La chica que nunca existió (Doyle 3) El hombre que devuelve cosas
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El hombre que devuelve cosas

Doyle no llamó a la policía.

Se pasó una hora entera sentado en el suelo de la cocina considerándolo, que es más de lo que había considerado ninguna otra cosa en dos años, y el razonamiento fue siempre el mismo y terminaba siempre en el mismo sitio.

Buenas noches, agente. Alguien ha entrado en mi casa. No falta nada. Lo sé porque he comprobado una caja de zapatillas que tengo debajo del fregadero. Dentro hay pruebas de un homicidio de hace catorce años que sustraje de un garaje en agosto y no entregué.

A las ocho de la mañana fue a la ferretería de Callan con la Tres y compró un cilindro nuevo.

Lo instaló él mismo.

Tardó cincuenta minutos, se hizo sangre en un nudillo y al terminar tenía una cerradura que se abría con una llave nueva y una puerta que cerraba peor que antes, lo cual le pareció un resumen bastante honesto de los últimos tres meses.

Después metió la caja de zapatillas en una bolsa de deporte y se fue al West Harbor Diner.

—Arlene.

—Jack.

—Necesito un favor y no quiero que me hagas ninguna pregunta.

Arlene Boyd llevaba veintiséis años detrás de aquella barra, tenía sesenta y siete y unas várices por las que llevaba dos años negándose a operarse, y ni levantó la vista de la plancha.

—¿Es droga?

—No.

—¿Es dinero?

—No.

—¿Va a hacer que venga alguien a mi restaurante a hacerme daño?

Doyle se lo pensó. Se lo pensó de verdad, durante cuatro o cinco segundos, porque la mujer se merecía eso.

—No lo creo —dijo—. Pero no puedo jurártelo.

Arlene dio la vuelta a dos huevos.

—Cámara del fondo —dijo—. Detrás de las cajas de aceite. Ahí no entra ni el chico de las bebidas.

—Arlene.

—Y no me lo cuentes. —Señaló la puerta con la espátula—. Llevo veintiséis años sin que me cuenten nada y por eso sigo abierta.

Kilbride tardó dieciocho minutos en cogerle el teléfono.

—Detective.

—Ya no.

—Cuando deje de comportarse como uno dejaré de llamarle así. Dígame.

Doyle iba andando por Harbor Street con el móvil pegado a la oreja y la bolsa de deporte ya vacía colgando del hombro, y habló deprisa, porque sabía que tenía un minuto.

—Hay una empresa de custodia documental en Fenmore. Se llama Vantage. Guardaba trescientas cuarenta y dos cajas del archivo administrativo de la clínica Westbridge, anteriores a 2015.

—Le escucho.

—El dos de octubre alguien retiró las trescientas cuarenta y dos en veintinueve horas. La orden la autoriza la fundación Aldergrove House y la supervisa un hombre que firma E. Nash.

Silencio al otro lado.

—Y ese nombre —dijo Doyle— es el mismo que firmó el reacondicionamiento de la caja Fallon hace once años, en el documento que usted me enseñó el jueves pasado.

Kilbride tardó en contestar.

—¿Cómo ha llegado usted a Vantage?

—Por el balance de disolución de Westbridge. Es público.

—¿Y a Westbridge?

—Por una carta anual de verificación con membrete.

—¿En posesión de quién?

—De una ciudadana que me la enseñó voluntariamente en su domicilio, con una periodista presente y sin que yo tocara nada.

—Es usted asombroso —dijo Kilbride.

—Gracias.

—No era un cumplido. —Un ruido de papeles—. Detective, le voy a dar una información y no me pregunte por qué, porque yo tampoco lo tengo del todo claro.

—Adelante.

—Pedimos el expediente personal de E. Nash el mismo jueves. Llegó ayer.

—¿Y?

—Doce páginas.

Doyle se paró en mitad de la acera.

—¿Doce.

—Emmett Nash. Ingresó en el cuerpo hace cuarenta y nueve años.

Veintidós de ellos como comandante de la División de Registros y Custodia.

