La chica que nunca existió (Doyle 3) La rama que faltaba
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La rama que faltaba

Nora quitó el cartel el lunes.

Para el jueves, la pared entera era un árbol.

Ethan Cross entró con dos cafés y se paró en la puerta.

—Vale —dijo.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

—Has dicho «vale» con esa cara.

—Es la cara que tengo, Nora. —Dejó los cafés—. Llevas nueve días sin salir de aquí.

—Ocho.

—Nueve. El sábado dormiste en la silla y Vivian te tapó con su abrigo, lo cual, por cierto, deberías apuntar en algún sitio porque no va a volver a pasar.

Nora no le hizo caso.

Estaba delante de la pared con un rotulador entre los dientes, mirando el hueco.

Había empezado tres semanas antes, con un frasco de plástico y un sobre prepagado que había pagado ella y que Ivy Renner había rellenado en la cocina de Bobbie Renner un domingo por la mañana, con Maggie Doyle al lado grabándolo todo con el móvil «por si acaso», que era una frase que aquella cría de dieciséis años había aprendido demasiado deprisa.

Lo habían mandado a una empresa distinta.

A nombre de N. Blake .

Y el resultado había llegado el día nueve, a las seis de la mañana, y no había traído ningún padre.

Los padres no salen.

Eso era lo que la gente no entendía, y lo que Nora tampoco había entendido hasta que se leyó, en cuatro noches, seiscientas páginas de manuales de genealogía genética forense: que si el padre no se ha hecho un test, el padre no aparece. Nunca. Puede uno mandar cien muestras.

Lo que sale son primos.

Primos segundos que suben fotos de barbacoas. Primos terceros con árboles genealógicos públicos hechos por una tía abuela aburrida en 2013. Gente corriente, sin ninguna relación con nada, que un día pagó veintinueve dólares por saber si tenía sangre irlandesa.

Y con eso, y con paciencia, y con doscientas once tarjetas, se construye hacia arriba.

Nora tenía cuatro coincidencias sólidas.

Dos por la rama materna, que subían limpiamente hasta un matrimonio de Fenmore de los años sesenta, apellido Kade , con cuatro hijos, uno de ellos un tal Dennis Kade que había muerto en 2011 y que había tenido, según su esquela, «una hija, Miriam».

Esa mitad la había cerrado en cuatro días.

La otra mitad le había costado diecinueve.

—Enséñamelo otra vez —dijo Ethan.

Nora señaló con el rotulador.

—Dos primos terceros. Aquí y aquí. Sin relación entre ellos: uno vive en Pensilvania y el otro en Florida y no se conocen. —Movió el dedo por los hilos rojos—. Los dos bajan de la misma pareja. Ambrose y Cecilia. Se casaron en 1911 en el condado de Bell.

—¿Y?

—Y tuvieron siete hijos, que tuvieron veintinueve nietos, que tuvieron ochenta y cuatro bisnietos. —Nora dio dos pasos atrás—. Ese es el problema de esto, Ethan. No te da un nombre. Te da un apellido y ochenta y cuatro personas.

—¿Y cómo lo cortas?

—Con lo aburrido.

Nora cogió el segundo folio.

—Edad —dijo—. El padre tenía que estar vivo y en edad reproductiva hace quince años. Eso quita cincuenta y uno.

—Quedan treinta y tres.

—Geografía. Tenía que estar en Granton o alrededores en aquel momento. Eso quita veintidós.

—Once.

—De los once, cuatro son mujeres.

—Siete.

—De los siete, dos estaban en el extranjero, uno estaba en la cárcel en Michigan y uno murió en 2008.

Ethan dejó el café en la mesa.

—Tres.

Nora se quedó mirando la pared.

—Tres —dijo.

Y descolgó tres tarjetas del corcho y las puso en fila sobre la mesa coja.

Un hombre de sesenta y un años, dentista jubilado, residente en Fenmore.

Un hombre de cuarenta y ocho años, encargado de una empresa de climatización, residente en North Granton.

Y un hombre de cincuenta y cuatro años.

Nora se quedó mirando el tercero mucho tiempo.

