Una noche mal elegida
El despacho de Ruth Okonjo estaba en la cuarta planta de un edificio de Bishop sin torre de cristal, encima de una academia de inglés, y tenía dos sillas para clientes de las cuales una estaba coja.
—Se lo voy a explicar una vez y va a ser desagradable —dijo.
Tenía cuarenta y cuatro años, dieciséis de ellos en derecho de familia del condado, y una carpeta con el nombre de Ivy Renner escrito a mano en el lomo porque llevaba dos días con ella.
—Adelante —dijo Doyle.
—La situación jurídica de esa menor no es complicada. Es peor: está vacía. —Okonjo abrió la carpeta—. No hay una resolución de guarda. No hay un acogimiento formalizado. No hay una delegación notarial. No hay ni siquiera una inscripción de nacimiento sobre la que colgar nada.
—Lleva quince años en esa casa.
—Lleva quince años durmiendo en esa casa. No es lo mismo y el condado no lo trata igual. —Okonjo se quitó las gafas—. Señora Renner no es su tutora. No es su acogedora. Legalmente, señor Doyle, la señora Renner es una vecina.
Nora dejó de escribir.
—Entonces, ¿qué es Ivy?
—Un menor en situación de desamparo de hecho no declarado. —Okonjo lo dijo despacio, como quien deja caer algo pesado—. Y eso significa dos cosas. La primera: cualquier entidad acreditada del condado puede presentar mañana una solicitud de custodia temporal de emergencia.
—¿Cualquiera?
—Cualquiera que esté en el registro. Hay veintiséis en Granton. —Okonjo pasó una página—. La segunda es la que no les va a gustar. Si eso ocurre, la señora Renner no puede oponerse.
—¿Cómo que no puede?
—No es que no le hagan caso. Es que no tiene legitimación procesal.
—Okonjo juntó las manos—. Puede llorar en la puerta, puede llamar a un abogado, puede escribirle al juez.
Nada de eso es un recurso, porque para recurrir hay que ser parte, y para ser parte hay que tener un título que ella no tiene.
Doyle se quedó mirando la mesa.
—Nash lo sabía —dijo.
—¿Perdón?
—Nada.
Okonjo cerró la carpeta.
—Solo hay una jugada —dijo—. Y hay que hacerla antes que ellos.
—Diga.
—Presentamos nosotros. Una solicitud de custodia temporal por parentesco ficticio: es la figura que se usa cuando un menor tiene un vínculo estable y acreditable con un adulto que no es familia de sangre. Es lenta, es fea, y funciona.
—¿Qué necesita?
—Un solicitante.
—Yo.
Ruth Okonjo lo miró un segundo y medio.
—No.
—Soy…
—Usted es un agente de policía suspendido de empleo y sueldo, con un expediente disciplinario abierto por allanamiento, sin ingresos acreditables este mes, que aparece en un vídeo de ciento cuarenta mil visualizaciones increpando a un candidato a la alcaldía.
—Okonjo no levantó la voz ni una vez—. Y hace nueve días una vecina de Fenwick con la Cuatro llamó al 911 porque había un hombre parado delante de una lavandería mirando dentro. Esa llamada consta.
Doyle no dijo nada.
Nora bajó la vista a la libreta.
—Necesito a alguien —dijo Okonjo— con domicilio estable, empleo, ninguna causa abierta, y un vínculo demostrable con la menor. Alguien que un juez pueda mirar durante ocho minutos y pensar «esto es normal».
—¿Yo? —dijo Nora.
—Usted es periodista y ha escrito sobre el caso. Es la segunda peor opción de esta ciudad.
Doyle se levantó y se acercó a la ventana.
Fuera, Bishop Street iba llenándose de gente saliendo de trabajar y de paraguas negros.
—Hay una persona —dijo.
—¿Quién?
—La madre de mi hija.
La cocina de Beth tenía una isla central que Doyle no había visto nunca, porque la habían puesto tres años después de que él dejara de entrar en aquella casa.
—Café no te voy a ofrecer —dijo ella—. Son las nueve.
—Está bien.
—¿Quieres agua?
—Beth.
—Es que si no ofrezco algo no sé estar de pie en mi propia cocina contigo, Jack, así que déjame ofrecerte agua.
Se quedaron los dos en silencio.
En el salón, al otro lado del pasillo, se oía un partido de baloncesto a volumen bajo y a Grant diciéndole algo a la televisión.
Beth tenía cuarenta y seis años, el pelo más corto que la última vez y una bata puesta encima de la ropa de trabajo. Llevaba once años sin Doyle y once años pareciendo, para desesperación de todo el mundo, considerablemente más feliz.
—Maggie me ha contado lo de la chica —dijo.
—¿Qué te ha contado?
