La chica que no consta
Ivy Renner tenía una norma y la norma era sencilla: si un adulto te mira más de tres segundos, cuenta las salidas.
En la lavandería de Fenwick con la Cuatro había dos.
La puerta de la calle y la de atrás, la del patio de los contenedores, que estaba cerrada con una barra pero se abría desde dentro porque una vez, en junio, un hombre había entrado gritando y la señora del mostrador la había abierto de una patada.
Ivy dobló una toalla y contó.
El hombre del abrigo llevaba mirando cuarenta segundos.
No era la primera vez. En River South siempre había alguien mirando: hombres en coches, hombres en portales, hombres que preguntaban la hora sin necesitarla. Ivy tenía quince años y un método. Se aprendía la ropa, no la cara. La cara se le olvidaba. La ropa no.
Abrigo largo, marrón, arrugado. Zapatos malos. Sin paraguas con lluvia.
Un hombre sin paraguas con lluvia estaba haciendo algo que no había planeado.
Luego apareció Maggie.
Y todo el sistema de Ivy se cayó al suelo, porque Maggie Doyle llegó corriendo por la acera, agarró al hombre del abrigo por la manga y le habló como se le habla a alguien que te ha decepcionado, no a alguien que te da miedo, y a Ivy le costó ocho segundos completos entender lo que estaba viendo.
El hombre de la ventana era el padre.
Maggie hablaba de él una o dos veces por semana. Siempre igual: mi padre es un desastre , dicho con una mezcla rarísima de vergüenza y algo parecido al orgullo. Ivy nunca le había preguntado a qué se dedicaba porque en el instituto Bellamy nadie preguntaba a qué se dedicaba nadie.
Ahora ya lo sabía.
Un desastre con abrigo marrón, sin paraguas, mirando por el cristal de una lavandería.
Ivy podía irse por atrás.
Lo pensó. Tenía el peso en el pie derecho y la mochila a metro y medio y el patio daba a un callejón que salía a Delancey, y desde Delancey había cuatro maneras distintas de desaparecer.
En vez de eso, dejó la toalla encima del montón y se quedó quieta.
Porque llevaba dos años esperando a que alguien apareciera al otro lado de un cristal.
Y prefería saber, de una vez, cuál de todos había llegado.
Entraron los dos.
Maggie primero, deprisa, con la cara todavía roja.
—Ivy, este es mi padre.
—Ya.
—Ha hecho una cosa muy fea y la va a explicar ahora mismo.
El hombre se quedó de pie a tres metros, junto a la fila de lavadoras, sin acercarse más. Ivy se dio cuenta de que lo hacía a propósito. Los hombres que no calculan la distancia se plantan encima. Este había medido.
—Me llamo Jack Doyle —dijo—. Soy detective de Homicidios en la policía de Granton. Y todo lo que ha visto en los últimos veinte minutos es exactamente lo que parecía, así que no voy a insultarla explicándoselo de otra manera.
Ivy parpadeó.
Eso no era ninguna de las cosas que decían los adultos.
—Vale —dijo.
—No es vale —dijo Maggie.
—Es vale de he oído lo que ha dicho , no de vale de no pasa nada .
Doyle se metió las manos en los bolsillos.
—Correcto.
Ivy lo miró mejor.
De cerca era peor: la piel gris, la barba de tres días, el cuello de la camisa doblado hacia dentro por un lado. Olía a coche y a café. Pero tenía los ojos despiertos de una manera que a ella no le gustó nada, porque los ojos despiertos eran los que se acordaban de las cosas.
—¿Es por lo de mi tía? —dijo.
—No sé qué es lo de su tía.
—Ah.
—¿Debería?
—No. —Ivy cogió otra toalla y la dobló, porque las manos ocupadas mienten mejor—. Entonces qué.
Doyle sacó un sobre blanco del bolsillo interior del abrigo y sacó del sobre una fotografía. Se acercó dos pasos, la dejó encima de la lavadora que había entre ellos y volvió a apartarse.
Ivy no la cogió enseguida.
Luego sí.
Era ella.
Delancey, a la altura del paso elevado. La sudadera roja. La mochila en el hombro izquierdo. Los auriculares. Se veía el escaparate del sitio de móviles al fondo, con el cartel de la promoción de agosto todavía puesto.
—¿Quién ha hecho esto? —dijo.
—No lo sé.
—¿Cuándo?
—Tampoco. Alguien la metió por debajo de la puerta de mi casa hace once semanas, dentro de un sobre, con otro papel. En el dorso hay una inicial.
Ivy le dio la vuelta.
M.
Se quedó mirando la letra un rato largo.
—No es mi inicial —dijo.
—Lo sé.
—Me llamo Ivy.
—Lo sé. Me lo ha dicho mi hija hace veinte minutos y ha sido la peor conversación que he tenido en meses.
Ivy levantó la vista.