Después fue al ordenador y buscó, sin ninguna prisa, la composición del patronato de la clínica Westbridge en el año en que Miriam Kade había entrado por su puerta con dieciséis años y había salido sin nombre.

Once patronos.

El sexto de la lista tenía cuarenta y tres años entonces, era director de relaciones institucionales de una empresa de construcción propiedad de un tal Arthur Shaw, y aparecía en el acta de constitución del patronato el veintidós de marzo.

Robert P. Kessler.

Nora se quedó sentada delante de la pantalla.

Detrás de ella, el microondas comunitario pitó tres veces.

—Ethan —dijo, y no le salió la voz—. Ethan.

—Dime.

—Cierra la puerta.

El acto se celebraba en el gimnasio del instituto Marlowe, en el distrito seis, a diecinueve días de las elecciones.

Doscientas sillas. Una tarima con moqueta azul. Un cartel de tela de seis metros con dos palabras en letras blancas sobre fondo granate:

KESSLER · POR NUESTROS CHICOS

Doyle llegó a las siete menos cuarto y se sentó en la fila catorce, junto al pasillo.

—No lo hagas —dijo Nora.

—No voy a hacer nada.

—Jack.

—Voy a escuchar a un candidato en un acto público al que puede entrar cualquiera. —Se puso el abrigo en las rodillas—. Es lo más legal que he hecho en tres meses.

Nora se sentó a su lado y no le creyó ni un segundo.

Robert Kessler subió a la tarima a las siete y ocho.

Cincuenta y cuatro años. Traje azul sin corbata.

El pelo blanco por los lados y muy bien cortado.

Se movía por el escenario con el micrófono en la mano y sin papeles, y a los dos minutos de empezar contó una anécdota sobre su padre y un turno de noche en una fábrica de rodamientos, y doscientas personas se rieron a la vez.

Era bueno.

Esa fue la parte que Nora no había previsto y que la tuvo mal el resto de la noche: que era, sencillamente, muy bueno.

Habló veintidós minutos.

Habló de la ciudad, de los presupuestos, de un plan de rutas escolares seguras. Habló, dos veces, de «las chicas que se caen por las grietas», y en la segunda le tembló un poco la voz y no le tembló de mentira, y a Nora se le puso la piel de gallina de pura confusión.

Y después dijo:

—Vamos a abrir el turno de preguntas, que es la parte que de verdad me interesa.

Doyle se levantó.

Nora le agarró la manga.

Él se soltó sin brusquedad, como quien se quita una hoja de la ropa, y se puso de pie en el pasillo de la fila catorce con las manos vacías y la voz completamente tranquila.

Una chica con una camiseta de la campaña le acercó un micrófono inalámbrico.

—Buenas noches, señor Kessler.

—Buenas noches.

—Me llamo Jack Doyle.

Hubo un movimiento pequeñísimo en la primera fila. Dos hombres se irguieron.

—Tengo dos preguntas.

—Adelante, señor Doyle.

—La primera. ¿Formó usted parte del patronato de la clínica Westbridge de esta ciudad hace quince años?

Y Kessler no parpadeó.

—Sí —dijo—. De 2010 a 2014. Junto con otras diez personas, algunas de ellas todavía vivas, y todo ello consta en el registro público de fundaciones del estado, señor Doyle, así que le felicito por la investigación.

Risas. Un aplauso corto en el lateral.

Doyle esperó a que se apagara.

—La segunda —dijo—. ¿Conoce usted a una mujer llamada Miriam Kade?

El gimnasio se quedó en silencio.

Nora, desde la fila catorce, con la libreta cerrada sobre las rodillas y el corazón en la garganta, vio la cara de Robert Kessler en el instante exacto en que le llegó el nombre.

Y lo que vio no fue miedo.

Fue una cosa infinitamente peor.

Fue una expresión completamente en blanco.

—No —dijo Kessler—. No me suena de nada.

—¿Está seguro?

—Señor Doyle, en treinta años de vida pública he conocido a mucha gente y le aseguro que no tengo la memoria que me gustaría.

—Bajó un escalón de la tarima, acercándose, que era lo que hacía siempre y lo que le había hecho ganar dos elecciones—.

