La chica que nunca existió (Doyle 3) Treinta días
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Treinta días

Doyle llegó con corbata.

Se la había puesto en el coche, delante del espejo, con dos intentos, y durante uno de ellos se le había pasado por la cabeza que era la primera corbata que se ponía desde el funeral de un compañero en marzo, y que probablemente eso decía algo, y que no tenía ninguna intención de averiguar qué.

Duró cuarenta minutos.

De las cuatro imputaciones disciplinarias, sostenían dos.

Cargo primero: entrada sin autorización judicial en tres propiedades privadas durante la investigación Keene. Sostenido.

Cargo segundo: manipulación de un dispositivo de control de acceso y ruptura de la cadena de custodia sobre una tarjeta magnética. Sostenido.

Cargo tercero: presencia autorizada de una civil no acreditada, con acceso a información reservada, en cuatro escenarios operativos. No sostenido por insuficiencia de prueba documental.

Cargo cuarto: declaraciones a medios sin autorización. Retirado.

La mujer que leía era del gabinete jurídico y leía bien, sin subrayar nada, con esa neutralidad de quien está deseando que llegue el mediodía.

—Treinta días de suspensión de empleo y sueldo, con efecto inmediato —terminó—. Traslado del expediente a la Junta de Revisión de Idoneidad, que se reunirá antes del quince de diciembre para valorar su continuidad en la unidad de Homicidios. ¿Desea usted añadir algo, detective?

Doyle se lo pensó.

—¿Puedo hacer una pregunta administrativa?

—Puede.

—El cargo tercero. El de la civil. ¿Por qué no lo sostienen?

La mujer levantó la vista por primera vez.

—Porque no hay ningún informe operativo que sitúe a esa persona en ningún lugar.

—Ya.

—¿Eso le sorprende?

—Me sorprende quién lo escribió —dijo Doyle—. Todos esos informes los redactó el teniente Hale.

La sala se quedó en silencio.

La mujer bajó otra vez la vista al papel.

—El acta recoge su comentario —dijo—. ¿Algo más?

—No.

—Entonces esto queda concluido.

En el mostrador de armamento había un agente de veintitantos con una carpeta de plástico y un sello, y era, contra todo pronóstico, la persona más amable que Doyle había tratado en once semanas.

—Buenos días, detective. ¿Entrega temporal?

—Eso parece.

—Es el impreso F-114. Son tres copias. Blanca para nosotros, amarilla para personal, rosa para usted.

—Rosa.

—Rosa, sí.

Doyle se rio con la garganta.

—¿He dicho algo? —preguntó el chico.

—No. Es un asunto mío con el papel rosa. No se preocupe.

Puso la pistola reglamentaria sobre el mostrador, con el cargador fuera y la corredera atrás, y luego el arma corta de reserva, y luego la placa.

La placa fue lo raro.

Pesaba noventa gramos y llevaba veinticuatro años en el mismo bolsillo, y Doyle descubrió, en el momento exacto de soltarla sobre la formica, que había supuesto siempre que ese momento le llegaría de una de dos maneras: una jubilación con tarta o un funeral con gaitas.

No se le había ocurrido nunca la tercera.

Un viernes a las once menos veinte, con un chico simpático rellenando un impreso.

—Firme aquí, aquí y en el reverso —dijo el agente—. Y una cosa, detective.

—Dígame.

—Yo tenía a Mara Keene en mi sector. La zona del puerto. Estuve en la puerta del hospital dos noches.

Doyle firmó sin levantar la cabeza.

—Solo quería decírselo —dijo el chico.

—Ya.

—Nada más.

—Gracias.

Doyle cogió la copia rosa, la dobló en cuatro y se la metió en el bolsillo del abrigo, junto al sobre blanco.

Hale lo estaba esperando en la escalera de la fachada, bajo el saliente de hormigón, con las manos en los bolsillos y sin abrigo, lo cual quería decir que había bajado deprisa.

—Jack.

Doyle bajó tres escalones y se paró a su altura.

—El cargo tercero —dijo Hale.

