Vince
Doyle bajó por la escalera de servicio, como siempre.
—No puedes estar aquí —dijo Elise Mercer sin levantar la vista del microscopio.
—Hola a ti también.
—Lo digo literalmente. No es una expresión. Estás suspendido y esto es una zona restringida y hay una cámara en el pasillo que graba desde el jueves porque a alguien de administración le dio un ataque de modernidad.
—Vengo como consultor externo de un medio de comunicación.
Elise levantó la cabeza.
—¿Cómo qué?
—Consultor externo de investigación de Granton Now .
Elise se quitó las gafas de protección.
—Jack.
—No empieces.
—¿Nora te ha dado un contrato?
—De tres páginas.
—Dios mío. —Se pasó una mano por la cara—. ¿Y llevas tarjeta?
—Llevo una tarjeta.
—Enséñamela.
—No.
—Enséñamela ahora mismo.
Doyle sacó del bolsillo interior una tarjeta de cartulina barata donde ponía su nombre, el logotipo del periódico y la palabra colaborador .
Elise la miró tres segundos largos.
—Es lo más triste que he visto en este edificio —dijo—. Y trabajo en un depósito.
Se sentaron en el cuartito de los informes, con la puerta cerrada y dos cafés de veinticinco centavos que sabían a metal caliente.
—No te puedo dar el informe —dijo Elise.
—No te lo he pedido.
—Me lo ibas a pedir.
—Te lo iba a pedir de una manera muy elegante que ahora ya no vas a conocer.
Elise sopló el café.
Y luego, sin mirarlo, empezó a hablar como si estuviera repasando en voz alta para sí misma, que era una costumbre suya de hacía diez años y que las dos veces que había hecho falta en una sala de juicio había defendido con una cara de póquer admirable.
—Lo que más me molesta de este caso —dijo— es la histamina.
Doyle se quedó quieto.
—Sigue.
—Difenhidramina. Es un antihistamínico de los de toda la vida, se vende sin receta, está en la mitad de los somníferos de supermercado.
Una dosis normal son veinticinco o cincuenta miligramos.
—Bebió—. En un varón de setenta kilos, el nivel que tengo yo aquí es compatible con seis u ocho comprimidos.
—¿Y eso qué hace?
—Te deja fuera de combate en cuarenta minutos. No te mata. Te apaga.
—¿Y no puede habérselos tomado él?
—Puede. La gente se toma cosas. —Elise dejó el vaso—. Pero un hombre que va a inyectarse un opiáceo no se toma primero ocho pastillas para dormir, porque el punto de inyectarse un opiáceo es no dormirse.
—¿Marcas antiguas?
—Ninguna. Ni una. Ni en brazos, ni en ingles, ni entre los dedos, ni en los pies. —Elise levantó la vista por fin—. Ese chico tenía un solo pinchazo en el cuerpo y era el que lo mató.
Doyle miró el suelo de linóleo.
—Alguien se aseguró de que no se moviera —dijo Elise— antes de asegurarse de que no se despertara.
—¿Lo has puesto en el informe?
—Lo he puesto todo en el informe. Palabra por palabra, con los números.
—¿Y la conclusión?
—Pendiente de determinación. —Elise apretó el vaso de plástico hasta que crujió—. Y ahí se va a quedar tres meses, Jack, porque nadie va a firmar homicidio sobre un chico con deudas y una jeringuilla al lado en una semana en que hay elecciones.
Doyle asintió despacio.
Después metió la mano en la carpeta que había traído, sacó una fotocopia y la puso sobre la mesa, girada hacia ella.
Era el contrato de arrendamiento de la nave 4 del polígono de Alder Street.
Arrendador: MERCER LOGISTICS & PROPERTIES, INC.
Elise no lo tocó.
Se quedó mirándolo con las dos manos alrededor del vaso, muy quieta, durante mucho tiempo.
—Ya —dijo.
Doyle esperó.
—¿Sabes lo que más me fastidia? —dijo ella—. Que llevo diez semanas ensayando esta conversación y en todas las versiones era yo la que la empezaba.
—Elise.
—Lo sé desde agosto. —Levantó la cara—. Desde el registro de Railport Yard. Vi el nombre en la orden y me quedé mirándolo como una idiota en mitad de un almacén con dos técnicos esperándome, y luego seguí trabajando, y cuando llegué a casa vomité.
—¿Se lo has dicho a alguien?
—A nadie.
—¿Por qué?
—¿Que por qué? —Se le llenaron los ojos y se cabreó consigo misma por eso—.
Porque es mi hermano, Jack. Porque tiene cincuenta y cuatro años, y una empresa que montó mi padre en el setenta y uno, y ciento cuarenta empleados, y una hija en la universidad.
Y porque me pasé dos semanas mirándolo todo por mi cuenta, contratos, arrendatarios, registros, y ¿sabes qué encontré?
—Nada.
—Nada. —Golpeó la mesa con dos dedos—. Naves.
Alquiladas. A empresas que existen. Con recibos.
Exactamente lo que hace una inmobiliaria industrial.
En este polígono hay dieciocho naves y en dos de ellas ha pasado algo horrible, y en las otras dieciséis hay un tipo que arregla motores fueraborda y una empresa que importa azulejos.
—Elise.
—No, escúchame. —Se secó la cara con el dorso de la muñeca, deprisa, enfadada—.
Yo sé perfectamente lo que pasa si lo digo.
Lo he visto cincuenta veces desde este lado.
Digo «mi hermano alquiló esa nave», y a las tres semanas hay un titular que dice «la familia del forense del condado», y Vince está acabado aunque no haya hecho nada, y yo también, y entonces el único sitio de esta ciudad donde alguien firma la verdad sobre un cadáver se queda sin nadie.
