La chica que nunca existió (Doyle 3) Fallon con supervisión
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Fallon con supervisión

La Fiscalía General del Estado no había querido montarse en jefatura.

Ni Fallon. Ni Erin. Ni caso. Un número.

En Granton, cuando algo importaba de verdad, primero le quitaban el nombre.

Doyle llegó a las nueve.

Lo hicieron esperar veinte minutos en un pasillo con dos sillas y un extintor caducado, que era lo más parecido a un mensaje que le habían mandado en once semanas.

Cuando por fin abrieron, la sala estaba llena de trabajo de verdad.

Cuatro mesas juntas. Tres portátiles. Una impresora en el suelo, enchufada a un alargador. Y en la pared del fondo, ocupándola entera, una cronología laminada de cuatro metros con la letra pequeña y el rotulador de tres colores.

Doyle la miró antes de mirar a nadie.

Catorce años de su vida, ordenados por otra persona.

—Detective Doyle.

Dana Kilbride tenía treinta y nueve años, un jersey de cuello alto y una taza de té con una etiqueta colgando por fuera. No se levantó. Le señaló la silla del otro lado de la mesa con dos dedos, como quien coloca una pieza.

—Siéntese, por favor.

—¿Es una pregunta?

—Es una cortesía. Las preguntas vienen después.

Doyle se sentó.

—Voy a serle franca, porque me han dicho que con usted funciona mejor y porque no tengo tiempo.

—Kilbride abrió una carpeta y no la miró—.

Usted no forma parte de esta revisión. No tiene acceso a los materiales, no participa en las entrevistas y no va a recibir informes.

Está aquí en calidad de testigo. Voy a tomarle declaración sobre lo que hizo, vio y dejó de hacer entre marzo y noviembre de hace catorce años. Nada más.

—Estupendo.

—No lo diga así.

—Es la única forma que sé de decirlo.

Kilbride levantó por fin la vista.

Tenía unos ojos que no negociaban.

—Detective, entiendo que esto le resulta humillante. También entiendo que lleva usted media vida esperando que alguien reabra este expediente. Y quiero que sepa que no le he apartado porque le desprecie.

—¿Ah, no?

—No. Le he apartado porque es usted la única persona en esta sala a la que la otra parte sabe cómo mover.

Doyle abrió la boca.

Y no le salió nada.

Porque era cierto, y porque hacía mucho que nadie le decía una cosa cierta con tan poco interés en hacerle daño.

—Bien —dijo Kilbride—. Empecemos.

Duró tres horas y veinte minutos.

Kilbride preguntaba como quien pasa una lija: sin subir la voz, sin acusar, volviendo cuatro veces al mismo punto desde cuatro ángulos hasta que la madera cedía. Doyle contestó a casi todo. En dos ocasiones tuvo que decir no lo recuerdo y las dos veces le supo a mentira aunque no lo fuera.

Erin Fallon había pedido verlo un martes.

Él había llegado tarde.

Ella había vuelto el jueves y él estaba en un juicio.

Ella había dejado un sobre en el mostrador de recepción y el sobre nunca había llegado a su mesa.

—¿Preguntó usted por ese sobre?

—Cuatro días después.

—¿Por qué cuatro?

—Porque no sabía que existía.

—¿Y cuando lo supo?

—Pregunté.

—¿A quién?

—Al sargento de guardia. Al de recepción. A administración.

—¿Nombres?

Doyle miró la mesa.

—Pryce estaba en recepción aquel mes.

Kilbride lo anotó sin ningún énfasis, que fue la manera más violenta posible de anotarlo.

—Detective, ¿en algún momento de aquellas semanas alguien le sugirió que dejara de preguntar?

—Sí.

—¿Quién?

—Todo el mundo.

—Necesito un nombre.

—Es que ese es el problema, señorita Kilbride.

—Doyle se echó hacia atrás—. Usted busca a un hombre que me dijo deja de preguntar .

Aquí no funciona así. Aquí lo que hay es un tipo que te pregunta por tu mujer en el ascensor.

Otro que te cambia el turno. Otro que te dice que tienes mala cara.

Y una mañana te levantas y ya no estás preguntando, y no sabrías decir cuál de los tres te convenció.

Kilbride lo miró un momento largo.

Luego escribió algo mucho más corto de lo que Doyle había dicho.

