La chica vacía (Ella Dark 22) CAPÍTULO VEINTISÉIS
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CAPÍTULO VEINTISÉIS

Amanda Pierce seguía en la oficina pasadas las ocho de la tarde, porque el código siempre fallaba por algún lado.

O eso se decía a sí misma en esas noches que se alargaban, aunque no era programadora ni tenía ninguna tarea urgente que requiriera su atención.

Se estaba escondiendo de algo, y ese algo era una casa vacía, por mucho que le costara admitirlo.

Los humanos se habían marchado hacía horas, cambiando una pantalla por otra en casa, y Amanda probablemente debería hacer lo mismo.

Pero esta era su empresa, y como la había creado ella, a veces se sentía obligada a quedarse, a hacer que todo el amor que le había dedicado valiera la pena.

Era como cuando decoras la habitación de invitados.

Buscas cualquier excusa para pasar más tiempo allí.

Amanda había fundado Blackglass ella misma hacía diez años, y por suerte había entrado en el mundillo del software tecnológico justo en el momento adecuado.

Había sido esa ventana mágica en la que las empresas se dieron cuenta de que podían endilgarles aplicaciones a cosas como frigoríficos y tostadoras y convencer al mundo de que era la cumbre de la innovación.

Una vez que hasta los electrodomésticos estuvieron encadenados a aplicaciones de móvil, cada nuevo producto necesitaba su propia aplicación, y en eso se especializaba Blackglass.

Amanda cerró la noticia que estaba leyendo en la pantalla.

Al parecer, se había producido otro asesinato en el centro de Indianápolis, el segundo en dos días, pero los detalles sobre este último eran escasos.

Le gustaría decir que estaba sorprendida, pero los asesinatos aquí eran más habituales de lo que la gente pensaba.

Una de las desventajas de trabajar en el sector tecnológico era que te construías una jaula digital en la que tenías que vivir, por lo que siempre estabas más informada de lo deseable.

Ya está bien por hoy.

Tenía que irse a casa en algún momento. Más valía que fuera lo bastante pronto como para ver un poco de telebasura antes de acostarse.

Un minuto después, Amanda lo había apagado todo, había recogido sus cosas y había dejado su despacho a oscuras.

En el pasillo, vio un rectángulo de luz que se filtraba por la ventana de una de las oficinas.

Por lo visto, todavía quedaba otro ser humano allí.

Se jugaba diez dólares a que era Noah, el hombre que creía que podía programar su camino a la inmortalidad.

Esa era otra cosa de los chicos de la tecnología.

No se daban cuenta de que los imperios podían caer si alguien simplemente desenchufaba el cable de alimentación.

Amanda asomó la cabeza por la puerta. Allí estaba él, sentado.

Había llegado a Blackglass desde la zona rural de Maine y se había traído consigo sus habilidades de campo.

Era el único hombre que Amanda conocía capaz de hacerle un puente a un tractor, aunque eso nunca resultaba útil. «Eh, ¿tú qué haces aquí todavía?».

Noah echó la silla hacia atrás y luego giró trescientos sesenta grados. «Porque no hay nada ahí fuera para mí. Ahora mi vida es esto. Trabajar».

Entró en la oficina y vio que estaba jugando a un videojuego en el ordenador. «Ya veo. ¿Videojuegos en nuestra red? ¿Estás loco?».

«Tranquila. Es más seguro que un cinturón de castidad. Nadie nos va a hackear por esto».

Amanda quería enfadarse, y como directora de tecnología de la empresa, probablemente debería ponerle fin a aquello en ese mismo instante.

La instalación de cualquier programa externo tenía que pasar por ella, pero, por supuesto, Noah había encontrado la forma de saltárselo.

Pero no podía enfadarse con él, porque Noah era irritantemente atractivo, sobre todo con ese pelo alborotado y esas gafas estúpidas. «Deberías haberme preguntado».

