CAPÍTULO VEINTISIETE
Ella estaba de vuelta en su despacho con ganas de matar. No el tipo de asesinato que investigaba, sino el que quería cometer, o al menos lo más parecido posible. Sinclair acababa de hacer añicos su teoría, y todo apuntaba a que era un timador con pinta de magnate tecnológico, no un asesino.
Ripley irrumpió en la habitación y fue directa a su silla. Lanzó un bolígrafo que se deslizó por la mesa y cayó al suelo.
—Menuda pérdida de tiempo. Sinclair no es nuestro hombre. Solo es un gilipollas.
—¿Seguro?
—Sí. En Morrison no usan placas con el nombre. Ninguno de los empleados ha visto nunca una placa como esa en el escritorio de Rankin. Sinclair se sacó esa idea de la manga. ¿Quién iba a pensar que el mundillo del coleccionismo de asesinos en serie estaba lleno de timadores?
—Qué sorpresa. —Ella apoyó la cabeza en la pared—. O sea, que el agente virtual de Sinclair extrajo el nombre de la víctima de las noticias y dio por hecho que tendría una placa con su nombre como cualquier otro oficinista.
—Así son las máquinas. Pura fachada y nada de alma.
—¿Podemos acusarlo de algo? ¿Estafa electrónica? ¿Publicidad engañosa?
—No te preocupes por eso. Les he dicho a los de delitos económicos que lo teníamos detenido. Lo van a crujir por estafa y delitos contra el comercio. Ojalá le hubiera partido la crisma con más ganas.
La rabia y la frustración burbujeaban en las entrañas de Ella.
Había estado tan segura de lo de Sinclair.
La cronología encajaba, el acceso encajaba, los conocimientos tecnológicos encajaban.
Su pequeño museo del crimen había sido la guinda del pastel, pero el destino le había puesto palos en las ruedas, como solía ocurrir.
Ahora había vuelto a la casilla de salida, y en alguna parte había un hacker prodigio que, al parecer, podía abrir cualquier puerta electrónica del mundo.
Su memoria tampoco le servía de nada. Podía recordar cada detalle de todos los casos de asesinato en una habitación cerrada sobre los que había leído, pero ninguno de ellos involucraba a alguien que pudiera inutilizar cámaras y atraer a una persona a la cámara acorazada de un banco.
No había ningún precedente histórico, y si el patrón se repetía, el asesino ya tenía a la víctima número tres en el punto de mira.
Entonces Riggs irrumpió por la puerta sin llamar. El hombre estaba encendido por dentro, como si se hubiera inyectado cafeína en las venas.
—Hemos recibido un aviso. Una mujer dice que un empleado suyo se ha quedado encerrado en una habitación y se está muriendo de frío.
Ripley se levantó de un salto.
—¿Cómo que encerrado?
—La puerta electrónica está atascada, las tarjetas de acceso no funcionan, han hackeado el termostato y los aspersores se han activado. La temperatura es de cero grados. Tenemos que ir para allá. Ahora mismo.
Ella sintió como si un alambre helado le recorriera el esqueleto. Alguien estaba atrapado en una habitación helada en una cuenta atrás hacia la muerte, igual que Thomas Grayson.
Tenía que ser obra de su asesino.
Entonces hizo un cálculo rápido, y las probabilidades no le gustaron nada.
Temperaturas bajo cero. Agua fría. Si a eso le sumabas la circulación de aire, la víctima sufriría hipotermia en diez minutos y moriría poco después.
—Vamos. Rápido. Solo tenemos unos quince minutos.
***
Ella repasaba los números mentalmente mientras Ripley conducía el todoterreno a toda pastilla por las calles del centro de Indianápolis.
La hora punta había dado paso a la vida nocturna, y las carreteras estaban mucho más concurridas de lo que a Ella le hubiera gustado.
El GPS indicaba que estaban a apenas tres kilómetros.
La hipotermia era una cabrona. Te robaba el sistema nervioso grado a grado hasta que tu cuerpo se olvidaba de cómo mantenerte con vida. La temperatura corporal bajaba un grado por minuto en agua helada. Confusión a los treinta y tres grados. Parada cardíaca a los veintiocho.
—Dark, ¿cómo de difícil es abrir una puerta? ¿Sabes a lo que me refiero? —Ripley dio un volantazo en una esquina y casi se lleva por delante una boca de incendios—. Joder, cómo odio conducir por la ciudad. Aparta de una puta vez.
Ella ignoró que su compañera le estaba gritando a un objeto inanimado que se moviera.
—Si es una de esas puertas de ascensor, puede ser casi imposible forzarlas. Son dos metros y treinta centímetros de acero macizo.
—Sí, ya veremos. Venga, joder.
El GPS iba descontando la distancia que los separaba del edificio Blackglass.
Unos coches más atrás iban Riggs y su equipo con el Ejecutor: un cilindro de acero de ciento ochenta kilos que transportaban entre dos.
Era la anulación física para cualquier cerradura que ni la tecnología ni las manos humanas pudieran forzar.