—No lo hagas.

—Escúchame.

—No, Marcus. —Doyle levantó una mano—. Si me lo explicas, te lo tengo que agradecer.

Y si te lo agradezco, entonces resulta que me has hecho un favor.

Y si me has hecho un favor, entonces lo de Nora era una cosa que se podía tapar o no tapar según a ti te conviniera, y prefiero seguir creyendo que era simplemente falso.

Hale lo miró.

—Era simplemente falso —dijo.

—Estupendo.

—Jack.

—¿Qué?

—Treinta días son treinta días. No son el final.

Doyle se subió el cuello del abrigo.

—Marcus, ¿tú te acuerdas de Gavin Pike?

Hale tardó un segundo.

—De Robos.

—De Robos. Veintitrés años de servicio. Le cayeron veinte días en el noventa y ocho por una tontería con un coche incautado.

—Doyle bajó otro escalón—. Después de la Junta de Idoneidad le dieron un puesto en el depósito de vehículos.

Estuvo nueve años sentado en una garita con un microondas y se murió a los cuatro meses de jubilarse.

—Eso no va a pasarte.

—Claro que sí. Lo único que estamos discutiendo es cuánto tarda.

Se dio la vuelta.

—¿Adónde vas? —dijo Hale.

Doyle se paró en el último escalón.

Y esa fue la parte que después, durante semanas, no le contó a nadie: que se quedó parado en la acera de un edificio en el que llevaba entrando veinticuatro años, con las llaves en la mano, y que tardó casi un minuto entero en darse cuenta de que no tenía ni la más remota idea de adónde iba.

No había caso.

No había mesa.

No había una sola persona en el mundo que a las once de la mañana de un viernes estuviera esperando que él apareciera por una puerta.

—A comer —dijo.

Y se fue.

El West Harbor Diner seguía exactamente igual.

Luz blanca ingrata, vinilo rojo cuarteado en los asientos, un ventilador de techo con una aspa que raspaba y la misma camarera que llevaba allí desde antes del primer divorcio de Doyle y que ya no preguntaba a nadie qué tal estaba.

Doyle se sentó en el reservado del fondo a las once y cuarto de la mañana y pidió huevos.

A las doce menos veinte seguían sin comerse.

—Están fríos.

Levantó la vista.

Nora Blake se sentó enfrente sin pedir permiso, dejó el bolso en el asiento y se quitó el abrigo con dos movimientos.

—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó él.

—Dos personas. Una de dentro, que no te voy a decir, y Elise Mercer, que sí porque le da igual.

—Elise no debería.

—Elise dice que estás perdiendo peso y que le tienes que pedir cita a un médico de verdad, no a los del cuerpo.

—Elise habla demasiado.

—Elise es la única persona de esta ciudad que te dice las cosas a la cara. —Nora cogió el tenedor de él y probó un trozo de huevo—. Están fríos y además son malos.

—Es un logro difícil.

—Aquí lo consiguen todos los días.

Se quedaron callados un momento.

Al otro lado del cristal pasó un camión de reparto y el suelo tembló un poco, como temblaba desde 1970.

—Treinta días —dijo Doyle.

—Lo sé.

—Sin sueldo.

—Eso no lo sabía.

—Ahí está la parte divertida. Todo el mundo se queda con lo de la placa, que es lo dramático, y nadie se acuerda de que además dejan de pagarte. —Doyle empujó el plato dos centímetros—. Tengo el alquiler el día uno y le debo a mi ex la mitad de un aparato dental.

Nora dejó el tenedor.

—Cuatrocientos a la semana —dijo.

—¿Perdón?

—Cuatrocientos dólares a la semana y los gastos justificados. Kilometraje a treinta y dos centavos, comidas hasta veinte, nada de alcohol porque Vivian revisa las facturas y me haría la vida imposible durante un año.

Doyle la miró.

—¿De qué estás hablando?

—De contratarte.

—Nora.

— Granton Now tiene una figura que se llama consultor externo de investigación.

