La chica que nunca existió (Doyle 3) Coincidencia del 99,7
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Coincidencia del 99,7

Jack Doyle llegó puntual.

Eso era lo peor.

Llevaba once semanas llegando puntual, con la camisa metida por dentro y el coche aparcado dentro de las líneas, y no había nada en el mundo que le hubiera dejado más claro cómo iban sus asuntos.

Un hombre que llega tarde es un hombre al que están esperando.

Un hombre que llega a la hora es un hombre que ha entendido que ya no lo espera nadie.

A las seis y veinte de la mañana, el muelle de carga de Kestrel Genetics olía a lejía barata, cartón mojado y a esa clase de frío que no viene del tiempo sino del edificio.

River South seguía dormido. Una calle de naves bajas entre un taller de neumáticos y una empresa de rótulos, con farolas que la ciudad había prometido cambiar en tres presupuestos distintos y una acera levantada por las raíces de un árbol que llevaba muerto desde antes del divorcio de Doyle.

Dos coches patrulla. Una ambulancia con las puertas cerradas, que era la manera más elegante que tenía Granton de decir que ya no hacía falta.

Doyle apagó el motor y se quedó un segundo con las manos en el volante.

La izquierda le temblaba un poco.

La metió en el bolsillo del abrigo, como llevaba haciendo desde agosto, y salió del coche.

—Detective.

Martin Vance lo esperaba junto a la cinta con un vaso de cartón en cada mano y la cara de alguien que se ha levantado a las cinco por voluntad propia. Veintiséis años. Todavía se planchaba las camisas.

—¿Cuál es el mío?

—El que no lleva azúcar.

—Entonces ninguno.

Martin le pasó uno de todas formas.

—Owen Brandt, veintinueve años. Técnico de laboratorio, turno de noche. Lo ha encontrado el repartidor a las cinco y diez cuando ha venido a dejar la valija.

—¿Y por qué estamos aquí?

—Porque el sargento de guardia ha dicho que era una sobredosis y usted…

—Y yo soy lo que se manda a las sobredosis. Ya. Era una pregunta retórica, Martin. Se supone que a las retóricas se contesta con la mirada.

—No se me da bien.

—A nadie. Es un arte perdido.

Cruzaron la cinta.

El muelle de carga era una plataforma de hormigón a metro y medio del suelo, con una persiana metálica bajada hasta la mitad y una lámpara de exterior que aguantaba encendida por pura terquedad.

Alguien había apilado cartón contra la pared, plano, en dos montones, con esa pulcritud de los sitios donde nadie ve nunca nada.

Sobre el cartón estaba Owen Brandt.

Boca abajo. Bata blanca. Vaqueros. Una zapatilla puesta y la otra puesta también, lo cual habría sido irrelevante en otra ciudad.

Elise Mercer estaba en cuclillas a su lado, con los guantes puestos y el pelo recogido con una goma que tenía toda la pinta de haber sido una brida.

—Llegas puntual —dijo sin levantar la vista.

—Voy a tener que pedir que dejéis de decir eso.

—Es preocupante, Jack. Es como ver a un perro pagar una hipoteca.

Doyle se acuclilló al otro lado del cuerpo. Le crujió algo en la rodilla que él prefirió atribuir al hormigón.

—Dime.

—Varón, veintinueve. Livideces compatibles con la posición.

Temperatura y rigidez me sitúan la muerte entre las tres y las cuatro y media, con margen.

Punción reciente en la fosa antecubital izquierda.

—Señaló con el meñique enguantado un envoltorio de papel doblado y una jeringuilla sobre el cartón, a treinta centímetros de la mano derecha—. Y eso.

—Fentanilo.

—Eso lo dirá el laboratorio dentro de tres semanas, porque estamos en octubre y el laboratorio está como está. Pero sí. Eso.

—¿Antecedentes?

—Ninguno que aparezca. Tampoco marcas antiguas. —Elise se enderezó y se quitó un guante—. Lo cual no significa nada. La primera vez de un hombre siempre es su primera vez.

Doyle no contestó.

Estaba mirando el cartón.

Había llovido de dos a cuatro. Lo sabía porque a las tres estaba despierto y porque a las tres y media había pensado en llamar a alguien y no lo había hecho. La calle seguía brillando. La rampa del muelle tenía un reguero oscuro bajando hacia el desagüe.

El cartón bajo el cuerpo estaba seco.

—Elise.

—Ya lo he visto.

—¿Y?

—Y por eso todavía no me he ido a desayunar.

Doyle recorrió el resto con la vista, despacio, sin tocar nada, de la manera en que se mira a la gente en los velatorios.

La tarjeta identificativa colgada del cuello, con la foto de un Owen Brandt más joven y peor peinado.

El vaso de café aplastado en un rincón. Una goma elástica azul en la muñeca izquierda, de esas que la gente se pone y ya no se quita.

Y en el bolsillo de la bata, asomando dos centímetros, unas gafas.

Dobladas.

Con las dos patillas hacia dentro, como las deja alguien que va a volver a usarlas.

Doyle se quedó quieto más tiempo del necesario.

—¿Qué? —dijo Elise.

—Un hombre que se cae de bruces no se guarda las gafas primero.

Elise siguió su mirada.

Luego sacó el móvil y le hizo una foto al bolsillo antes de que nadie moviera el cuerpo, lo cual, en once semanas, era lo más parecido a una declaración de lealtad que Doyle había recibido de nadie.

—Voy a pedir un examen completo —dijo ella.

—El sargento de guardia lo ha llamado sobredosis.

