Instituto Bellamy
Los martes eran de Maggie.
No por sentencia. Por negociación. La sentencia decía fines de semana alternos y una tarde entre semana, y durante tres años Doyle había aprovechado esa tarde igual que un hombre aprovecha un gimnasio al que paga: pensando en ir.
Los martes habían empezado en agosto, después del caso Keene, cuando su hija de dieciséis años le había dicho por teléfono puedo verte luego y él había tardado dos segundos de más en contestar que sí.
Desde entonces no había fallado uno.
Doyle aparcó frente al instituto Bellamy a las tres menos cuarto, cuarenta minutos antes de la salida, porque llevaba desde el mediodía sin saber qué hacer con las manos.
Bellamy era un edificio de ladrillo de tres plantas en el límite entre North Granton y River South, con un mural en el lateral que un ayuntamiento había pagado en algún momento de optimismo y que ahora tenía una mancha de humedad justo en la cara del astronauta.
Verja verde. Un aparcamiento de profesores con doce plazas y catorce coches.
Al otro lado de la calle, una gasolinera, una tienda de móviles y una parada de autobús con el panel electrónico roto desde antes de que Maggie entrara allí.
Doyle bajó la ventanilla.
Sonaba un timbre lejano. Gritos de gimnasio. Una motosierra en algún patio.
Sacó del bolsillo del asiento una bolsa de papel con dos sándwiches de una tienda coreana de Harbor Street, porque Maggie le había prohibido el café como moneda de cambio y él había interpretado la prohibición de la forma más literal posible.
Luego miró el espejo retrovisor y se pasó una mano por la cara.
Necesitaba un corte de pelo desde julio.
Tenía una camisa que se había puesto dos veces sin lavar y lo sabía.
Y en la guantera había un sobre blanco con una fotocopia parcial de un registro de nacimiento y una fotografía de una chica con capucha roja que llevaba once semanas sin enseñarle a nadie salvo a Nora Blake.
En agosto había pensado que era Maggie.
Lo había pensado durante nueve segundos exactos, de pie en el salón de su apartamento, y en esos nueve segundos había entendido con una claridad insoportable que si le pasaba algo a su hija él no iba a sobrevivirlo, no de forma noble, no de forma útil, sino de la manera vulgar y sucia en que no lo sobrevive un hombre: bebiendo hasta que alguien tuviera que recogerlo.
Luego había ampliado la foto.
Y no era Maggie.
Y desde entonces, todos los martes, cuando aparcaba frente al Bellamy, Doyle miraba a las chicas salir por la verja verde con un alivio que no le duraba nunca lo suficiente.
A las tres y veintidós sonó el timbre largo.
La verja escupió cuatrocientos adolescentes en noventa segundos.
Doyle localizó a Maggie enseguida, como la localizaba siempre, por la forma de andar: rápida, con el peso adelantado, esquivando gente sin mirar, exactamente igual que su madre y exactamente igual que él, que era una de esas simetrías que a los padres divorciados les gusta señalar y nadie más encuentra interesantes.
Llevaba el abrigo abierto y el móvil en la mano.
Y a su lado, hablando, con la cabeza vuelta hacia ella, iba una chica con una sudadera de capucha roja.
Doyle dejó de oír la calle.
No fue una metáfora. Fue algo físico. El sonido se le retiró de la cabeza como el agua de una playa antes de una ola, y durante dos segundos lo único que existió en el mundo fue una sudadera roja, una mochila gris colgada de un solo hombro y unos auriculares blancos colgando por dentro del cuello.
La misma mochila.
El mismo hombro.
Las dos chicas llegaron al paso de peatones. Maggie dijo algo. La otra se rio, con la boca cerrada, echando la cabeza hacia atrás. Se separaron: Maggie hacia la parada del autobús, la de la capucha roja hacia el sur, hacia River South, sola, poniéndose los auriculares por el camino.
Doyle miró a su hija.
Miró la sudadera roja alejándose.
Y después hizo lo peor que podía hacer.
Salió del coche y la siguió.
Seis manzanas.
Se dijo, mientras las recorría, unas once cosas distintas, todas razonables y todas falsas.
Que solo quería verle la cara.
Que si no la seguía él la seguiría otro.
Que un hombre no puede quedarse sentado en un coche con una fotografía en la guantera.
Que estaba a treinta metros y que treinta metros no es seguir a nadie.
Bajaron por Delancey, cruzaron bajo el paso elevado donde el ruido se comía todo lo demás, giraron a la izquierda en la esquina de la tienda de empeños con las rejas amarillas.
La chica no miró atrás ni una vez. Andaba deprisa y con la cabeza baja, no como quien tiene miedo, sino como quien ha hecho ese trayecto tantas veces que ya no ve nada.
En Fenwick con la Cuatro se paró delante de una lavandería automática.
Entró.
Doyle se quedó en la acera de enfrente.
A través del cristal, entre dos carteles de precios pegados con celo, la vio dejar la mochila en un banco de plástico naranja, abrir una secadora, sacar ropa y empezar a doblarla.
Metódica. Camiseta, camiseta, pantalón, toalla.