Pero ese nombre no me dice nada, y si esa mujer necesita ayuda, deme un teléfono y mi oficina la llama mañana.

Aplausos.

Fuertes.

Doyle se quedó de pie con el micrófono en la mano.

—Está muerta —dijo.

Y no lo sabía.

Lo dijo porque era la única frase que le quedaba y porque quería ver qué hacía aquel hombre con ella, y en el segundo y medio que tardó en salir de su boca comprendió que acababa de decirlo delante de doscientas personas, cuatro cámaras y una cría de quince años que en algún momento vería el vídeo.

—Lo lamento muchísimo —dijo Kessler.

Los dos hombres de la primera fila ya estaban en el pasillo.

Uno de ellos era Ray Fillion, que había hecho cuatro años en Homicidios bajo Marcus Hale y que había ido a la boda de Doyle en 1998, y que le puso una mano en el hombro con una delicadeza que fue lo más humillante de toda la noche.

—Jack —dijo en voz baja—. Vamos fuera.

Doyle dejó el micrófono en una silla.

Y salió andando, solo, por el pasillo central de un gimnasio de instituto, entre doscientas personas que lo miraban en silencio, con un policía a cada lado y el eco de sus propios zapatos en el suelo de parqué.

Detrás, en la tarima, Robert Kessler esperó a que se cerrara la puerta.

—Vamos a seguir —dijo—. Y quiero decir una cosa antes: esta ciudad está llena de gente que ha perdido a alguien y no la ha encontrado nadie. Yo no me voy a reír de eso. Nunca.

Aplausos.

De pie.

En el aparcamiento, con la lluvia y las farolas de sodio y una furgoneta de la campaña con el motor encendido, Kessler apareció por la salida lateral con el abrigo puesto y sin nadie detrás.

Doyle estaba apoyado en su coche.

—Dos minutos —dijo Kessler a alguien que no se veía.

Se acercó y se paró a metro y medio.

—Mañana a las nueve mi abogado va a presentar tres cosas —dijo—. Y va a ganarlas las tres, porque usted no tiene nada y porque acaba de decir en público, con testigos, que una persona está muerta.

—Ya.

—No lo digo como amenaza. Lo digo como cortesía. Usted mañana va a estar peor y me parecía justo que se lo dijera yo.

Doyle no se movió.

—Usted no la conoce —dijo.

—No.

—Es verdad, además. No me lo está fingiendo. —Doyle lo miró de arriba abajo—. Y eso es lo que llevo cuarenta minutos sin poder tragar.

Kessler se quedó callado.

La lluvia le mojaba los hombros del abrigo.

—Le voy a decir la única cosa que le voy a decir —dijo por fin—, y luego me voy a subir a esa furgoneta y no vamos a volver a hablar nunca.

—Diga.

—En quince años —dijo Robert Kessler— nadie me ha pedido a mí que hiciera nada.

Doyle levantó la cabeza.

—Ni una llamada —siguió Kessler—. Ni una insinuación, ni un favor, ni un sobre, ni una cena. Nada. Nunca. —Se subió el cuello del abrigo—. Y piénselo despacio antes de decidir que eso me exculpa, señor Doyle. Porque yo llevo quince años pensándolo y todavía no he llegado a ninguna parte.

Se dio la vuelta.

—Kessler.

Se paró.

—¿Usted lo sabía? —dijo Doyle.

Robert Kessler se quedó de espaldas, bajo la lluvia, durante unos tres segundos.

—Buenas noches —dijo.

Y se subió a la furgoneta.

El vídeo se subió a las once y cuarto.

Cuarenta y un segundos, grabado con un móvil desde la fila nueve, con el título «Un tío revienta un acto de Kessler y la respuesta del candidato es 10/10».

A las tres de la madrugada tenía ciento cuarenta mil visualizaciones.

A las nueve de la mañana lo habían emitido dos televisiones locales y una nacional en la sección de cierre.

Y el sondeo del domingo, publicado en la página seis y comentado durante cuatro días por gente que no había estado en aquel gimnasio, le daba a Robert P. Kessler tres puntos más que la semana anterior.