A la una y media hicieron una pausa, y fue entonces cuando sacaron la caja.

La trajo un auxiliar con guantes y la puso en una mesa aparte, y Doyle sintió cómo se le contraía algo detrás del esternón antes incluso de leer el canto.

Cartón gris.

Etiqueta amarillenta.

FALLON / E.

Material complementario

Acceso restringido

—No la va a tocar —dijo Kilbride.

—No pensaba.

—Se la enseño porque en su declaración ha mencionado material que usted creía que existía. Quiero que vea el inventario y me diga si coincide con su recuerdo.

Le acercó una hoja plastificada.

Doyle se puso las gafas.

Era una lista mecanografiada. Treinta y una entradas. Fotografías, informes, transcripciones, dos discos ópticos, una bolsa de pruebas vacía, un juego de llaves sin identificar.

Entrada dieciocho:

1 cinta de vídeo VHS, sin identificar.

Y encima, una línea recta a bolígrafo azul tachándola de lado a lado. Al margen, unas iniciales y una fecha.

Doyle no se movió.

Bajo el fregadero de su cocina, dentro de una caja de zapatillas de deporte que había sido de Maggie, había una cinta VHS con tres pares de iniciales escritas a mano en la etiqueta.

M.K. / E.F. / A.S.

—¿Coincide? —preguntó Kilbride.

Doyle tardó en contestar.

—El inventario está mecanografiado —dijo.

—Sí.

—¿Dónde está el original?

—Este es el original.

—No. —Doyle apoyó un dedo en el borde del plástico, sin tocar la hoja—. Esto es de máquina eléctrica. Hace catorce años el archivo de Granton todavía trabajaba con impresos de calco, en triplicado, azul, amarillo y rosa. Yo he rellenado quinientos. El rosa se quedaba en la caja.

Kilbride no dijo nada.

Se levantó, fue a la mesa, dio la vuelta a la caja y miró el fondo.

Luego volvió con una segunda hoja, esta sí fotocopiada, con el sello de un traslado.

—La caja fue reacondicionada —leyó— hace once años. Traslado del depósito de la calle Wexler al sótano del edificio municipal. Contenido revisado y reembalado. Inventario reescrito por deterioro del soporte original.

—¿Firmado por quién?

Kilbride giró la hoja para que lo leyera él.

Al pie, una firma pequeña, apretada, sin florituras, y debajo, a máquina:

E. NASH — COMANDANTE

DIVISIÓN DE REGISTROS Y CUSTODIA

—¿Le suena? —preguntó ella.

Doyle negó.

—Un comandante de archivo. Habrá cincuenta.

—Consta jubilado hace nueve años. Hemos pedido el expediente.

—Buena suerte con eso.

—¿Perdone?

—Que es él quien decidía qué expedientes sobrevivían a una mudanza, señorita Kilbride. Le deseo mucha suerte encontrando el suyo.

Kilbride lo miró.

Por primera vez en tres horas y veinte minutos, apuntó algo que él había dicho tal y como lo había dicho.

En el pasillo, junto al extintor caducado, estaba Marcus Hale.

Traje gris. Corbata perfecta. Un vaso de agua en la mano que no se había bebido.

—Jack.

—Marcus.

—¿Cómo ha ido?

—Ha ido tres horas y veinte minutos.

Hale asintió, como si eso fuera una respuesta.

Llevaban once semanas hablando así. Frases cortas, información mínima, dos hombres que se habían dicho demasiado en un muelle bajo la lluvia y habían decidido, sin acordarlo, no volver a hacerlo nunca.

—Van a llamarme a mí el jueves —dijo Hale.

—Bien.

—No es bien.

—No, no lo es. Pero es lo que hay que decir.

Hale miró el pasillo vacío.

—Asuntos Internos cierra tu revisión el viernes.

Doyle se apoyó en la pared.

—¿Y?

—Y no va a ser bueno.

—Define no bueno.

—No lo sé todavía.

—Marcus.

—No lo sé, Jack. —Hale se giró hacia él y por un segundo pareció exactamente lo que era: un hombre de cincuenta y muchos que llevaba veinte años sin dormir bien—.

Te metiste en tres propiedades sin orden.

Rompiste la cadena de custodia de una tarjeta de acceso.

Y no lo hiciste solo: lo hiciste con una periodista al lado.