Una chica de quince años doblando la colada de una casa a las cuatro menos veinte de un martes.
Doyle se dio cuenta de lo que estaba haciendo.
Un hombre de cuarenta y siete años, sin afeitar, con un abrigo mojado, de pie en una acera, mirando por el cristal de una lavandería a una menor.
Sintió una vergüenza tan completa que le llegó a los dientes.
Estaba metiéndose la mano en el bolsillo para sacar el móvil y llamar a Nora —para decirle tienes que verla, es ella, está aquí, va con mi hija — cuando alguien le agarró la manga por detrás y tiró con fuerza.
Doyle se giró preparado para muchas cosas.
Para ninguna de ellas, en realidad.
Maggie Doyle estaba en la acera, sin aliento, con la mochila colgando de una mano y la cara roja de haber corrido seis manzanas.
—¿Qué haces?
Doyle abrió la boca.
—Papá. ¿Qué haces?
—Maggie…
—Te he visto salir del coche. —Le temblaba la voz, pero no de miedo—. Te he visto ir detrás de ella desde el instituto. He ido detrás de ti todo el camino pensando que a lo mejor era otra cosa. Que a lo mejor ibas al mismo sitio. Que a lo mejor…
Se le quebró y se paró en seco, porque a los dieciséis años uno todavía cree que si no termina la frase no cuenta.
—Escúchame —dijo Doyle.
—No.
—Maggie.
—No, papá, escúchame tú. —Dio un paso adelante—. Llevas todo agosto raro. Llevas todo septiembre preguntándome si alguien me ha hablado en la calle. Mamá dice que estás peor que en el divorcio. Y ahora vengo y te encuentro parado delante de una lavandería mirando por el cristal como un…
Se calló.
No dijo la palabra.
Y que no la dijera fue mil veces peor que si la hubiera dicho.
Doyle sintió cómo se le vaciaba el pecho.
—Tienes razón —dijo.
Maggie parpadeó.
—¿Qué?
—Que tienes razón. En todo. Lo que acabas de ver es exactamente lo que parece y no hay ninguna versión de esto en la que yo quede bien.
—Se apartó dos pasos del cristal, hacia el bordillo, poniendo distancia por su cuenta—.
Y ahora necesito que me contestes una pregunta y necesito que no me mientas, y sé perfectamente que no me merezco ninguna de las dos cosas.
Maggie no se movió.
—¿Quién es? —dijo Doyle.
—¿Quién es quién?
—La chica.
—¿Por qué?
—Maggie.
—¡Que por qué, papá!
Un hombre que salía de la lavandería con un cesto los miró y decidió, sensatamente, cambiar de acera.
Doyle metió la mano en el bolsillo interior del abrigo.
Sacó el sobre.
Lo había llevado encima todos los días desde agosto, y hasta ese momento no había entendido por qué: no lo llevaba para investigarlo. Lo llevaba porque no soportaba que estuviera en ningún sitio donde él no pudiera verlo.
Sacó la fotografía y se la tendió a su hija.
Maggie la cogió.
La miró.
Doyle vio el momento exacto en que su cara cambió: primero la incomprensión, después el reconocimiento, después algo mucho peor, algo que él conocía muy bien porque llevaba veinticuatro años viéndolo aparecer en la cara de la gente al otro lado de una mesa.
Miedo con culpa dentro.
—Alguien metió esto por debajo de mi puerta en agosto —dijo Doyle en voz muy baja—. La noche que encontramos a Mara Keene. Sin remite. Con un papel más que no te voy a enseñar todavía.
Maggie no levantaba la vista de la foto.
—Y llevo once semanas —siguió él— pensando que era una amenaza contra ti.
—No soy yo.
—Ya lo sé.
—Es Ivy.
Doyle se quedó muy quieto.
—Se llama Ivy —dijo Maggie, y la voz le salió más pequeña de lo que ella habría querido—. Ivy Renner. Está en mi curso. Está en Biología conmigo y en Historia, y se sienta sola porque se cambió en marzo y aquí nadie se cambia en marzo.
—Maggie.
—Es mi amiga, papá.
Levantó la cara por fin, y tenía los ojos brillantes y la barbilla firme, las dos cosas a la vez, igual que su madre.
—Es mi amiga —repitió—. ¿Qué le has hecho?
Doyle no contestó.
Porque la respuesta correcta era todavía nada .
Y porque la verdadera era peor: que en once semanas él no había hecho nada, y que ese era exactamente el problema, y que la última vez que Jack Doyle se había quedado quieto once semanas con un sobre en el bolsillo, la mujer del sobre había aparecido muerta en una zanja de drenaje.
Detrás de Maggie, al otro lado del cristal, la chica de la capucha roja terminó de doblar una toalla, la puso encima del montón y miró hacia la calle.
Los vio.
A los dos.
Y no salió corriendo, que fue lo que más miedo le dio a Doyle de todo aquel martes.
Se quedó quieta.
Como alguien que lleva mucho tiempo esperando a que alguien aparezca al otro lado del cristal y solo quiere saber, por fin, cuál de los dos ha llegado.