Jubilado hace nueve. —Kilbride hablaba muy despacio—.

No hay una sola anotación disciplinaria.

No hay una sola felicitación. No hay evaluaciones de desempeño.

No hay bajas médicas. No hay fotografía.

—¿No hay fotografía?

—Consta que se extravió en la digitalización de 2016.

Doyle cerró los ojos.

—Detective —dijo Kilbride—, llevo once años leyendo expedientes de policías.

He leído los de gente que se pasó treinta años sin hacer absolutamente nada y aun así tenían ciento veinte páginas, porque las administraciones generan papel igual que los perros sueltan pelo.

—Hizo una pausa—. Este es el expediente más limpio que he visto en mi vida.

Y solo hay una forma de tener un expediente así.

—Escribiéndolo uno mismo.

—Sí.

Elise llamó a las dos y diez.

—He hablado con Vince.

Doyle estaba sentado en el coche, delante de una lavandería que ya conocía bien, esperando a que su hija y otra chica salieran de un instituto que quedaba a cuarenta minutos andando.

—Dime.

—Está limpio, Jack. —La voz de Elise sonaba agotada de una manera nueva—. Y es mucho peor que si no lo estuviera.

—Explícate.

—En 2011 se presentó un hombre en su oficina. Sin cita. Le ofreció un arrendamiento de quince años sobre dos naves del polígono de Alder a un dieciocho por ciento por encima de mercado, pago anual por adelantado, sin cláusula de revisión.

—¿A cambio de?

—De una cláusula de acceso restringido. El arrendador renuncia a inspeccionar el interior salvo por causa legal o emergencia acreditada.

—¿Y tu hermano firmó?

—Mi hermano firmó y se fue a comer. —Elise soltó una risa espantosa—.

Jack, en el sector eso no es sospechoso.

Eso es martes. Las farmacéuticas lo piden, los abogados lo piden, los archivos médicos lo piden.

Le ofrecieron un dieciocho por ciento de más por no entrar en un almacén de papel y él pensó que le había tocado la lotería.

—¿Se acuerda del hombre?

—Perfectamente.

Doyle se enderezó en el asiento.

—Descríbemelo.

—Mayor. Sesenta y tantos entonces. Abrigo gris. Muy educado. Vince dice que fue la reunión más agradable de su vida y que el tío no tomó ni una nota. —Elise se paró—. Y hay una cosa más y es la que me tiene mal desde esta mañana.

—Dila.

—Tres semanas antes de esa reunión, en la oficina de mi hermano desapareció una pluma. Una Parker de mi padre, con el nombre grabado, que llevaba en el mismo cajón desde 1993. Vince puso la oficina del revés y culpó a un becario y estuvo dos meses de un humor de perros.

Doyle notó cómo se le enfriaban las manos.

—Y el hombre del abrigo gris —dijo.

—El hombre del abrigo gris la sacó del bolsillo al terminar la reunión —dijo Elise—, la dejó encima de la mesa, dijo «creo que esto es suyo» y se marchó.

El parque de Corliss tenía cuatro bancos, dos de ellos rotos, un estanque artificial con la fuente parada desde el verano y una hilera de arces que en octubre se ponían de un color naranja tan obsceno que la gente les hacía fotos aunque el resto del parque diera pena.

Doyle se sentó a las cinco y veinte.

No había quedado con nadie.

Había ido allí porque era el parque que quedaba entre la parada del autobús de Maggie y la casa de su madre, y porque llevaba tres semanas sin poder pensar en otra cosa, y porque un hombre que ya no tiene placa hace exactamente lo que hacen todos los hombres que ya no tienen placa: se sienta a mirar.

A las cinco y veintiséis, alguien se sentó en el otro extremo del banco.

—Buenas tardes, detective.

Doyle no giró la cabeza enseguida.

Se dio ese medio segundo, que era todo lo que le quedaba, y después miró.

Setenta y tantos años. Abrigo gris, de buen paño, bien planchado.

Bufanda azul marino. Guantes de piel, puestos.

