CAPÍTULO DOS
Ella Dark había sobrevivido a treinta y dos Navidades, pero ahora que lo pensaba, ninguna destacaba de verdad. La Navidad que recordaba con más cariño era la de 2013, cuando se pasó el día comiendo pizza y jugando al Grand Theft Auto en la PlayStation de su compañera de piso.
No estaba segura de por qué aquellas fiestas en concreto seguían siendo memorables, porque nunca le había entusiasmado la pizza y su breve idilio con un videojuego sobre robos de coches empezó y terminó en esas mismas fechas.
Quizá fuera porque las cosas eran más sencillas entonces, porque aquella era su vida pre-agente federal.
Antes de que unos acosadores obsesivos mataran a todos sus seres queridos.
—¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó Luca al entrar. Ella estaba sentada con el portátil en la cocina de ambos. Era el primer lunes de verdad de enero de 2025, también conocido como el segundo lunes de enero, porque el primero había formado parte de las vacaciones y, por tanto, no contaba.
—Deberías estar en la oficina. A los agentes novatos siempre os dan una charla motivacional el primer día de vuelta.
—Lo sé. Me refería a ti. —Luca encendió la cafetera y luego se secó el pelo mojado con un trapo de cocina.
—Esa toalla no es para eso.
—¿Qué? Una toalla es una toalla.
—Las toallas de baño son para el cuerpo. Los trapos de cocina son para… los platos.
—Las dos son toallas.
Esa era la diferencia fundamental entre hombres y mujeres, decidió Ella.
La taxonomía de los objetos. Las mujeres entendían que cada cosa tenía su propósito, pero los hombres veían un trozo de tela absorbente y pensaban: «problema resuelto».
Un trapo de cocina usado para el pelo hoy se convertía en una toalla de baño usada para los platos mañana y, antes de que te dieras cuenta, el mundo era un caos.
—Da igual.
Luca se sentó frente a ella y entonces vio que ni siquiera se había secado el pelo. Lo único que había hecho era empapar un trapo que estaba perfectamente bien. —Sé que te aterra la idea —dijo él.
—¿Aterrarme qué idea?
—Volver al trabajo.
No se equivocaba. Habían pasado seis semanas desde que Ben fue asesinado en California —el tercero de los confidentes de Ella en ser asesinado— y no había pasado gran cosa desde entonces.
El caso del acosador asesino de Ella estaba ahora oficialmente bajo la jurisdicción del FBI, y Ella había transmitido su teoría sobre Austin Creed a los investigadores.
Fue el primer asesino en serie que Ella atrapó y, aunque ella lo conocía como Austin Creed, la mayor parte del mundo lo conocía como el Imitador, porque su modus operandi era copiar asesinatos en serie infames de antaño.
Ed Gein, Richard Ramirez, Edmund Kemper, John Wayne Gacy y, finalmente, un intento chapucero de imitar a Ted Bundy antes de que Ella lo interceptara y lo metiera entre rejas.
Aunque, si era sincera, no era tanto una teoría como una corazonada.
Había perdido el móvil y el cepillo del pelo el día que fue al juzgado de Luisiana para la sentencia de Creed.
Por supuesto, Creed no podría haber cogido los objetos él mismo, pero eso no significaba que otra persona en el juzgado no hubiera podido hacerlo.
Y quizá esa persona estuviera trabajando en colaboración con Creed para hacerle la vida imposible.
Los investigadores habían dicho que su teoría tenía fundamento y le habían dicho a Ella que se mantuviera totalmente al margen de esta investigación. Cuanto más se acercara, peor serían las cosas, y estaba de acuerdo con su lógica, aunque no tenía ninguna intención de seguir su consejo.
Pero, aun así. Lo que no daría por encontrar ella misma al responsable. Un minuto a solas con él y podría impartir una justicia mejor que la que cualquier tribunal podría impartir jamás.
—Voy a visitar a Ripley dentro de una hora, y luego estaré en casa el resto del día —dijo—. Formación sobre el nuevo sistema. No necesito estar en la oficina.
—¿Vas a salir en cámara?
—Sí.
—Pues péinate, porque tienes el pelo hecho un desastre.
—Recibido.
Decían que las relaciones sanas se basaban en la sinceridad, y Luca era demasiado sincero por su propio bien.
—Te acuerdas de adónde voy a finales de semana, ¿verdad?
La expresión de Luca se tornó avergonzada. La misma que ponía cuando lo pillaban usando las tijeras buenas para abrir paquetes.
—Sí. Me acuerdo.
Ella iba a ir a California para despedirse de Ben como es debido.
Habían pasado seis semanas desde su muerte, pero entre la investigación, las fiestas y varios retrasos burocráticos, esta era la primera oportunidad que tenía para presentarle sus respetos.
Ben se merecía eso y más, no solo una llamada a su madre.
Le debía su presencia al final, porque, de no ser por ella, Ben seguiría aquí.
—¿Quieres venir?
—No. Necesitas despedirte sin mí.
Era un equilibrio difícil: decirle a tu novio actual que necesitabas asistir al entierro de tu ex amante muerto.
Ni siquiera llamarlo su ex le parecía correcto.