«¿Preguntarte? ¿Quieres jugar tú también?». Noah se giró de nuevo hacia el teclado. Estaba jugando a un juego de fantasía, con una interfaz abarrotada, llena de iconos diminutos y barras de vida rojas. Le dolía la cabeza solo de intentar entenderlo.

«¿Jugar? Tengo treinta y seis años».

«Yo treinta y siete. ¿Y qué?».

«Mmm. ¿Y qué es esta mierda, por cierto? ¿Una copia barata de Dragones y Mazmorras?».

Noah le lanzó una mirada fulminante y luego volvió a guiar a su caballero virtual a lomos de un caballo virtual por unas praderas virtuales. «Esto es World of Warcraft, para que lo sepas. No finjas que no has oído hablar de él».

«He oído hablar de él, pero ahí se acaba la cosa. ¿Por qué juegas a esto aquí en vez de en casa?».

«La conexión es más rápida aquí».

«¿Tu pareja no se preguntará dónde estás?».

La pregunta se le escapó antes de que pudiera evitarlo.

Llevaba meses sintiendo curiosidad por la situación personal de Noah, desde que había empezado a quedarse a trabajar hasta tarde más a menudo.

No es que le importara. No es que llevara la cuenta.

O eso se decía a sí misma. En la pantalla, el caballero de Noah se detuvo en pleno galope.

El caballo virtual empezó a dar vueltas sobre sí mismo, como si de repente Noah hubiera olvidado qué teclas controlaban el avance.

«No tengo pareja. Ya no. Ella, eh…, me echó».

«Vaya». A Amanda le subió un calor por el cuello. «Lo siento».

«Es lo mejor. Eso es lo que se suele decir, ¿no?».

«Eso se suele decir. Yo estoy divorciada, por si te sirve de consuelo».

«Pues sí, la verdad».

«¿Qué pasó?», preguntó Amanda. Sabía que se había pasado de la raya, pero le sorprendió lo poco que le importaba. Quizá sí que se podía hablar con los empleados a ese nivel sin que resultara raro.

«Yo soy digital. Ella es analógica. Literalmente. Me dejó por fax».

«¿Por fax? ¿Quién tiene un fax?».

«Mi ex, por lo visto. ¿Ya te vas a casa? Puedo cerrar yo si quieres».

«Puede ser. Es que estaba…».

Noah despegó los ojos de la pantalla. «¿Estabas qué? No irías a invitarme a una copa, ¿verdad?».

«Dios, no…», tartamudeó Amanda. «Perdona, no Dios no. No quería decirlo así. Es solo que…».

Noah se rio. «Tranquila. Si quieres, podríamos».

A Amanda le dio un vuelco el corazón. Eso no era algo que se suponía que hicieran los directores de tecnología. No se podía salir con un empleado. Era un conflicto de intereses.

Aunque, por otro lado, ¿quién había dicho que quisiera salir con él? No tenía por qué haber tanto compromiso.

Estaba a punto de sugerir alguna estupidez cuando le sonó el móvil. Si hubiera sido un aviso normal, lo habría ignorado para disfrutar de aquel extraño momento de conexión con Noah. Pero no lo era. Era un pitido estridente. Uno de esos sonidos de notificación que rara vez se oyen.

Amanda lo miró.

Era una notificación emergente del sistema de seguridad de la sala de servidores.

ALERTA DE SEGURIDAD BLACKGLASS ANOMALÍA DE TEMPERATURA DETECTADA SALA DE SERVIDORES B-1 SE REQUIERE ATENCIÓN INMEDIATA.

«Oh, mie…».

«¿Qué pasa?».

«Anomalía de temperatura en la sala de servidores. Tengo que ir a echar un vistazo».

«¿En qué sala?».

«En la B-1. En el sótano».

Noah frunció el ceño. «La grande. Aunque probablemente solo sea un error del termómetro. Pasa con este frío».

«Eso espero. ¿Vienes?».

«Hacía tiempo que no me decían eso».

Amanda apenas captó la broma y no encontró ganas de reírse. Si los servidores fallaban, la empresa sangraría dinero hasta que los arreglaran. «Vamos».

