantos largos.
Era de lo más corriente que se podía ser, y si le pidieras a veinte personas que se lo describieran a un dibujante de retratos robot, obtendrías veinte resultados distintos.
¿Era él? ¿Estaba mirando a un asesino en serie?
Una sola captura de pantalla granulada no sería suficiente. Esta era solo una cara, de una cámara, en una noche. Necesitaba más ángulos, mejor resolución y la confirmación de que el mismo hombre también había aparecido en el First National y en el Blackglass. Diez terabytes por tres.
Iba a ser una noche larga, pero en algún lugar de esas miles de horas de metraje anodino se encontraba el rostro de un asesino. Y una vez que lo tuviera, sería cuando la verdadera caza podría empezar.
***
La gente se pasaba la vida mirando pantallas a un palmo de la cara, tanto que se habían olvidado de levantar la vista.
Aquella noche había sido el ejemplo perfecto.
Amanda Pierce había estado gritando fuera de aquel edificio durante quince minutos hasta que apareció la poli, y a ninguno de ellos —ni a ella ni a los agentes— se le ocurrió mirar a la azotea.
La noche había ido bien, pero el único problema era la propia Amanda.
Se suponía que no debía sobrevivir. La notificación que le había enviado al móvil debería haberla atraído a esa sala de servidores y haberla dejado atrapada, pero, a diferencia de los otros edificios, en este tuvo que trabajar a distancia.
Su única visión era a través de la cámara de seguridad de ese pasillo, porque no podía arriesgarse a estar allí en persona.
Por no mencionar que había oído suficientes historias de terroristas que se inmolaban con sus propios explosivos, así que no quería ni imaginar cómo se burlaría la prensa del terrorista que murió congelado.
La prensa. Ese era otro problema completamente distinto.
Ahora, sentado frente a sus monitores, repasaba las noticias, y había esperado que esos buitres se lanzaran sobre la historia.
Era una historia de lo más seductora, pero toda la cobertura había sido decepcionantemente superficial.
La CNN le había dedicado una breve mención en el cintillo de noticias que recorría la parte inferior de la pantalla, la Fox le había dado unos veinte segundos, y los artículos la situaban junto a cotilleos de famosos y escándalos de fútbol de instituto.
Las noticias locales lo estaban haciendo mejor, pero ninguna daba en el clavo, por no decir que lo estaban presentando como una oleada de asesinatos en serie.
Por supuesto, el término «asesino en serie» captaba la atención. Hacía que la gente se incorporara y prestara atención, mucho más que un informe honesto sobre los fallos fundamentales de las infraestructuras de Estados Unidos. El miedo vendía. El análisis técnico, no.
La muerte de Amanda Pierce aún no había salido en las noticias, pero sin duda lo haría por la mañana.
Tres asesinatos sin duda lo calificarían como un caso en serie, y eso no haría más que consolidar aún más ese título no deseado.
Clasificar estos asesinatos como obra de un asesino en serie era infravalorarlos, como llamar carnicero a un neurocirujano.
Jeffery Dahmer no podría haber hackeado la cámara acorazada de un banco.
Gacy no podría haber movido su culo gordo por una gestoría sin que una sola cámara lo captara.
Ningún otro depredador en la Tierra había hecho esto antes, y los medios lo trataban como un vulgar caso de pirateo y acuchillamiento. Esa falta de respeto era insultante.
Aunque quizá hubiera una razón para la reticencia de los medios a adoptar el ángulo del crimen en habitación cerrada.
Tampoco lo habían hecho años atrás.
También habían enterrado esa historia. Ataque al corazón, dijeron. Causas naturales en circunstancias anómalas. Caso cerrado. La vida sigue.
Pero la vida no había seguido. No para él.
Supuso que algunas historias eran demasiado complejas para frases cortas y pegadizas. Eran demasiado difíciles para un público que quería narrativas simples sobre el bien y el mal. La verdad requería matices, pero los matices no generaban clics.
Volvió al último objetivo de su tablón. Cuatro objetivos, dos eliminados, uno inalcanzable, uno por eliminar.
El hecho de que Amanda Pierce estuviera viva, había que admitirlo, suponía un contratiempo, porque ella lo había visto en persona.
Si era capaz de atar cabos, quizá alguien con cerebro podría localizarlo.
Por eso esto tenía que terminar mañana por la noche. Un último objetivo. La persona que puso en marcha todo este lío hace tantos años.
Y este era demasiado especial para hacerlo a distancia. Esta vez, necesitaba un asiento en primera fila.