Excompañero, examante, ex todo. El hombre que le había salvado la vida más de una vez y que incluso lucía cicatrices a juego.
El hombre cuya muerte era enteramente culpa suya.
Y Luca lo entendía. En otra relación, esta conversación podría haber provocado celos o algún comentario pasivo-agresivo sobre pasar página. Por suerte, Luca no era celoso, y menos con los muertos. No se puede competir con fantasmas, y Luca era lo bastante listo como para no intentarlo.
—Gracias —dijo ella, y lo decía de verdad.
—¿Por qué?
—Por entenderlo.
—Me preocuparía más si no quisieras ir. Eso significaría que estabas más perdida de lo que pensaba.
—Justo.
—Pero sabes por qué vas en realidad, ¿a que sí?
Ella enarcó una ceja.
—Voy a presentar mis respetos.
Luca puso esa cara de vacilación, la que significaba que estaba a punto de decir algo que ella no quería oír.
—Puede ser. Pero hay otra razón.
—¿De qué hablas?
—A un funeral no se va con invitación. Podría aparecer cualquiera.
—No voy por eso.
—¿Ah, no? ¿Ni un poquito?
Quiso negarlo, pero Luca la conocía demasiado bien.
La idea se le había pasado por la cabeza.
Más que eso. Había acampado en ella y encendido una hoguera.
Este asesino le estaba enviando un mensaje en forma de cadáveres, lo que significaba que tenía el tipo de psicopatología que lo llevaría a infiltrarse en los entornos que creaba.
Cada persona de luto en el funeral de Ben sería un sospechoso.
—Es un extra. Nada más.
—No puedes seguir ignorando lo obvio, Ell. Lo sabes, ¿verdad?
—¿Y qué es lo obvio?
Luca se acercó a la cafetera. Ella se dio cuenta entonces de que él había llevado el mismo conjunto durante casi todas las fiestas y era el único hombre que conocía que usaba pantalones cortos en invierno.
—Crees que estos asesinatos tienen algo que ver con Creed. Los investigadores están de acuerdo en que esto tiene algo que ver con Creed. Entonces, ¿por qué nadie ha ido a visitar a Creed?
Ella apretó los dientes. Por supuesto que había querido visitar a Creed. Lo había solicitado en cuanto estableció la conexión y prácticamente les había suplicado a los investigadores que la dejaran hablar con él.
—Creed es intocable —dijo.
—Somos el FBI.
—Sus abogados están apelando su condena a muerte. No van a llegar a ninguna parte, pero lo tienen encerrado a cal y canto. Nada de visitas, excepto su asesor legal. Dicen que cualquier contacto con agencias externas podría constituir acoso y comprometer su estado mental.
—¿Estado mental? Es un asesino en serie.
—Esa es su estrategia. Un hombre enfermo que necesita tratamiento, no la ejecución. Quieren que lo trasladen a un hospital psiquiátrico en lugar de a una prisión.
—Es una putada —dijo Luca—, pero ¿qué pasa con cosas como su correspondencia o su contacto con gente dentro de la cárcel? Si está manipulando a alguien de fuera, entonces está hablando con alguien de fuera.
—Su correspondencia ha estado bajo vigilancia desde el primer día. No puedes meter una tarjeta de cumpleaños en la cárcel sin que el personal administrativo la diseccione. Si hubiera habido algo sospechoso en su correo, lo habrían marcado.
Luca cogió el café y se apoyó en el frigorífico. —Que vuelvan a instaurar la horca. O el pelotón de fusilamiento. Sería mucho más fácil si alguien le pegara un tiro y ya está.
—Eso es exactamente lo que pasará cuando llegue la fecha de su ejecución.
—Sí, dentro de unos veinte años —dijo Luca—. No deberíamos tener que esperar tanto. En fin, tengo que vestirme. Y tú también deberías. No querrás que el entrenador piense que eres una vaga.
Ella vio a Luca desaparecer en el dormitorio y dejó que sus pensamientos derivaran hacia lugares más oscuros. Dios, cómo le gustaría visitar a Creed. Sentarse frente a él en una sala de interrogatorios y arrancarle las respuestas por cualquier medio necesario.
¿Sería buena idea que alguien lo matara? El dilema moral cambiaba según el prisma con que lo mirara. Sí, porque un Creed muerto no podría manipular a nadie. No, porque Creed era la única pista que tenían, y matarlo podría permitir que su cómplice eludiera la justicia.
Pero Ella se preguntaba, en ese oscuro territorio de su mente donde la emoción se imponía a la objetividad, si, en caso de encontrarse a solas con Creed, podría resistirse a pegarle un tiro en la cabeza.
Después de lo que les había hecho a Julianne, a Jenna y a Ben, ¿podría mirar al hombre que había orquestado aquellas muertes por un patético plan de venganza y no sentir la tentación de mandarlo al hoyo, que era donde pertenecía?
Le gustaría pensar que ella estaba por encima de todo eso.
Pero allí sentada en su cocina, con el funeral de Ben a la vuelta de la esquina y el recuerdo aún fresco de haber encontrado su cadáver, Ella no estaba segura de estar por encima de nada en absoluto.