—El sargento de guardia lleva cuatro años llamando sobredosis a todo lo que no le obliga a rellenar el formulario largo.

—Eso no es del todo injusto.

—No he dicho que lo fuera.

La persiana metálica se movió sola dos centímetros con una ráfaga y volvió a quedarse quieta.

Doyle se levantó.

—Martin.

—Dígame.

—Quiero el registro de accesos del edificio desde las diez de anoche. Quiero saber quién abrió, quién cerró y cuántas veces se levantó este hombre a fumar. Y quiero las cámaras.

Martin ya estaba escribiendo.

—¿Y si me dicen que es una sobredosis y que no hace falta?

—Diles que lo pide el detective Doyle.

—Eso no siempre ayuda.

—No —dijo Doyle—. No siempre.

Detrás de la cinta, en la acera de enfrente, un coche pequeño y sucio aparcó de cualquier manera y de él salió una mujer con una libreta.

Doyle la vio antes de decidir si quería verla.

Seis semanas.

Cuarenta y tres días, si uno era la clase de hombre que los contaba, cosa que él no era en absoluto y por eso sabía el número exacto.

Nora Blake cruzó la calle con el abrigo abierto y el pelo recogido deprisa, esquivó un charco y se plantó en la cinta con la naturalidad de alguien que ha decidido de antemano que no va a estar incómoda.

—Detective.

—Señorita Blake.

—Ah. Vamos a hacerlo así.

—Es como lo hacemos.

—Es como lo hacíamos en enero.

Doyle se acercó a la cinta lo justo para no tener que levantar la voz. Ella olía a coche frío y a champú de supermercado y llevaba las mismas botas de siempre, lo cual le produjo un alivio absurdo que decidió no examinar.

—¿Quién te ha avisado?

—Nadie.

—Nora.

—Nadie me ha avisado, Jack. Estaba a nueve manzanas.

—A las seis y veinte de la mañana.

—Sí.

—En River South.

—Sí.

—Haciendo qué.

Nora abrió la libreta, pasó dos páginas y se la enseñó cerrada, que era su forma de decir puedo darte esto o puedo no dártelo .

—Kestrel Genetics —dijo— aparece en el tercer listado de donaciones de la campaña de Robert Kessler. Once mil dólares en junio. Y hay una foto de Kessler estrechándole la mano al director de operaciones delante de esa persiana, con un cartel que dice «Ciencia local, empleo local».

Doyle miró la persiana.

Luego miró a Nora.

—Once semanas fuera de Homicidios y lo primero que me encuentro es a Kessler.

—Lo primero que te encuentras es a un chico muerto.

—No he dicho lo contrario.

—Lo has dicho en el orden.

Doyle bajó la vista un momento.

Aquello era exactamente lo que se le había olvidado de ella en seis semanas: que no fallaba.

—Se llama Owen Brandt —dijo—. Veintinueve años. Turno de noche. Y no me lo publiques hasta que su madre sepa que hay una madre a la que llamar.

Nora escribió el nombre.

—No lo iba a publicar.

—Lo sé.

—Entonces no lo digas.

—Es que si no lo digo, no sé de qué hablar contigo.

Se quedaron los dos ahí un segundo, con la cinta entre medias, que probablemente era el único sitio del mundo donde sabían estar.

—¿Sobredosis? —preguntó ella.

—Eso pone el parte.

—¿Y qué pone tu cara?

—Mi cara lleva años sin ponerse de acuerdo con los partes.

Nora lo miró un poco más de lo necesario.

—Estás delgado.

—Estoy sobrio a las seis y media de la mañana. Es un efecto óptico.

—¿Cómo está Maggie?

Y ahí, sin previo aviso, se le movió algo debajo de las costillas.

—Bien —dijo—. Enfadada. Adolescente. Bien.

—Me alegro.

—Sí.

Nora cerró la libreta.

Había algo que ella no le estaba diciendo. Doyle lo notó en el modo en que se colocó el bolso, con la mano abierta, apoyándolo contra el cuerpo como quien tapa un papel en un examen.

No preguntó.

Once semanas antes le habría preguntado y ella le habría contestado. Los dos sabían que esa parte estaba rota y ninguno de los dos tenía intención de decir por qué.

—Voy a entrar —dijo él—. Tú no.

—Ya me lo imaginaba.

—No lo digo por fastidiarte.

—Lo dices por fastidiarme, pero además tienes razón, que es lo peor de discutir contigo.

Doyle se dio la vuelta.

—Jack.

Se detuvo.

—¿Estás bien? —dijo Nora.

Él lo pensó un momento más de lo que debería haberlo pensado.

—Llego puntual —contestó.

Y entró en el edificio.

El interior de Kestrel Genetics no se parecía nada a lo que la palabra genética le sugería a un hombre de cuarenta y siete años que veía demasiada televisión.

Era una nave con tabiques.

Suelo de resina gris, tubos fluorescentes, una zona de recepción con dos sillas y un dispensador de agua, y al fondo, detrás de una puerta de cristal con lector de tarjeta, la sala que la empresa llamaba laboratorio y que Doyle habría llamado sitio donde se guardan las máquinas .

Encimeras blancas. Cuatro aparatos del tamaño de una lavadora.

Una nevera con precinto. Un póster plastificado con las fases del procesado, arrugado en una esquina.

La directora de operaciones se llamaba Gail Trask, tenía cincuenta y pocos años, un jersey caro y el móvil en la mano como quien sujeta una correa.

—Detective, ¿cuánto tiempo va a durar esto?

—Depende. ¿Cuánto tiempo llevaba Owen Brandt trabajando aquí?