Y aquí venía la parte rara. La parte que después, mucho después, no sabría explicarle a nadie.
El hombre no estaba fingiendo estar tranquilo.
Estaba fingiendo estar tranquilo mal . Le temblaba la mano izquierda y se la había metido en el bolsillo sin disimulo, y tenía la mandíbula apretada de una manera que Ivy conocía perfectamente porque era la misma que ponía ella cuando en el instituto le preguntaban por sus padres.
Estaba asustado.
Un policía de cuarenta y tantos, en una lavandería, asustado por una foto suya.
Eso, por algún motivo que Ivy no supo desmontar, la asustó menos que si hubiera estado seguro.
—Vale —dijo, y esta vez sí significaba vale—. ¿Qué quiere saber?
Se sentaron en el banco de plástico naranja, los tres, con la mochila en medio y la secadora número seis girando en vacío porque nadie se había acordado de pararla.
Doyle no sacó libreta.
Ivy se dio cuenta y lo apuntó mentalmente en la columna de las cosas buenas, que estaba bastante vacía.
—¿Con quién vive?
—Con mi tía. Bobbie. Roberta Renner.
—¿Hermana de su madre o de su padre?
Ivy se rio sin ganas.
—Esa es buena.
—¿Por qué es buena?
—Porque llevo desde los trece preguntándolo. —Se encogió de hombros—. Dice que de mi madre. Cuando bebe dice que era amiga suya. Cuando bebe más dice que no le pregunte.
—¿Su madre?
—Se murió. Eso dice.
—¿Cuándo?
—Cuando yo era pequeña. No hay fecha. No hay tumba. No hay foto. —Lo dijo deprisa, en bloque, como quien ya ha recitado eso demasiadas veces para que le duela en directo—. Y antes de que lo pregunte: no, tampoco hay padre.
Doyle asintió despacio.
—¿Y papeles?
Ivy se quedó callada.
Maggie, a su lado, se removió en el banco.
—Díselo.
—No.
—Ivy.
—He dicho que no.
—Es lo único que importa —dijo Maggie, y se giró hacia su padre con el gesto de quien está a punto de traicionar a alguien por su bien y ya sabe que se lo va a cobrar—. No tiene. No tiene nada. Ni certificado de nacimiento, ni tarjeta de la seguridad social, ni historial médico. Nada.
—Maggie.
—En marzo pedimos las dos el programa de verano del estado.
El de ciencias, en la universidad, tres semanas.
—Maggie hablaba deprisa—. Yo entré. A ella la rechazaron.
No por las notas: tiene mejores notas que yo.
La rechazaron en el paso dos, el de documentación acreditativa.
Pusieron un código y una nota que decía solicitante no verificable .
Ivy miraba la secadora.
—No verificable —repitió Doyle.
—Sí.
—¿Y en el instituto?
—Está matriculada —dijo Maggie—. Hay una cosa que se llama exención por circunstancias familiares, o algo así, que firmó alguien hace años. Sirve para el colegio. No sirve para nada más.
Doyle no dijo nada durante unos segundos.
Ivy notó cómo la miraba, no la cara, sino las manos, la mochila, las zapatillas, todo, con esa atención antigua y tranquila de un hombre que lleva media vida mirando cosas que no encajan.
—Ivy —dijo—. ¿Usted ha ido alguna vez al médico?
—A urgencias. Dos veces.
—¿Con qué nombre?
—Con el mío.
—¿Y les pidieron algo?
Ivy se lo pensó.
—La segunda vez sí. Bobbie estuvo hablando fuera con una mujer y luego ya no me pidieron nada.
Doyle cerró los ojos un momento.
—¿Su tía trabaja?
—Ya no.
—¿De qué vive?
—De una paga.
—¿Qué paga?
—Dice que es de mi madre. Que es una cosa de un seguro. —Ivy tiró de un hilo suelto de la manga—. Llega el día doce. Todos los meses. Nunca ha llegado tarde, y le juro que en esta casa es lo único que nunca ha llegado tarde.
Doyle se quedó muy quieto.
—El día doce —repitió.
—Sí.
—¿En efectivo?
—En una tarjeta.
—¿De qué banco?
—No lo sé. No es un banco. Es de esas de plástico con un nombre raro. La recarga sola.
Ivy vio cómo el hombre asentía otra vez, dos veces, muy despacio, y cómo giraba un poco la cabeza hacia la puerta de la calle, hacia la lluvia, hacia nada.
Y por primera vez desde que había entrado, dijo algo con la voz distinta.
—Alguien lleva quince años pagando por que usted esté bien y sea invisible al mismo tiempo.
La secadora seis se paró sola.
El silencio que dejó fue enorme.
—Falta una cosa —dijo Maggie.
—No —dijo Ivy.
—Falta la cosa importante, Ivy.
—Que no.
—Papá, lo del test.
Ivy se levantó del banco.