Noah la siguió por el pasillo y bajaron por las escaleras. Para cuando llegaron abajo, Amanda podía ver su propio aliento en el aire.

Sacó su tarjeta de acceso y la acercó al panel. La luz parpadeó en verde y Amanda entró en el pasillo de la planta baja. La sala de servidores estaba al fondo del todo.

«Vaya, hace fresquete aquí abajo, ¿no?», dijo Noah.

«Sí. Incluso para ser enero».

«¿Sabes que helado es curioso? Es lo que te tomas en verano y en lo que nos vamos a convertir aquí abajo. Piénsalo».

Con cada paso que daban por el pasillo, la temperatura bajaba un poco más. «Lo haré», mintió Amanda.

«Joder, ¿pero tenemos el aire acondicionado puesto aquí o qué?».

«No. ¿Nunca has bajado aquí?».

«No tengo acceso».

«Es el sobaco del edificio, así que no te pierdes gran cosa. El único aire acondicionado está en las salas de servidores».

Llegaron a la entrada de la sala de servidores B-1. Era una puerta electrónica, como la de un ascensor. El termostato de fuera llamó la atención de Amanda.

«¿Pero qué coño? ¿Menos treinta grados?».

«¿A cuánto se supone que tiene que estar?».

«A dieciocho, constantemente». Amanda aporreó la flecha de subir del panel, pero el número no cambiaba. Seguía marcando los treinta bajo cero. «Esto está helado. ¿Alguien ha estado toqueteando esto? ¿Ha bajado Jeff?».

«Imposible. Solo tú tienes acceso aquí abajo, paranoica».

Amanda pasó la tarjeta y la puerta de la sala de servidores se abrió. Una ráfaga de aire gélido salió con violencia y le robó el aliento. Fue como abrir la puerta de casa en mitad de una tormenta. «Joder… esto está fatal».

«Ya te digo». Noah se abrazó a sí mismo. «Debería haberme traído una chaqueta».

«Voy a entrar. Quédate aquí. No pierdas de vista el termostato. Puede que le pase algo raro a la unidad del aire acondicionado».

«Date prisa. Te vas a convertir en un muñeco de nieve ahí dentro», dijo Noah mientras toqueteaba el termostato. «A ver si mi magia funciona con esto».

Amanda cruzó el umbral hacia las condiciones árticas de la sala de servidores y comprobó el estado de los discos duros.

Ya se había formado una capa de escarcha en las carcasas, lo que significaba que llevaba helando ahí abajo desde antes de que recibiera la notificación en el móvil.

El frío le quemaba los pulmones y empeoró al acercarse a la unidad de aire acondicionado de la pared del fondo.

No parecía tener nada raro. La unidad en sí no tenía botones de control, así que Amanda no estaba segura de qué esperaba encontrar.

Tenía que salir de allí y llamar a la empresa que lo instaló, porque, aunque era capaz de diseñar aplicaciones en un santiamén, no tenía ni idea de la tecnología de los aires acondicionados.

Corrió hacia la salida y suspiró aliviada. Encontró a Noah aporreando los controles del termostato con los dos pulgares. —Está muerto. No se puede apagar ni nada. Alguien lo ha manipulado.

La puerta se cerró tras ellos, dándoles un breve respiro del frío. —¿Puedes desbloquearlo?

—¿Yo? ¿Qué soy, una especie de gurú del aire acondicionado? No tengo ni idea de cómo funciona esto. ¿Has mirado el panel de acceso?

—¿El qué?

—Ya sabes, el bypass. La anulación manual. Por tu cara, diría que no.

—La cara que tengo es porque no sé lo que es.

—Todos los aparatos modernos tienen puertos de mantenimiento para diagnósticos. Debajo habrá un botón de reinicio.

—Acabas de decir que no sabías nada de aparatos de aire acondicionado.

—Y no sé. Es como cualquier cacharro moderno, deberías saberlo. ¿Hay alguna escalera ahí dentro?