Doyle no dijo nada durante un rato.
Fuera, en el pasillo, pasó una camilla vacía con una rueda que chirriaba.
—¿Tú crees que ha hecho algo? —preguntó.
Elise se quedó mirando el vaso.
—Creo que mi hermano lleva treinta años alquilando naves y no preguntando —dijo—. Creo que eso en esta ciudad se llama tener buen ojo para el negocio. Y creo que si le pusiera delante lo que sé, me diría que él no es la policía, y que tendría razón, y que eso no lo salvaría.
Se levantó.
Fue hasta la puerta, la abrió un poco, miró el pasillo vacío y volvió a cerrarla.
—Voy a recusarme —dijo.
Doyle levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué?
—Esta tarde. Voy a subir al despacho de Barrow y le voy a decir que tengo un conflicto de interés familiar con un inmueble que aparece en dos investigaciones abiertas, y le voy a pedir que reasigne todo lo que toque los casos Keene y Brandt.
—Elise, no.
—¿Perdona?
—Que no lo hagas. —Doyle se puso de pie—. Eres la única persona de este edificio que me dice la verdad. Si te apartas del caso Brandt, ese informe lo firma Whitlock, y Whitlock firma lo que le pongan delante desde 2015.
Elise lo miró.
Y sonrió de una manera espantosa.
—Ya lo sé —dijo.
—¿Entonces?
—Entonces por eso lo voy a hacer. —Se cruzó de brazos—.
Jack, llevas dos años diciéndole a todo el mundo que el problema de esta ciudad es que nadie mira lo suyo de cerca.
Que Hale mira para otro lado, que Pryce mira para otro lado, que la fiscalía mira para otro lado.
Y ahora resulta que el apellido está en el papel y me estás pidiendo tú, tú, que lo tape una temporada porque te viene bien.
Doyle abrió la boca.
Y no le salió absolutamente nada.
—No pongas esa cara —dijo Elise—. Te lo estoy diciendo con cariño. Es lo más cariñoso que voy a decirte en años.
Se acercó y le puso una mano en el brazo.
—Y ahora te voy a pedir una cosa.
—Lo que sea.
—Veinticuatro horas. —Le apretó el brazo—.
No vayas a ver a mi hermano hasta mañana a esta hora.
Déjame hablar con él yo primero. No para avisarle, para mirarlo a la cara mientras se lo pregunto, porque necesito ver qué hace con las manos y no quiero que la primera vez que se lo pregunten sea un desconocido.
Doyle se quedó callado.
Tenía la lista en la cabeza y sabía perfectamente lo que valían veinticuatro horas. Sabía que en veinticuatro horas desaparecen los discos duros. Sabía que en veinticuatro horas la gente llama a un abogado. Sabía que Erin Fallon había esperado cuatro días a que él preguntara por un sobre.
—Sí —dijo.
Elise soltó el aire.
—Gracias.
—No me las des. Lo voy a lamentar.
—Probablemente.
Llegó a casa a las once y cuarto.
Su apartamento estaba en la cuarta planta de un bloque de Callan Street sin ascensor, con dos habitaciones de las cuales una llevaba tres años usándose como sitio donde dejar la ropa que no cabía en la otra.
Abrió con la llave.
Se quitó el abrigo.
Y tardó unos cuarenta segundos en darse cuenta de que algo iba mal, porque lo que iba mal no era nada.
La puerta estaba cerrada. La cadena, descolgada, como él la dejaba. El televisor, apagado. El correo, en el suelo, debajo de la ranura. La ventana del salón, bajada. En la cocina, los tres platos del desayuno seguían en el fregadero, exactamente igual que por la mañana.
Y el felpudo estaba recto.
Doyle llevaba nueve años viviendo allí y el felpudo llevaba nueve años torcido, porque la puerta rozaba al abrirse y lo empujaba dos centímetros hacia la izquierda, todos los días, sin excepción.
Estaba recto.
Se quedó de pie en mitad de su propio salón durante un rato largo, escuchando el edificio: el frigorífico, un televisor abajo, un coche en la calle.
Después fue a la cocina y se agachó delante del mueble del fregadero.
Abrió.
Detrás de la garrafa de lejía, de la fregona vieja y de una bolsa de bolsas, la caja de zapatillas de deporte de Maggie seguía donde la había puesto once semanas antes.
La sacó y la abrió allí mismo, en el suelo de la cocina.
La carpeta azul estaba.
La memoria USB estaba.
La fotografía de Erin Fallon y de una chica de dieciséis años embarazada estaba.
Y la cinta de vídeo, con las tres iniciales escritas a mano en la etiqueta, estaba.
Doyle soltó el aire.
Y entonces vio, debajo de la cinta, un papel que no era suyo.
Lo sacó con dos dedos.
Era una hoja fina, rosa, de las de calco, con la tinta corrida por el reverso y las esquinas blandas de haber estado quince años apretada en un archivador.
Un impreso de inventario de custodia de pruebas del Departamento de Policía de Granton, modelo de los antiguos.
FALLON / E. — Material complementario.
Doyle se sentó en el suelo con la espalda contra el armario y se puso las gafas con la mano izquierda temblándole tanto que tuvo que sujetarse la muñeca con la derecha.
Treinta y dos entradas.
No treinta y una.
Bajó por la lista con el dedo hasta la dieciocho.
1 cinta de vídeo VHS, sin identificar.
Sin tachar.
Siguió bajando.
Y en la última línea, escrita a mano por un funcionario cualquiera catorce años antes, con una letra apretada y unas prisas evidentes, estaba la entrada treinta y dos.
1 sobre cerrado, manuscrito. Dirigido a: Det. J. Doyle.