Eso es lo que no van a poder tragarse, ni aunque encontraras a la chica viva.

Sobre todo porque encontraste a la chica viva.

—Eso último no tiene sentido.

—Tiene todo el sentido. Si Mara Keene hubiera aparecido muerta, ahora mismo serías un policía cansado que hizo lo que pudo. Como está viva, eres un policía que demostró que ellos no hicieron nada.

Doyle se quedó callado.

Era, con diferencia, la cosa más inteligente que Hale le había dicho nunca.

—¿Y tú qué vas a declarar el jueves? —preguntó.

Hale bajó la vista al vaso de agua.

—La verdad.

—¿Toda?

Hale no contestó enseguida.

—La que me pregunten —dijo.

Y se fue por el pasillo con el vaso todavía lleno.

El sargento de custodia lo alcanzó en el aparcamiento.

Era un hombre bajo, con la cara colorada y prisa por volver dentro, y le tendió un papel doblado en cuatro con la incomodidad de quien entrega algo que ha decidido no leer.

—Del interno Pryce.

Doyle no lo cogió.

—Se lo he dicho a la fiscal.

—La fiscal ha dicho que no lo recibe. No ha dicho que lo destruya. —El sargento se encogió de hombros—. Yo cumplo lo que me dicen y nada más, detective. Es la única forma de llegar a los treinta años.

Doyle cogió el papel.

—¿Ha pedido verme?

—Todos los días desde agosto.

—¿Y qué dice cuando le decís que no?

El sargento lo pensó.

—Dice «vale».

Se fue.

Doyle se quedó de pie entre dos coches, con octubre cayéndole encima en una lluvia fina que no llegaba a mojar del todo, y desdobló el papel.

Una sola línea, escrita con bolígrafo azul y una letra sorprendentemente cuidada.

Dile que ya no busca a la chica equivocada.

Ahora busca a la correcta.

Eso es peor.

Doyle leyó la frase tres veces.

Pryce llevaba once semanas en una celda sin visitas, sin teléfono y sin abogado.

Y sabía.

El móvil le vibró en el bolsillo.

Martin.

—Dime.

—Hemos parado el camión. —La voz sonaba lejos, con eco, y de fondo se oía un motor grande girando en vacío—. En la planta de transferencia de la 9. No había descargado.

—¿Y?

—He revisado el contenedor entero.

—Martin.

—Sé lo que va a preguntarme y la respuesta es no. No hay ningún tubo. Ni entero, ni roto, ni la tapa. He sacado tres bolsas de papel de laboratorio, seis de residuos generales y una que prefiero no describir por teléfono.

Doyle cerró los ojos un segundo.

—¿Nada?

—Una cosa. Puede que no sea nada.

—Dila.

—Un par de guantes de nitrilo azules. Del revés, como se los quita la gente. Talla L.

Doyle abrió los ojos.

—Owen Brandt medía uno setenta y tenía manos de niño —dijo Martin—. He mirado la caja de su puesto. Talla M. Y la de la sala común también es M, porque la directora de operaciones me ha explicado durante cuatro minutos que compran M por defecto para ahorrar en la referencia.

Silencio.

—Detective, ¿sigue ahí?

—Sí.

—¿Es algo?

Doyle miró el papel de Pryce, todavía abierto en la mano izquierda, que ahora le temblaba lo bastante como para que la hoja hiciera un ruido pequeño.

—Es un hombre con las manos más grandes que las suyas —dijo— dentro de un edificio donde solo había una persona.

Colgó.

Se metió en el coche y no arrancó.

Once semanas antes había sacado una caja gris de un garaje de alquiler y se había quedado con lo de dentro. Se había dicho que era temporal. Se había dicho que era para proteger a Nora, o a Maggie, o a Miriam Kade, o a un expediente que la ciudad se comería si lo devolvía por el conducto normal.

Y acababa de ver, en una hoja plastificada, la entrada número dieciocho tachada con una línea recta y unas iniciales.

Alguien, once años antes, se había llevado una cinta de una caja y había reescrito el papel para que la cinta no hubiera estado nunca allí.

Doyle tenía la cinta debajo del fregadero.

Y no se lo había dicho a nadie.

Llevaba once semanas creyendo que guardaba una prueba.

Acababa de entender que estaba continuando un trabajo.