CAPÍTULO CUATRO
Estaba pasando de verdad. Ella estaba sentada en el sillón de cuero en el que se había sentado incontables veces mientras el director Edis le daba órdenes, y ahora lo hacía por última vez. William Edis dejaba el FBI.
—Vaya —dijo Ripley a su lado—. Estoy hecha polvo.
—No lo estés. —Edis puso las manos sobre el escritorio y lo alisó, como si lo estuviera preparando para su sucesor—. He llegado al límite de los diez años, y el FBI está en una situación mucho mejor que cuando empecé. No puedo pedir más.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Ella.
Edis se encogió de hombros. Aquel hombre solía estar tenso como un resorte, pero ahora tenía los hombros caídos de una forma que ella no le había visto nunca.
Supuso que eso era lo que pasaba cuando te relevaban de tus funciones.
—Ya no puedo trabajar en el FBI, pero hay otras opciones.
La CIA, el Ministerio de Defensa. Puede que incluso vuelva al Departamento de Policía de Chicago.
—El mundo es tuyo —dijo Ripley—. ¿Cuándo es tu último día?
—En cuanto el nuevo director esté listo para jurar el cargo.
Pasará rápido, en menos de veinticuatro horas, y luego habrá una reorganización masiva.
Reemplazarán a todo el mundo desde el nivel del subdirector Marshall para arriba.
El nuevo Gobierno tiene a sus favoritos, y nosotros no estamos entre ellos.
Aquello era gordo. Ella aún no había presenciado un cambio de guardia completo en el FBI, y se decía que aquello solía agitar las aguas. —¿Sabes quién va a reemplazarte, señor?
Edis se rio. —¿Tantas ganas de librarte de mí, señorita Dark?
—En absoluto. Te echaré de menos.
—Gracias.
—Aunque fueras un grano en el culo —añadió. Si había un momento para ser sincera con el director, era ese. Joder, probablemente podría hacerle cualquier perrería y mañana seguiría teniendo trabajo.
—Sí que lo era, y me alegro de que por fin me lo digas a la cara. En cuanto a tu pregunta, todavía no se ha anunciado ningún sustituto. Será uno de los amiguetes del presidente, así que tened cuidado con eso.
—Roger.
—No conozco a ningún Roger. —Edis cogió dos carpetas marrones de su escritorio y las levantó, como si fuera a pedirle a Ella que eligiera una—. En fin, dicho esto, tengo una última petición para vosotras dos. Estoy seguro de que sabéis lo que os voy a pedir.
Deslizó las carpetas sobre la mesa y las agentes cogieron una cada una. En la esquina superior derecha había una plantilla que decía: CASO: 131469, INDIANÁPOLIS, IN.
Ripley preguntó: —¿Este es tu regalo de despedida, Will? ¿Un caso de asesinato?
—No. Mis regalos de despedida están ahí. —Edis señaló dos ramos de rosas que había sobre el mueble bar—. Uno para cada una. Esto es solo un extra.
—No deberías haberte molestado.
—Me temo que sí. Puede que esté en la cuenta atrás, pero sigo de servicio. Resumiendo, tenemos una situación muy extraña en el centro de Indianápolis y, sinceramente, nunca he visto nada igual. Por favor, echadle un vistazo.
Ella abrió la carpeta y echó un vistazo al informe policial que había encima.
Los datos básicos eran bastante claros: una víctima, Michael Rankin, de treinta y ocho años, apuñalado en el pecho en su despacho de Morrison todo ello sin aparecer en ninguna cámara.
Sintió el impulso de saber cómo, pero el sentimiento se vio empañado al instante por la culpa.
Su caso —el que importaba— era la muerte de Ben. Este no era su asesino y este caso no era hacer justicia. Desvió la mirada de la carpeta a Edis y la respuesta se le atascó en la garganta.
Pero ¿acaso desafiar a Edis le había servido de algo alguna vez? Y, puesto que este era su regalo de jubilación, tenía que aceptar el trabajo.
—Nos ocupamos, señor.
Edis juntó las manos en un gesto de súplica.
—Agente Ripley, ¿me harías este último favor?
—¿El último? ¿Para siempre?
—Me temo que sí.
Ripley sonrió.
—Nunca te he dicho que no, Will, y no voy a empezar ahora. Considéralo mi regalo de despedida.
—No sé qué haría sin ti. Hay un vuelo a Indiana en una hora. Podéis dejar las flores aquí. Las regaré mientras estéis fuera.
Ella se levantó y se colocó la carpeta bajo el brazo. Un viaje más con Ripley como asesora. Una petición más cumplida para Edis antes de que, presumiblemente, todo cambiara. Muy pronto habría una nueva placa con otro nombre en la puerta, y eso traería nuevas prioridades y nuevas políticas.
Pero, por ahora, tenían un trabajo que hacer.
—No le decepcionaremos.
Ripley ya estaba en la puerta.
—Vamos, Dark, nos llevo yo al aeropuerto.
Estaban casi fuera cuando la voz de Edis las detuvo.
—¿Agente Dark? ¿Podría hablar un momento con usted? ¿A solas?
Ella se dio la vuelta y captó la mirada curiosa de Ripley.
—Por supuesto.
—Te espero en el ascensor, Dark —dijo Ripley.
Ella se quedó allí, con la carpeta en la mano, observando cómo el que pronto sería su exjefe volvía a su escritorio. Fuera lo que fuera lo que quería decirle, no era algo que estuviera dispuesto a compartir con Ripley, y solo eso ya la puso nerviosa.