La chica vacía (Ella Dark 22) CAPÍTULO QUINCE
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CAPÍTULO QUINCE

Ya nada era real, y eso lo estaba volviendo loco.

No eras dueño de nada. Todo era una suscripción.

No podías hacer nada sin internet. Ni siquiera podías saber si una obra de arte la había hecho una persona o una máquina.

Las relaciones eran digitales y temporales.

Hasta para comprar papel higiénico necesitabas una aplicación.

Si querías ver la tele, tenías que pagarle diez dólares al mes a cualquier corporación.

Daba la sensación de que todo podía desaparecer mañana, como si la realidad estuviera en un estado de carga constante.

El mundo de hoy estaba construido enteramente sobre unos y ceros y código de mala calidad.

Era un sistema sin concepto de la consecuencia.

Nadie hablaba de cómo esta realidad difusa te jodía la cabeza, probablemente porque muy poca gente se paraba a pensar en ello, y eso significaba que nadie se daba cuenta de lo peligroso que era todo.

Él lo entendía porque ocupaba el espacio entre lo real y lo irreal, y lo había hecho toda su vida. Ahora estaba sentado en el centro de mando de su casa desangelada de cinco dormitorios, rodeado de lo único que conocía mejor que nada: el mundo digital.

Trece monitores se disponían en un arco gigantesco, lo que, según sus cálculos, debía de ser un récord mundial para una instalación de aficionado.

No es que él fuera un aficionado, ni mucho menos, pero era lo que los peces gordos llamarían un profesional independiente.

Ya no tenía jefe ni rendía cuentas a nadie, y estaba decidido a que siguiera siendo así hasta que todo aquello terminara.

La casa desde la que operaba era una simple tapadera.

No estaba a su nombre, sino a un nombre que se había inventado.

Un nombre que sobre el papel tenía un trabajo, pero que no ganaba lo suficiente como para pagar impuestos, y eso bastaba para mantenerlo invisible a ojos del tipo de agencias que buscaban a gente como él.

Ya ni siquiera estaba seguro de tener un nombre, al menos no en ningún sistema que importara.

Luego estaban las posesiones materiales más pequeñas, que en realidad eran más difíciles de conseguir que las grandes.

Una pared de servidores zumbaba en la habitación de abajo, pero no los había comprado en una tienda; los había conseguido a través de un manifiesto de carga pirateado de un puerto de Long Beach,

desviado y entregado por una empresa de logística externa que creía estar entregando equipamiento de cocina industrial a una empresa de catering que no existía.

Los componentes de ordenador, fabricados a medida, llegaban en paquetes dirigidos a personas muertas.

El cable de fibra óptica que llegaba directamente a su propiedad, evitando al proveedor de internet local, lo habían instalado unos contratistas que creían estar trabajando en un proyecto del Gobierno.

La ironía era que, en cierto modo, así era.

Se había convertido en un maestro del mundo físico porque entendía los hilos digitales que lo hacían bailar.

Era un lenguaje que se había visto obligado a aprender después de que los sistemas de justicia del mundo real demostraran ser su propia clase de ilusión.

Al otro extremo de esos hilos se sentaban los guardianes que escribían el código y a los que nunca se les exigían responsabilidades cuando este fallaba.

Eran los hombres y mujeres en sus torres de marfil corporativas que habían decidido que el concepto de propiedad ya no importaba.

Eran los que cogían las cosas que la gente apreciaba y las encerraban tras un muro de pago, manteniendo así el alma del universo como rehén a cambio de una cuota mensual.

Eran los gilipollas que rastreaban cada libro y cuadro creado por el hombre y lo metían todo en una máquina de plagio que producía en masa parodias sin alma del arte de verdad.

Era una máquina que funcionaba con cero previsión y una fe ciega en que nunca habría un ajuste de cuentas.

La consecuencia era una partida que tendría que pagar otro.

Y mientras predicaban sobre la conectividad y la comodidad, diseñaban un mundo de obsolescencia programada y prisiones digitales, todo ello mientras se escondían en fortalezas donde la gente a la que jodían no podía alcanzarlos.

Fortalezas con cerraduras y cámaras y jefes de seguridad. Fortalezas que estaba a punto de demostrar que eran tan ilusorias como los productos que vendían.

No podía ir a por los villanos principales, por supuesto. Si un mega consejero delegado aparecía muerto en su despacho, la poli ataría cabos en un día, y la narrativa sería simple: un ludita resentido con una vendetta. Su mensaje se perdería.

Los objetivos representaban otra cosa. Eran la gente que ayudó a construir los muros de las prisiones digitales, pero no se refugió en ellas.

Y en realidad, lo que importaba, lo que de verdad iba a dejar a la gente alucinada, no era el quién.

Era el dónde.

Esa era la lección. No solo para los guardianes, sino para todo el mundo.

Ningún lugar era seguro. Nadie podía esconderse, ni detrás de un millón de toneladas de acero impenetrable, ni rodeado de guardias y armas.

Todo eso era solo fuerza bruta. Eran cerraduras físicas esperando llaves digitales.

El cerebro siempre le gana a la fuerza bruta.

No tenía que derribar sus puertas. Ni siquiera tenía que forzar la cerradura.

Él era la llave que ellos mismos metían voluntariamente en la cerradura.

Él era el código malicioso que instalaban en sus propios sistemas en nombre de la comodidad y el progreso.

Era el caballo de Troya humano a las puertas de la ciudad, y dos personas ya lo habían dejado entrar.

Esa noche, una tercera haría exactamente lo mismo.