La chica que nunca existió (Doyle 3) Coincidencia del 99,7 #2
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Coincidencia del 99,7 #2

—Dos años. Dos años y algo. Mire, no quiero parecer insensible…

—Nadie quiere.

—…pero tenemos una auditoría de acreditación en noviembre y si el edificio queda precintado más de setenta y dos horas perdemos la ventana. Eso son once puestos de trabajo. ¿Puedo decirle eso a mi central?

Doyle la miró.

Había visto a un ejecutivo de televisión hacer exactamente lo mismo, dos años antes, en un callejón, con una chica muerta a seis metros. Aquel llevaba auricular inalámbrico. Aquel se llamaba Martin Doss y todavía trabajaba en el canal.

En Granton, la gente no tapaba los cadáveres.

Los reprogramaba.

—Señora Trask, ahora mismo la única acreditación que me preocupa es la del forense. Cuando la tenga, hablamos de la suya.

Ella apretó los labios y no dijo nada, que era el nivel máximo de duelo que permitía su cargo.

—¿Estaba solo anoche?

—Sí. El Segundo Bloque es de un técnico.

—¿Se puede salir del edificio sin que quede registro?

—La puerta del muelle de carga se abre desde dentro con una barra antipánico. No registra salidas. Registra entradas.

—Claro que sí.

—Es normativa contra incendios, detective.

—No estoy discutiendo la normativa. Estoy admirando lo cómoda que resulta.

Doyle recorrió la sala despacio.

Se detuvo delante de una encimera donde había cuatro bandejas de plástico transparente apiladas y una quinta puesta aparte, sola, dentro de una carcasa con tapa.

Doce columnas. Ocho filas.

Tubitos con tapón rosa.

Doyle no entendía nada de lo que estaba mirando, y esa era exactamente la condición en la que mejor funcionaba, porque un hombre que no entiende un sistema mira lo único que sí sabe mirar: si algo está donde debería estar.

Contó.

Volvió a contar.

—Señora Trask.

—Dígame.

—¿Cuántos caben aquí?

—Noventa y seis.

—Hay noventa y cinco.

Trask se acercó, miró la bandeja por encima del hombro de Doyle y soltó el aire por la nariz con un alivio casi ofensivo.

—Eso no es nada. Las muestras se descartan continuamente. Volumen insuficiente, tubo mal cerrado, código ilegible. Se retiran y se anota.

—Enséñeme dónde se anota.

Ella dudó medio segundo.

Fue medio segundo muy caro.

Se acercó al terminal de la esquina, tecleó, giró la pantalla. Un listado. Noventa y seis líneas. Códigos, horas, estados.

Doyle se puso las gafas de leer, que era el momento del día que más odiaba.

—Léame la última columna.

—Estado de procesado.

—¿Y qué pone en las noventa y seis?

Trask no contestó enseguida.

—Completado —dijo.

—En las noventa y seis.

—Sí.

—Entonces esta máquina procesó noventa y seis tubos —dijo Doyle— y en esta bandeja hay noventa y cinco.

—Puede haberse caído. Puede estar en un contenedor de residuos. Puede haberlo tirado él.

—Puede.

Doyle se inclinó sobre la bandeja.

En el pocillo vacío, pegado a la pared interior de plástico, quedaba un trozo de etiqueta blanca de unos cuatro milímetros. Arrancada. No despegada con cuidado: arrancada, con el desgarro subiendo en diagonal.

—¿Y esto? —dijo.

Trask miró.

Y por primera vez en toda la conversación, se calló de una manera distinta.

—Señora Trask, voy a hacerle una pregunta que le va a parecer estúpida y le agradecería que la contestara como si yo tuviera nueve años.

—Adelante.

—¿Qué pasa si esa máquina encuentra un padre?

Trask parpadeó.

—¿Perdone?

—Si alguien manda su saliva y la máquina descubre que hay otra persona en la base de datos que es su padre. O su hermana. O su hija. ¿Qué pasa?

—Se le notifica al usuario. Es literalmente el producto.

—¿Siempre?

—Prácticamente siempre.

Doyle se quitó las gafas.

—«Prácticamente» —repitió.

—Hay registros restringidos. Personas que solicitaron en su momento no aparecer en coincidencias. Adopciones, procesos judiciales, casos de violencia doméstica. Es una opción legítima y la ofrece todo el sector.

—¿Y quién puede pedir eso?

—El titular de la muestra.

—¿Solo el titular?

Silencio.

—Señora Trask.

—Necesitaría consultarlo con nuestro departamento legal.

—Estoy seguro de que sí.

Doyle sacó el móvil y le hizo una foto a la bandeja. Luego otra a la pantalla del terminal, con el listado entero. Trask abrió la boca para decir algo sobre protección de datos y luego calculó, correctamente, que no era la mañana.

—Una última cosa.

—Sí.

—¿Owen Brandt tenía llave del contenedor de residuos?

—Todos la tienen.

—¿Y usted cuándo ha vaciado?

Trask miró hacia el fondo de la nave, donde una puerta daba a un patio.

—Los martes.

Doyle miró el reloj de la pared.

Martes. Las siete y cuatro.

Salió tan deprisa que se dejó el vaso de café en la encimera.

El contenedor ya no estaba.

El camión había pasado a las seis y cuarenta, mientras Doyle miraba unas gafas dobladas dentro del bolsillo de una bata, y Martin Vance estaba de pie en mitad del patio con el móvil en la oreja, muy pálido, diciéndole a alguien que no colgara.

—Está saliendo de la ciudad por la 9 —dijo tapando el auricular—. Van a intentar retenerlo en la planta de transferencia.

—¿Van a intentar?

—Es lo que me han dicho.

—Diles que si ese camión descarga, mañana los dos vamos a estar buscando un tubo de plástico dentro de doscientas toneladas de basura y que uno de los dos va a ser un chico de veintiséis años con la camisa planchada.

Martin se apartó dos pasos y empezó a hablar mucho más deprisa.

Doyle se quedó en el patio.

Llovía otra vez, con esa cortesía tibia de octubre en Granton, que era la ciudad más educada del mundo a la hora de estropearte las cosas. Se subió el cuello del abrigo. Le temblaba la mano izquierda y esta vez no se molestó en esconderla porque no había nadie mirando.

Once semanas.

Once semanas de sobredosis, robos de cobre, ancianos caídos por una escalera y un hombre que se había ahogado en su propia bañera con la televisión puesta. Once semanas de llegar puntual. Once semanas fingiendo que aquello era un descanso y no una forma administrativa de esperar a que se muriera.

Y ahora un chico con las gafas dobladas.

Doyle sacó el móvil, abrió la foto de la bandeja y la amplió con dos dedos hasta que el hueco ocupó toda la pantalla.

Noventa y cinco tubos y un agujero.

Después, sin decidirlo del todo, cambió de aplicación y abrió otra foto. Una que llevaba once semanas en el teléfono y que había mirado, calculaba, unas cuatrocientas veces.

Una chica adolescente andando por una calle de Granton. Mochila al hombro. Capucha roja. Auriculares blancos.

Al dorso, una sola inicial.

M.

Doyle se quedó mirándola bajo la lluvia, en el patio de un laboratorio donde alguien había pagado, quince años atrás, por que un ordenador no dijera nunca lo que sabía.

Nadie roba un tubo de saliva.

A menos que dentro haya una persona.