—Hay una escalera metálica con ruedas. Es para llegar a los servidores de arriba. También llegará al aparato de aire acondicionado. ¿Qué aspecto tiene ese puerto de mantenimiento?

—Déjamelo a mí —dijo Noah—. Abre.

—¿Estás de broma? ¿No llevas ropa para entrar ahí? Está a… —Amanda volvió a mirar el termostato. Había bajado más—. Menos dos grados.

—Esto en Maine es tiempo de playa. Y tú estás temblando.

—Noah le puso una mano en el hombro, y a ella la sorprendió la inoportuna reacción de su cuerpo.

De repente, se sintió como una adolescente que se escapa detrás del gimnasio con su novio del instituto.

Lugar equivocado, momento equivocado, todo equivocado. Pero ahí estaba, de todos modos.

—No estoy temblando —mintió.

—Abre. Le haré un puente. Tú quédate aquí fuera, a ver si el indicador de temperatura se desbloquea.

Amanda volvió a pasar la tarjeta por la puerta. Noah desapareció dentro y no pareció molestarle en absoluto el repentino descenso de la temperatura. Con suerte, de verdad podía soportarlo y no estaba montando un numerito para impresionarla.

—¿Lo tienes? —gritó.

—Dame un minuto.

Amanda aporreó el panel de nuevo, pero estaba tan congelado como el equipo que mantenía su empresa en funcionamiento.

Si no lo arreglaba esa noche, todo el sistema podría colapsar, y seiscientas empresas se quedarían sin las aplicaciones de sus electrodomésticos.

No provocaría el apocalipsis, pero supondría una fortuna en costes de compensación.

—Lo tengo, solo estoy…

La puerta electrónica se cerró.

Maldito cacharro, pensó Amanda. El panel led había cambiado de verde a rojo. Volvió a pasar la tarjeta para abrir.

No pasó nada.

—Mierda.

Lo intentó de nuevo. Rojo.

Una vez más. Lo mismo.

¿Qué demonios estaba pasando?

—¿Noah? —gritó—. ¿Me oyes?

Se oyó un golpe repentino contra la puerta. —¡Oye, no hay anulación! ¡Sácame de aquí!

—No puedo. La puerta está bloqueada.

—Déjate de bromas. Me estoy congelando.

Amanda pasó la tarjeta frenéticamente, pero solo obtenía rojo, rojo y más rojo. —¡No es broma! ¡Está atascada! ¡Estoy pasando la tarjeta, pero no pasa nada!

—No tiene gracia. Venga ya.

Amanda pasó la tarjeta, dio una patada a la puerta, aporreó con el puño el indicador de temperatura. Nada. Un puño helado de pánico la atenazó, extendiéndose desde las entrañas hasta el cuero cabelludo en un parpadeo. Las manos se le entorpecieron y se le cayó la tarjeta.

Ping.

El sonido provenía del termostato. Era el pitido electrónico que se oía al pulsar la flecha de subir o bajar. Pero Amanda no estaba tocando nada.

Se giró para mirar la pantalla.

Menos tres grados.

Menos cuatro.

Menos cinco.

Alguien estaba bajando la temperatura.

Alguien estaba congelando a Noah hasta la muerte.

—¡Noah! ¡Prueba la palanca de apertura manual! ¡La palanca roja!

Ahora golpeaba la puerta con furia. Probablemente dándole patadas, embistiendo con el hombro. —¡Ya lo he intentado! ¡No funciona! Llama a la policía. Llama a alguien. Tengo que salir de…

Entonces se oyó. Un sonido que le recordó a Amanda a cuando regaba las plantas, pero la boquilla de la manguera se rompía y el agua salía a borbotones. Noah gritó desde el otro lado, pero Amanda no oía nada más que el sonido del agua corriendo.

Más pings. Más frío. La temperatura bajó a diez grados bajo cero, y el pánico casi hizo que Amanda se desplomara.

—¡Voy a llamar a la policía! ¡Aguanta! —gritó.