La chica vacía (Ella Dark 22) CAPÍTULO DIECISÉIS
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CAPÍTULO DIECISÉIS

La oficina de Ella consistía ahora en dos mujeres y varias montañas de papeles que crecían a toda prisa.

Habían solicitado toda la documentación de seguridad de Morrison Ripley, a la antigua, con grandes palabras en una gran pizarra blanca.

Ripley dio un paso atrás y se quedó mirando la lista en mayúsculas. —Nop. Ningún Gavin. ¿Tú tienes algún Sam Greaves o un Joe Vernon por ahí?

Consultó su hoja de cálculo. —No. Lo más parecido que tengo es un Joe Bergnon. Administrador de redes.

Un bolígrafo voló en dirección a Ella. —Joder, estoy hasta las narices de toda esta mierda tecnológica. Que si biométrico esto, que si encriptado lo otro. Yo solo quiero los términos de toda la vida. Ritual, firma, M.O.

—Eran otros tiempos.

—Y tanto que lo eran. ¿Sabes cuál fue el arma homicida en mi primer caso? Una llave de cruz. ¿Sabes cómo pillamos al tío? Sus huellas estaban en la llave. Caso cerrado.

La frustración de su compañera era palpable. Ella también la sentía, pero cogió otro expediente y siguió adelante. —Terry Jackson, probador de penetración sénior.

—¿Probador de qué?

—Probador de penetración. Supongo que significa que pone a prueba la resistencia de la seguridad.

—Si no hubiera dos muertos, no podría aguantar la risa. Ni de coña «probador de penetración» es un trabajo de verdad.

Ella le pasó el expediente por encima de la mesa para enseñárselo a su compañera. Ripley tenía razón. Daba la sensación de que el universo se estaba riendo de ellas. —Está aquí, negro sobre blanco.

—Joder. O sea, que nuestro asesino podría ser alguien cuyo trabajo consiste, literalmente, en colarse en edificios.

—Puede ser, pero no encuentro ninguna coincidencia. Ninguna de estas personas trabajó en ambos edificios. Morrison y el First National usaron equipos distintos de Sentinel para sus instalaciones.

—Sentinel es una empresa grande, por lo que se ve.

—Sí. He devorado todo lo que he podido sobre ellos en internet y parece que tienen equipos especializados según el sector. Las oficinas corporativas tienen un equipo y las entidades financieras, otro.

Ripley se quedó mirando los nombres de la pizarra como si le hubieran insultado a su madre. —O sea, que o estamos tratando con dos asesinos que trabajan juntos, o con uno que tuvo acceso a la información de ambos equipos.

—O con alguien más arriba en la cadena de mando que supervisara varios proyectos.

—¿Como un directivo?

Ella recordó lo que Ripley había dicho el día anterior, sobre cómo los cotilleos de la central acababan llegando a sus oídos. —Sí. O un consultor.

Ripley se detuvo con el rotulador a medio camino de la pizarra. —Espera un momento… En uno de los míos se menciona a un consultor. —Repasó los nombres de la pizarra y señaló uno con el dedo—. David Lorraine. Dice que fue consultor para el diseño de parte de la seguridad del First National.

Ella recorrió la hoja de cálculo con el dedo. —No tengo ningún David Lorraine.

—Vuelve a mirar.

Ella volvió al principio del expediente de Morrison el siguiente, un perfil de empresa en una red social, y el tercero, una cuenta personal.

Los fue revisando uno por uno y descubrió que David Lorraine era un señor de cincuenta y seis años con la cabeza afeitada, barba canosa y una incapacidad para sonreír con naturalidad.

Su biografía profesional parecía escrita por dos personas distintas: mitad jerga de consultor de empresa, mitad labia de charlatán de feria.

Con décadas de experiencia sin parangón en el panorama mundial, David Lorraine comprende que lo que ves nunca es toda la verdad.

Sea testigo de cómo David puede transformar su perfil de riesgo con un enfoque proactivo e integral de las pruebas de penetración que, sencillamente, lo asombrará.

No se limite a proteger sus activos. Deje que David le muestre los secretos que convierten cada cerradura en una mera sugerencia. ¡Lo imposible es su especialidad!

—¿De qué narices está hablando? —preguntó Ripley por encima del hombro de Ella—. Esto no tiene ningún sentido.

—Es la típica jerga de empresa. Deja que mire sus redes sociales.

En el perfil personal de David Lorraine, la imagen que se dibujaba era muy distinta.

El banner de la parte superior de la pantalla mostraba a David Lorraine —el mismo consultor de barba canosa de la página profesional— sosteniendo un naipe en llamas.

Ella echó un vistazo a sus fotos más recientes y en todas aparecía inclinado sobre distintas mesas con naipes en las manos.

—Oye, es mago —dijo Ripley—. A lo mejor deberíamos contratarlo.

La palabra magia le llevaba rondando la cabeza desde que empezó el caso, pero había evitado meterse de lleno por ese camino porque, sencillamente, le parecía una tontería.

Pero entonces recordó las palabras de Mark Miller de esa misma mañana: Es como una especie de…

ilusión. Y ahora, al mirar las palabras que lucían bajo el gesto pomposo de David Lorraine en el banner que tenía delante —Nada es imposible—, decidió que era hora de darle una oportunidad a esa idea.

Pasó las fotos más recientes de David y bajó hasta sus últimas publicaciones. La primera la había publicado hacía tres horas: Tarde de magia en el Murphy's Pub del bulevar Walker. ¡Hoy a las 15:00! ¡Venid a ver milagros de cerca e ilusiones alucinantes!

—No hace falta que lo contratemos. Actúa en… —Ella miró la hora— una hora.

—Buf. Espero que sea bueno.

—Yo espero que sea un asesino. ¿Llevamos refuerzos?

Ripley ya estaba cogiendo el abrigo. —¿Para detener a un tipo con pinta de mago en un bar? Ni de coña. Esto lo hacemos nosotras.

Ella se preguntó ociosamente si un mago profesional sería capaz de zafarse de las esposas si tuviera que ponérselas, o si eso era solo un mito.

Luego se grabó a fuego el rostro de David Lorraine en la memoria y se preguntó si ese hombre podría ser el fantasma que se deslizaba por los edificios de oficinas sin ser visto y que había dejado dos muertos a su paso.

No estaba segura.

—Oye —dijo Ripley—, ¿la hija de Michael Rankin no dijo algo de un mago? Uno que se llamaba David.

Una violenta oleada de autorreproche la abofeteó.

Estaba claro que su memoria perfecta se había resentido últimamente, y la mención de Emma Rankin a un tal David —el amigo mago de su madre, al parecer— debería haberle saltado a la mente al instante.

—Buena esa. No me puedo creer que se me haya pasado.

—No te rayes. ¿Lista para ver unos cuantos milagros?

Ella había cogido sus cosas y puesto la mano en la puerta. Tenía un buen presentimiento, pero sabía que en este juego era mejor no jugárselo todo a una carta.

Así que había algo que tenía que hacer antes de que se fueran.

—Tira. Te veo fuera. Solo tengo que hablar con Riggs un momentito.