—Todo. Y no me ha contado nada, que es la especialidad de tu hija. —Se apoyó en la isla—. Sé que se llama Ivy, que no tiene papeles, que ha dormido aquí cuatro noches desde marzo y que yo no me enteré de ninguna de las cuatro.
—Beth.
—Y sé que la semana pasada mi hija me pidió trescientos dólares para «una cosa del instituto». —Cruzó los brazos—. Así que no, no me sorprende que estés en mi cocina. Me sorprende que hayas tardado.
Doyle sacó el sobre del abrigo y lo dejó encima de la isla.
—Necesito que firmes esto.
—¿Qué es?
—Una solicitud de custodia temporal de emergencia. La presentaría una abogada que se llama Ruth Okonjo. Sale gratis. Yo no aparezco en ningún sitio del papel.
Beth no lo tocó.
—¿Y qué significa firmarlo?
—Significa que si alguien intenta llevársela, hay una persona con derecho a levantar la mano en una sala.
—¿Y si me la dan?
—Entonces vive aquí hasta que un juez decida otra cosa, y eso puede ser un año.
Beth miró el sobre.
Después miró el pasillo, hacia el ruido del partido.
—Grant no va a decir que no —dijo—. Ese es el problema de Grant. Nunca dice que no y luego pasa ocho meses sin dormir bien.
—Beth…
—Cállate un momento, que estoy pensando.
Doyle se calló.
Beth Doyle —Beth Larkin desde hacía nueve años, aunque él seguía sin poder decirlo en voz alta— se quedó apoyada en la isla de su cocina durante casi un minuto entero.
—¿Es peligroso? —preguntó.
—Sí.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no tardar en contestar. —Cogió el sobre—. Voy a firmarlo.
Doyle soltó el aire.
—Y ahora te voy a decir una cosa —dijo Beth— y no la voy a repetir nunca, así que escúchala bien a la primera, que nunca se te dio bien.
—Vale.
—Cuando nos separamos, todo el mundo me preguntaba qué había pasado. —Dejó el sobre en la encimera—. Y yo decía que trabajabas mucho, porque es lo que se dice. Pero no era eso.
—Beth.
—Era que llegabas a casa y no estabas. —Lo miró—. Once años, Jack. Once años de un hombre sentado en mi sofá pensando en una mujer muerta a la que no conocí y a la que no podía competir, porque contra los vivos se compite y contra los muertos no.
Doyle no dijo nada.
—Y hoy vienes aquí, once años después, y me pides que meta en mi casa a una cría de quince años porque tiene que ver con lo mismo. —Beth se secó la mano en la bata sin que le hiciera falta—. Y voy a decir que sí. Y sabes por qué.
—No.
—Porque tú tenías razón. —Le tembló la voz una vez y la sujetó—. Eso es lo peor de haber estado casada contigo. Que en la única cosa que nos rompió, tenías razón.
Vivian Cole leyó las once páginas en cuarenta minutos, en su despacho, con la puerta abierta y la redacción vacía.
Después las dejó boca abajo.
—No.
—Vivian.
—No, y te voy a explicar por qué, y quiero que me escuches como periodista y no como la persona que ha hecho esto.
Nora se quedó de pie.
—El árbol es bueno —dijo Vivian—. Es buenísimo. Es lo mejor que has hecho y no te lo voy a decir dos veces. Pero todo cuelga de una muestra biológica.
—Sí.
—De una menor.
—Sí.
—Sin consentimiento de ningún representante legal, porque no lo tiene.
—Sí.
—Enviada bajo tu nombre. —Vivian dio la vuelta a la primera página—. Aquí pone N. Blake, Nora. En un formulario. Con una casilla marcada que dice que la muestra es tuya.
—No había otra manera.
—Ya lo sé. —Vivian se quitó las gafas—. Ese es el asunto. Que no había otra manera y por eso lo hiciste, y por eso mañana, cuando esto salga, no vas a poder decir ni una sola frase en tu defensa que no suene exactamente a lo que es.
—Vivian, esa cría lleva quince años…
—Nora. —Vivian dio dos golpecitos en la mesa—. Ponte al otro lado. Eres Corinne Ashby. Tienes diecinueve niñas durmiendo en tu edificio y una periodista te ha puesto en el punto de mira. ¿Qué haces?
Nora no contestó.
—Convocas a la prensa —dijo Vivian—. Y no mientes.
No hace falta. Dices: una menor sin representación legal ha sido sometida a una prueba genética por una periodista que la ha inscrito con su propio nombre, en colaboración con un agente de policía suspendido al que una vecina denunció por seguirla por la calle.
—Se echó hacia atrás—. Y no hay un solo dato falso en esa frase. Ni uno.
Nora se sentó en la silla.
—Y a los tres días —siguió Vivian, más bajo— la sacan de esa casa por su propio bien, y el juez que firme lo va a firmar con la conciencia tranquilísima, y va a tener razón.