La hemos usado dos veces: una con un contable jubilado y otra con una mujer que sabía de licencias de obra.

Es un contrato de tres páginas. No te da acceso a nada, no te acredita como nada y no te protege de nada.

—Habló muy deprisa, como quien ha ensayado en el coche—.

Pero es legal, se declara, y significa que si estás en un sitio donde no deberías estar, estás allí por encargo de un medio, y eso cambia bastante las cosas.

Doyle se echó hacia atrás en el vinilo rojo.

—¿Te estás oyendo?

—Perfectamente.

—Serías mi jefa.

—Sí.

—Nora.

—He dicho que sí. —Ella cruzó los brazos—.

Y antes de que empieces, sí, ya sé que es humillante.

Lo he pensado. Lo he pensado ocho horas seguidas, que es más de lo que tú le dedicas a nada.

Y he decidido que prefiero humillarte a que te pases treinta días bebiendo en este agujero mientras a esa cría no la busca nadie.

Doyle se quedó muy quieto.

—¿Qué cría? —dijo.

—Jack.

—¿Qué cría, Nora?

—La de la capucha roja. —Nora sostuvo su mirada sin pestañear—. Me llamaste el martes a las seis y cuarto de la tarde. Hablaste durante cuarenta segundos. Dijiste tres veces «no es Maggie» y después dijiste «se llama Ivy» y luego colgaste y no me has cogido el teléfono en tres días.

Doyle bajó la vista al plato.

—Ya.

—Sí. Ya.

Fuera empezó a llover otra vez.

—Hay algo que no me cuadra —dijo Doyle al cabo de un momento.

—Dime.

— Granton Now no tiene dinero. Vivian lleva dos años reciclando becarios y el año pasado quitó la máquina del agua. No hay una partida de cuatrocientos dólares a la semana para pagarme a mí.

Nora no contestó.

Cogió el vaso de agua y bebió.

—Nora.

—No sale del periódico.

—¿De dónde sale?

—De mí.

Doyle se enderezó.

—¿De ti de dónde?

Y entonces Nora Blake hizo una cosa que él no le había visto hacer nunca en dos años: apartó la mirada.

—En agosto me llamó The Continental —dijo—. Después de la pieza de Mara. Quieren una plaza fija en la mesa de investigación nacional, en Chicago. Empezaría en enero.

Doyle no dijo nada.

—Hay una prima de firma —siguió ella—. Se cobra a la aceptación. Es bastante dinero, para lo que yo estoy acostumbrada.

—¿La has aceptado?

—No.

—¿Y la prima?

Nora dejó el vaso en la mesa con mucho cuidado, como si el ruido importara.

—La acepté el catorce de septiembre —dijo—. Y luego no firmé el contrato. Llevo seis semanas con una transferencia en la cuenta y un correo sin contestar.

Silencio.

El ventilador raspó tres veces.

—Nora —dijo Doyle—. Eso es dinero de una vida a la que todavía no has dicho que sí.

—Lo sé.

—Y me lo quieres dar a mí.

—Te lo quiero dar a ti para que hagas lo único que sabes hacer, sí. —Se le tensó la voz—. Y no me mires con esa cara de padre, que ya tienes una hija y con esa te va regular.

Doyle soltó el aire.

Fue lo más parecido a una risa que se le había escapado en tres días.

—Eso ha sido cruel.

—Sí.

—Y muy preciso.

—Es mi trabajo.

Doyle miró el plato de huevos fríos. Después el reloj de la pared. Después la copia rosa del impreso F-114, que le asomaba por el bolsillo del abrigo doblada en cuatro.

Veinticuatro años.

Y ahora un contrato de tres páginas que no le acreditaba como nada.

—Cuatrocientos —dijo.

—Cuatrocientos.

—Cuatrocientos cincuenta.

—No.

—Estoy negociando.

—Y yo estoy diciendo que no. Bienvenido al periodismo.

Doyle alargó la mano por encima de la mesa.

Nora se la estrechó.

Y ninguno de los dos la soltó tan deprisa como habría hecho falta para que no significara nada.