Una cara absolutamente corriente, de esas que uno no podría describir cinco minutos después: ni gorda ni delgada, ni severa ni amable, con unas gafas sin montura y unas cejas todavía oscuras.

Tenía las manos apoyadas en el puño de un paraguas cerrado.

No estaba lloviendo.

—Emmett Nash —dijo Doyle.

—Sí.

—Llevo dos semanas leyendo su firma.

—Es una firma fea. —Nash miró el estanque—. Siempre lo he pensado. Uno debería elegirla con más calma a los veintitrés años, pero a los veintitrés años uno cree que las cosas se pueden cambiar después.

Doyle no dijo nada.

Estaba haciendo el cálculo. Sesenta metros hasta la calle. Dos mujeres con carritos a la izquierda. Un hombre corriendo. Ninguna arma visible en el abrigo. Ninguna razón para que hubiera una.

—Su hija se baja aquí —dijo Nash.

Y ahí, exactamente ahí, a Doyle se le paró todo.

—En la parada de Corliss con la Once —siguió Nash, con la misma voz con la que un hombre comenta el tiempo—. A y veinte, los días que no tiene laboratorio. Y cruza el parque en diagonal, por el camino de la izquierda, aunque el de la derecha está mejor iluminado.

Doyle se giró entero hacia él.

—Escúcheme muy bien…

—Lleva las llaves entre los dedos —dijo Nash—. Desde la parada hasta el portal. Sin que se le note. Eso no se aprende solo, detective. Alguien se lo enseñó bien.

Levantó una mano enguantada, muy despacio, con las palmas visibles, como quien enseña que no lleva nada.

—Supongo que usted —añadió.

Doyle se quedó sentado.

Fue lo más difícil que hizo aquel año.

—¿Qué quiere?

—Devolverle una cosa.

Nash metió la mano en el bolsillo interior del abrigo y sacó un objeto pequeño envuelto en un paño de gamuza gris. Lo dejó en el banco, en el espacio de medio metro que había entre los dos, y retiró la mano.

Doyle no lo cogió.

—Ábralo.

—No.

—Como quiera.

Se quedaron los dos mirando el bulto.

—Es un reloj —dijo Nash—. Un Bulova de acero, de caballero, con la correa cambiada. En la tapa trasera hay una inscripción que dice «J.D., 2002» y una fecha que no coincide con ninguna promoción, así que supongo que fue un regalo de su mujer.

Doyle no respiró.

—Lo perdió usted la noche del once de noviembre de hace catorce años —dijo Nash—, en la sala de espera de la tercera planta del edificio de Wexler, entre las once y media y las dos de la madrugada.

La noche de Erin Fallon.

—Estaba debajo de una silla —dijo Nash—. Lo recogió un auxiliar de limpieza y lo dejó en objetos perdidos, y en objetos perdidos estuvo noventa días, y a los noventa días pasó a depósito general, y a depósito general lo llevé yo. —Se encogió de hombros mínimamente—. Y ahí ha estado.

—¿Por qué ahora?

—Porque es suyo.

—Señor Nash.

—Llevo cuarenta y nueve años devolviendo cosas, detective. —Nash se ajustó un guante—. Es lo que hace un archivo. La gente cree que un archivo es donde se guardan las cosas. No. Un archivo es donde se decide cuáles vuelven.

Doyle miró el paño de gamuza.

—Hábleme de la entrada treinta y dos —dijo.

Y por primera vez, Emmett Nash giró la cabeza y lo miró de frente.

Tenía los ojos claros y absolutamente tranquilos.

—Ah —dijo—. Entonces alguien le ha hecho llegar el calco rosa.

—¿Lo tiene usted?

—Tuve el sobre once años.

—¿Y ahora?

—Ahora está en un sitio seco.

Doyle apoyó los antebrazos en las rodillas.

—Deme una razón para no romperle la cara aquí mismo.

—Le voy a dar tres, y las tres son buenas. —Nash levantó un dedo enguantado—. Una: hay una cámara municipal en la esquina de Corliss con la Once desde marzo. Dos: usted está a mitad de un expediente disciplinario y una agresión a un jubilado de setenta y tres años lo cerraría esta misma noche.