Silencio.
El microondas comunitario zumbaba al fondo. Alguien se lo había vuelto a dejar puesto.
—Entonces no publico nada —dijo Nora.
—Entonces no publicas nada hasta que exista una vía limpia. —Vivian empujó las once páginas hacia ella—. Guárdalo. Guárdalo todo, ordenado, fechado, con las fuentes. Y consíguelo otra vez por un camino que aguante.
—No hay tiempo.
—Nunca lo hay.
Nora cogió las páginas.
En la puerta se paró.
—¿Alguna vez has matado una historia que era verdad? —preguntó.
Vivian Cole tardó en contestar.
—Tres —dijo—. Y me acuerdo de las tres.
Llovía otra vez.
Doyle abrió la puerta a las once y veinte y ella estaba en el rellano, con el pelo pegado a la frente y una carpeta de plástico apretada contra el pecho.
—La ha matado —dijo Nora.
—Pasa.
—No la ha matado por cobardía. La ha matado porque tenía razón.
—Nora, pasa.
Entró.
El apartamento de Callan Street olía a cerrado. Había dos platos en el fregadero y una silla con ropa encima y una cerradura nueva que cerraba mal.
Nora dejó la carpeta en la mesa. Se quedó de pie en mitad del salón, chorreando, mirando la pared.
—Ciento cuarenta mil visualizaciones —dijo.
—Trescientas ya.
—Trescientas.
—Sí.
—Y tres puntos.
—Tres puntos.
Nora se rio.
Fue una risa horrible, corta, de las que se rompen a la mitad, y a la mitad se rompió.
Doyle se acercó.
Y ahí estaba el sitio exacto donde llevaban dos años parándose: a un metro, con algo por decir, en una habitación mal iluminada, buscando los dos a la vez la frase que permitiera dar media vuelta.
Nora no dio media vuelta.
—Estoy muy cansada, Jack —dijo.
—Ya.
—No es una excusa.
—No he dicho que lo fuera.
—Lo digo porque mañana voy a querer que sea una excusa —dijo ella—, y quiero acordarme de que ahora mismo, aquí, sé perfectamente que no lo es.
Se quitó el abrigo mojado y lo dejó caer en el respaldo de una silla.
Fuera seguía lloviendo sobre Granton, sobre Callan Street, sobre un coche patrulla parado en un semáforo tres manzanas más abajo y sobre una casa de Kelvin Street donde una mujer de sesenta y un años estaba viendo la televisión con una gata en las rodillas.
Doyle apagó la luz del salón.
Y por una vez en dos años, ninguno de los dos dijo nada inteligente.
A las siete y diez de la mañana sonó el móvil en la mesilla.
Nora se despertó primero.
Estuvo unos cuatro segundos sin saber dónde estaba y después lo supo, y después se quedó muy quieta mirando el techo de un apartamento que no era el suyo, y sintió, en este orden: alivio, ternura, y un miedo enorme y perfectamente formado.
Miró el teléfono.
VIVIAN COLE — 3 llamadas perdidas.
Se sentó en el borde de la cama y se vistió deprisa, sin encender la luz, mientras Doyle se incorporaba detrás.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Nora.
—Nada. —Se abrochó la camisa mal y volvió a empezar—. Es Vivian. Habrá pasado algo con el cierre.
Doyle se pasó las manos por la cara.
—Oye.
—No.
—No he dicho nada.
—Ya lo sé, y por eso he dicho que no. —Nora se paró con un zapato en la mano y lo miró por fin—. Jack, si me dices ahora mismo una cosa bonita, me voy a poner a llorar y voy a llegar tarde, y hoy no puedo hacer ninguna de las dos.
Doyle asintió.
—Vale.
—Gracias.
—¿Y si te la digo el jueves?
Nora se quedó parada.
—El jueves puede ser —dijo.
Vivian estaba en el rellano.
Nora abrió la puerta del edificio a las siete y treinta y cinco y se la encontró en la acera, bajo el toldo de la panadería de al lado, con un vaso de café en la mano y el abrigo abrochado hasta arriba.
Se quedaron mirándose.
Nora tenía el pelo mojado de la calle y la camisa de ayer y una carpeta de plástico bajo el brazo, y no había en el mundo ninguna versión de aquello que se pudiera contar de otra manera.
—Vivian.
—No te he llamado por el cierre.
—Ya.
—Te he llamado tres veces porque a las seis y cuarenta ha entrado un correo del gabinete de Kessler pidiendo un derecho de rectificación —dijo Vivian—, y necesitaba saber dónde estabas para saber qué contestar.
Nora no dijo nada.
Vivian Cole miró el portal. Después la miró a ella. Después el vaso de café que llevaba en la mano y que ya no pensaba beberse.
—Dime que no —dijo.