—¡Que no!
Le salió mucho más alto de lo que pretendía. La señora del mostrador levantó la vista de su crucigrama y volvió a bajarla con la indiferencia profesional de quien lleva veintitantos años en un negocio donde la gente llora.
Ivy se quedó de pie, con los puños cerrados dentro de las mangas.
—Es mío —dijo—. Es lo único mío que tengo.
Y en cuanto lo cuente ya no va a ser mío, va a ser un asunto, y va a haber gente con carpetas, y en tres semanas voy a estar en una oficina con una asistente social explicándole a un desconocido por qué no tengo papeles, y sé perfectamente cómo termina eso porque conozco a cuatro personas a las que les ha pasado.
Doyle no se movió del banco.
Y no le dijo tranquila .
No le dijo estás a salvo , ni nadie te va a llevar a ninguna parte , ni ninguna de las once cosas que Ivy tenía preparadas para no creerse.
—Tiene razón —dijo—. Es exactamente así como termina.
Ivy lo miró.
—¿Y entonces?
—Entonces yo tengo dos opciones. —Doyle apoyó los codos en las rodillas—.
Una: levantarme, irme, y usted sigue con su vida y yo con la mía y no vuelvo a molestarla.
Dos: contarle lo que hay en el segundo papel del sobre, que es lo que llevo once semanas sin contarle a nadie, y a partir de ahí ya no puede volver atrás ninguno de los dos.
—¿Qué pone en el segundo papel?
—Si se lo digo, ya estamos en la dos.
Ivy se quedó de pie.
Detrás de ella la lluvia caía sobre Fenwick y un autobús pasó levantando agua del bordillo y el cristal se llenó de gotas que resbalaron formando líneas.
—El diecisiete de septiembre —dijo— me mandé la saliva a un laboratorio.
Doyle levantó la cabeza tan deprisa que hasta Maggie se sobresaltó.
—¿Adónde?
—A uno de esos de anuncios. De ancestría. Kestrel.
—Kestrel Genetics.
—Sí.
—¿Por qué?
Ivy se encogió de hombros con toda la agresividad que le cabía en los hombros.
—Porque el estado me dijo que no era verificable. —Se le rompió un poco la voz y lo tapó con rabia—. Y pensé que si no puedo demostrar quién soy con un papel, a lo mejor puedo demostrarlo con mi propio cuerpo. Que eso no me lo puede quitar nadie ni perderlo ninguna oficina. Es mío. Está dentro.
—Fue idea mía —dijo Maggie en voz baja—. Yo se lo dije. Yo pagué la mitad. Con la tarjeta de mamá.
Doyle no la miró.
Ivy lo agradeció, sin saber por qué.
—¿Y el resultado? —preguntó él.
—No llegó.
—¿Cómo que no llegó?
—Que no llegó. —Ivy sacó el móvil del bolsillo de la sudadera, buscó y giró la pantalla—. Mandaron esto.
Doyle se puso las gafas.
Estimada usuaria:
Lamentamos informarle de que su muestra no ha superado nuestros controles de calidad (código CQ-3: volumen o integridad insuficientes). Hemos emitido un reembolso completo de 29,00 $, que aparecerá en su método de pago en un plazo de 3 a 5 días hábiles.
Sentimos las molestias. ¡Le animamos a intentarlo de nuevo!
Doyle leyó el correo dos veces.
Luego miró la hora del envío, arriba a la derecha, y algo se le quedó parado en la cara.
—¿Qué día es hoy? —preguntó, y no se lo preguntaba a ellas.
—Martes —dijo Maggie.
—El correo es de ayer.
—Sí.
Doyle se quitó las gafas muy despacio.
Ivy no entendía nada de lo que estaba pasando dentro de aquel hombre, pero llevaba quince años leyendo caras de adultos en habitaciones pequeñas y sabía perfectamente identificar el momento en que uno de ellos deja de estar preocupado y empieza a tener miedo.
—Ayer por la mañana —dijo Doyle— encontraron a un hombre muerto en el muelle de carga de ese laboratorio.
Ivy sintió el frío subirle por los brazos.
—Trabajaba de noche —siguió él—. Era el único que estaba allí. Se llamaba Owen Brandt y tenía veintinueve años.
Nadie dijo nada.
La señora del mostrador pasó una página del crucigrama.
—Su muestra no se contaminó, Ivy —dijo Doyle—. Su muestra salió de ese edificio dentro del bolsillo de alguien. Y a las nueve y catorce de la mañana siguiente, mientras un forense levantaba un cuerpo en el patio de atrás, un ordenador les mandó a ustedes veintinueve dólares y una disculpa.
Ivy se sentó otra vez en el banco de plástico naranja.
No supo cuándo lo había hecho.
—¿Y ahora qué? —dijo.
Doyle se quedó mirando la lluvia un momento.
—Ahora es la opción dos —contestó.