—Ahí está —señaló Ripley—. Blackglass.
Blackglass Creations se había instalado en un almacén reformado al final del callejón sin salida.
Ella vio el logotipo monocromático sobre una fachada negra y pulida, y fuera había una mujer que saltaba sin parar.
El edificio formaba parte de una hilera.
Estaba encajonado entre lo que a Ella le parecieron dos edificios vacíos.
Ripley aparcó de cualquier manera justo después de la entrada y dejó puestas las luces de emergencia.
Las puertas se abrieron de golpe y saltaron al asfalto.
—¿La policía? —gritó la mujer, histérica—. ¿Son ustedes la policía?
—Sí. Llévenos. Rápido.
La mujer entró corriendo y guio a Ella y a Ripley escaleras abajo hasta lo que Ella supuso que era el sótano.
La mujer había atrancado la puerta para que no se cerrara con una plancha de metal.
Siguieron un pasillo helado hasta una puerta de acero.
La mujer empezó a aporrearla con los puños, impotente, y luego pasó la tarjeta por el lector que había al lado.
El led que había sobre la puerta parpadeó en rojo.
—¿Lo veis? ¡Está roto! ¿Me oyes, Noah? Ya viene la ayuda.
—Cálmese —dijo Ripley en voz baja. Empujó la puerta con el hombro una vez, y otra. No se movió ni un ápice—. Tenías razón, Dark. Es dura de cojones. Pon la mano.
Ella lo hizo. Fue como tocar una bola de nieve. Vio el termómetro junto al lector. Dos grados bajo cero. Por debajo del punto de congelación. Incompatible con la vida. —Oh… mie…
—¡Eh, vosotras! —gritó una voz desde la escalera—. ¡Apartaos, que entra el Ejecutor!
Ella, Ripley y la pobre mujer histérica se pegaron a la pared mientras cuatro agentes bajaban el ariete a duras penas por las escaleras. Ripley le dio un golpecito en el hombro a Ella. —Dark, quédate aquí. Voy a cortar la corriente del edificio.
—Vale. ¿Sabes dónde está?
—No, pero ya lo encontraré.
Ripley se abrió paso entre los agentes que llegaban y subió las escaleras. Los hombres de Riggs, con el ariete y todo, se colocaron en posición para el impacto.
—Esto va a hacer ruido —dijo Riggs—. ¿Listos? Tres. Dos. ¡Ya!
El ariete impactó con la fuerza de un disparo. Acero contra acero. La puerta se abolló, pero aguantó.
—¡Otra vez! Tres. Dos…
Otro impacto. El metal chirrió. El marco de la puerta empezó a separarse de la pared, dejando al descubierto las entrañas mecánicas del cierre.
El tercer impacto lanzó trozos de metal retorcido por el pasillo.
La puerta se inclinó hacia dentro sobre sus bisagras rotas, pero seguía bajo control electrónico. Seguía cerrada a cal y canto.
—Thompson, la palanqueta —ordenó Riggs—. Tenemos que forzar esta corredera.
El agente sacó la herramienta del cinturón, la encajó en la pequeña abertura que habían conseguido y, lenta y costosamente, empezó el proceso de extracción. La abertura empezó a crecer en lo que parecieron incrementos microscópicos, pero fue suficiente para que una persona ágil pudiera colarse.
—¡Es suficiente! —gritó Ella. Corrió hacia la abertura, y el aire que se filtraba desde dentro pareció el aliento de un infierno helado.
Se coló dentro y de repente le costó respirar, porque aquella era la clase de temperatura que te congelaba la saliva antes de que saliera de la boca.
El aire le quemaba los pulmones con cada bocanada.
El agua de los aspersores le empapó la ropa en segundos, y notó cómo el tejido empezaba a endurecerse al congelarse.
Alcanzó a distinguir vagamente servidores, discos duros y cables por el rabillo del ojo, pero todo estaba cubierto por finas capas de escarcha.
También había agua por todas partes. El sistema de aspersores había convertido la sala en una cascada invernal, y la temperatura bajo cero lo había transformado todo en una reluciente trampa mortal.
Y entre el hielo y los componentes electrónicos, había una silueta humana.
Estaba acurrucado contra la pared, tan lejos de la unidad de aire acondicionado como había podido.
Ella cruzó el traicionero suelo con un torpe deslizamiento y luego logró afianzarse en unas placas de metal rugoso que asomaban entre las capas de hielo.
Noah —o quien ella supuso que era Noah— había intentado hacerse un ovillo.
Se había encajado en un rincón, con las rodillas flexionadas y los brazos rodeándole las piernas.
Su ropa estaba tiesa por la congelación, su pelo era una corona de hielo.
Las gafas se le habían escarchado y agrietado.
Le puso los dedos en la carótida, sabiendo lo que iba a encontrar, pero con la necesidad de intentarlo de todos modos.
Nada. Sin pulso. La piel, como el mármol.
El cuerpo humano tenía límites, y Noah los había sobrepasado todos.
Llegaban demasiado tarde.