—¿Y la tercera?

—La tercera es que no le apetece —dijo Nash—.

Le apetece que le cuente cosas. Lleva catorce años queriendo que alguien se siente enfrente y se lo cuente, y ahora está sentado alguien enfrente.

Y eso, detective, es infinitamente más fuerte que la rabia.

Lo sé porque llevo toda la vida trabajando con ello.

Doyle no contestó.

Porque era verdad.

Nash miró el estanque otra vez.

—El sobre nunca fue interceptado —dijo.

—¿Qué?

—El sobre que Erin Fallon dejó en el mostrador el jueves.

—Su voz no cambió ni medio tono—. Nadie lo robó.

Nadie lo escondió. Subió con el correo interno a las nueve y cuarenta de la mañana del viernes y estuvo en su mesa, detective, en la bandeja de la izquierda, debajo de un citatorio y de dos partes de un robo de vehículo.

—Eso es mentira.

—Estuvo dos días.

—Es mentira.

—El lunes por la tarde su bandeja se vació —dijo Nash— porque usted se marchó cuatro días a Ohio a un curso de reconstrucción de accidentes y una administrativa hizo lo que hacen las administrativas: metió todo lo que llevaba más de setenta y dos horas en una caja y lo bajó al archivo. Y en el archivo estaba yo.

Doyle se levantó del banco.

Le temblaban las dos manos.

—Usted no sabe nada de eso.

—Detective.

—¡Usted no estaba en mi mesa!

Dos mujeres con carritos, a treinta metros, giraron la cabeza.

Nash no se movió.

—No estoy diciendo que usted la matara —dijo en voz muy baja—. No lo insinúo siquiera. Le estoy diciendo un dato administrativo: que tuvo dos días.

—Está mintiendo.

—Es posible. —Nash se puso de pie, despacio, apoyándose en el paraguas—. Es completamente posible, y usted no tiene forma de saberlo, y ese es el sitio exacto en el que va a vivir a partir de esta tarde. Lo siento, aunque no me crea.

Se abrochó el botón de arriba del abrigo.

—Quédese el reloj —dijo—. Y una cosa más, ya que estamos.

—Qué.

—La chica de River South no tiene tutor legal.

Doyle se quedó helado.

—Nadie ha inscrito nunca una guarda —siguió Nash con el mismo tono con el que había hablado del reloj—.

La señora Renner no tiene ningún título.

Ni acogimiento, ni tutela, ni delegación.

Nada. Y eso significa, detective, que sobre esa menor no hay hoy ninguna persona en el mundo con capacidad procesal para oponerse a nada.

—¿Me está amenazando?

—Le estoy informando. —Nash empezó a andar—. Se lo digo porque usted es un hombre de calle y estas cosas no se le ocurren, y porque cuando ocurran va a pensar que fue un accidente. No lo será. Estará todo firmado.

Se paró a cinco pasos.

—El de la derecha —dijo.

—¿Cómo?

—El camino del parque. Dígale que use el de la derecha. —Se subió el cuello del abrigo—. Buenas tardes.

Doyle vomitó a dos calles, junto a un contenedor azul de reciclaje, con una mano apoyada en la pared de ladrillo de un taller de chapa.

Después se enjuagó la boca con agua de una botella que llevaba tres días en el coche, se sentó al volante y se quedó mirando el paño de gamuza gris que había recogido del banco sin acordarse de haberlo recogido.

Lo abrió.

Un Bulova de acero, parado a las once y cuarenta y seis.

En la tapa, grabado con una letra pequeña y ya gastada: J.D. — 2002.

Doyle se lo quedó mirando durante mucho tiempo.

Después cogió el móvil.

—Nora.

—¿Qué pasa?

—Ivy no puede dormir esta noche en casa de Bobbie Renner.

—Jack…

—Ni mañana, ni el jueves, ni ningún día. —Arrancó el coche—. Y necesito un abogado de familia antes de las nueve de la mañana. Uno que no cobre por adelantado, porque no tengo con qué.