CAPÍTULO DIEZ
Ella estaba apoyada en la pared del pasillo del motel mientras Ripley, dos puertas más allá, se peleaba con la tarjeta de la habitación.
Tras darles la terrible noticia a Sarah y a Emma, la noche no había traído ninguna revelación nueva.
Lo único que había traído eran temperaturas bajo cero.
Ella había ido directa al motel al salir de la piscina cubierta, y Ripley se había pasado todo el trayecto hablando por teléfono con su hijo.
—Odio estas cosas. Nunca funcionan —se quejó Ripley.
—Porque eres un desastre con la tecnología —dijo Ella—. Que es nuestro mayor problema ahora mismo.
—Oye, que estoy mejorando mucho. Por cierto, Sarah ha aclarado algunas cosas mientras estabas con su hija.
—¿Ah, sí?
—Sí. Su matrimonio con Michael estaba muerto, pero se llevaban bien. —Ripley por fin consiguió abrir la puerta—. No había discusiones acaloradas ni platos rotos. Simplemente, un día se despertaron y se dieron cuenta de que eran compañeros de piso, no amantes.
—Eso explica por qué Emma parecía tan tranquila con que su padre nunca estuviera en casa.
—La pobrecilla seguramente llevaba años preparándose para esta conversación.
—Cierto. ¿Qué impresión te ha dado Sarah?
—Es la inocencia personificada, si es a lo que te refieres.
De lo más auténtica. Bueno, todo lo auténtica que se puede ser cuando descubres que han asesinado a tu ex.
—Ripley abrió la puerta, dejando que saliera el aire viciado, y se quedó paralizada.
Pareció debatir entre tres emociones a la vez—. Lo siento, Dark. Se me ha escapado.
Era curioso cómo a veces se te escapaban las palabras equivocadas. A todo el mundo le había pasado alguna vez. —Me alegro de que alguien pueda olvidarlo. ¿Le has mencionado a Sarah lo del pentagrama?
—Sí, y me ha dicho que Emma llevaba un tatuaje de uno en el brazo. Me estaba preguntando qué clase de niña se hace un tatuaje.
—Lo he visto. Es una calcomanía.
—Qué alivio. Sarah ha dicho que le salió en una caja de cereales y que le gustó. Su padre se la puso.
Ella sintió una punzada en el estómago. —Entonces, ningún simbolismo.
—Ningún significado más profundo que si hubiera sido un unicornio. Sarah ha dicho que Michael era tan espiritual como una declaración de la renta. Nunca iba a la iglesia, no creía en Dios y, desde luego, no era del tipo wiccano.
Ella intentó procesar la información. Un hombre racional y laico le pone a su hija un símbolo que no comprende.
Luego, ese mismo símbolo aparece en su ordenador después de que alguien lo asesine en una habitación que la física dictaminaba impenetrable.
La coincidencia parecía tan probable como que te tocase la lotería mientras te cae un rayo.
—¿Ha mencionado a un tal David?
—No. ¿Quién es David?
—No lo sé. Emma ha dicho que su madre tenía un amigo llamado David que hacía magia.
—Magia, ¿eh? No me empieces otra vez con el rollo de David Copperfield. Sarah ha dicho que no estaba saliendo con nadie.
La extraña obsesión de Ripley con David Copperfield siempre había fascinado a Ella, y supuso que, si estuvieran en el colegio, Ripley lo estaría persiguiendo por el patio. «“No estar saliendo” puede significar muchas cosas».
—¿Cómo qué?
—Como que a lo mejor David es el tipo de amigo que aparece cuando Emma ya está durmiendo.
—Me da la sensación de que Sarah lleva tanto tiempo con el piloto automático que ya ni se acuerda de cómo eran las instrucciones.
Trabaja a jornada completa y cría a su hija sola.
A lo mejor tiene un David. O a lo mejor tiene tres.
No la culparía. ¿Vas a quedarte aquí plantada toda la noche o te vas a ir a tu habitación?
—Claro, perdona. Solo quiero saber por dónde podemos empezar mañana.
—Mañana será otro día. O eso espero, porque Sarah no me ha dado ni jota con lo que trabajar. Según ella, Michael no tenía enemigos, así que esperemos que nuestro Genio de los Pómulos encuentre algo a lo que agarrarnos.
—Eso espero, sí. Nos vemos a las ocho.
Ripley cruzó el umbral y luego se echó para atrás. —Por cierto, hoy has hecho lo correcto con esa cría. No mucha gente es capaz de sentarse con una niña y decirle que su mundo se acaba de venir abajo.
—No lo he sentido así.
—Bien. Así es como sabes que sigues siendo humana.
—Te lo agradezco. —Ella se despidió y cruzó el pasillo hasta su habitación.
La tarjeta funcionó a la primera y la puerta se abrió para revelar algo que la hizo detenerse.
No era el típico desastre de motel de carretera.
Alguien le había puesto cariño a ese sitio.
Quizá Edis se había sentido generoso al marcharse y había hecho que el personal de administración reservara lo bueno.
Ella dejó la bolsa a los pies de la cama y comprobó su estado. Mullida y limpia. Un siete sobre diez. Sacó el móvil y decidió llamar a Luca, pero su nombre ya ocupaba la pantalla.
Espero que estés bien por ahí. En casa todo en orden. Un beso.
La marca de tiempo indicaba que era de hacía tres horas.
Había estado pensando en ella mientras le explicaba lo que era la muerte a una niña de nueve años que acababa de ganar una medalla de plata.
Escribió: «¿Sigues despierto?». Y luego lo borró.
Luca estaría durmiendo. O intentándolo. No tenía sentido arrastrarlo a su insomnio.
Decidió que debía pasar la noche investigando la vida de Michael Rankin, pero, cuando fue a coger el portátil, se dio cuenta de que se había quedado sin energía.
Se sentía mermada. Más pequeña que los misterios que la rodeaban, menos sustancial que las preguntas que se multiplicaban como células cancerosas.
En todos los demás casos en los que había trabajado, siempre había sabido cuál era el siguiente paso, siempre había creído en el fondo que ningún sujeto, por muy organizado que fuera, podría ser más listo que ella.
No existían los asesinos en serie únicos, porque todos estaban sujetos a las mismas compulsiones y a las mismas limitaciones físicas.
Lo único que cambiaba eran los nombres y los lugares.
Pero ahora, Ella se enfrentaba a un fantasma capaz de manipular la tecnología y de moverse por edificios de alta vigilancia sin ser visto.
Por primera vez en su carrera, tuvo que preguntarse si este caso la superaba.