La chica que nunca existió (Doyle 3)
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PRÓLOGO
Noventa y seis tubos
El turno de noche en Kestrel Genetics no se llamaba turno de noche.
Se llamaba Segundo Bloque de Procesado, porque a alguien de la central le había parecido que aquello sonaba menos a hombre solo con una bata.
Owen Brandt llevaba dos años en el Segundo Bloque y podía confirmar que el nombre no había cambiado nada: seguía siendo un hombre solo, con una bata, en un edificio de una planta de River South donde la calefacción se apagaba a medianoche por política de eficiencia.
Entraba a las diez. Salía a las seis. Entre medias, la ciudad hacía lo que hacía la ciudad y a él no le llegaba nada, salvo el ruido del extractor y una máquina de café que llevaba desde marzo con un cartel escrito a mano.
Owen tenía veintinueve años.
Tenía también catorce mil dólares de deuda de un camión de comida que había durado siete meses, un examen de supervisor suspendido dos veces y una perra llamada Dot que ya no era suya desde hacía dos años, aunque él seguía teniendo su foto en la pantalla de bloqueo porque quitarla habría sido admitir algo.
El trabajo, en sí, era sencillo.
Llegaban sobres. Dentro de los sobres, tubos.
Dentro de los tubos, saliva de gente que quería saber de dónde venía.
Owen los escaneaba, los colocaba en bandejas de noventa y seis pocillos, doce por ocho, como un cartón de huevos de plástico caro, y las metía en una máquina que costaba más que su vida entera.
Luego el sistema hacía el resto y por la mañana alguien en un despacho con ventanas mandaba correos que empezaban con «¡Buenas noticias! ».
Noventa y seis tubos por bandeja.
Nueve bandejas por turno los días buenos.
Cinco los días de lluvia, porque la lluvia atrasaba las furgonetas y la furgoneta atrasaba todo lo demás.
Aquella noche llovía.
A las tres y cuarenta y uno, la pantalla hizo algo que no había hecho nunca.
Owen estaba de espaldas, escurriendo una bolsita de té contra la pared del vaso, cuando el terminal emitió un sonido corto. No una alarma. Un pitido administrativo, de los que usan los programas para avisar de que hay que rellenar un campo.
Se giró.
En el listado de la bandeja, una línea se había puesto en ámbar.
K-4471 — RETENCIÓN. REVISIÓN MANUAL.
COINCIDENCIA DE PRIMER GRADO DETECTADA.
CONFIANZA 99,7 %.
REGISTRO DE CONTRAPARTE: ACCESO RESTRINGIDO. NO NOTIFICAR AL USUARIO.
CONTACTAR CUMPLIMIENTO NORMATIVO.
Owen dejó el vaso.
Llevaba dos años allí y había visto retenciones. Muestras contaminadas. Muestras duplicadas. Muestras de gente que se había hecho el test dos veces con dos nombres distintos porque no se creía el primer resultado. Nada de aquello se ponía en ámbar y nada de aquello decía no notificar al usuario .
Primer grado significaba padre, madre, hijo o hermano.
Restringido significaba que alguien había pagado por ponerle un candado a un nombre.
Y no notificar significaba que alguien, en algún momento, había pagado además por que le avisaran a él antes que a nadie.
Owen se sentó.
Pinchó en el registro de la contraparte y le salió una ventana blanca, limpia, sin datos, con un botón que decía Solicitar acceso . Debajo, en gris, la fecha de creación del bloqueo.
Quince años.
Miró la bandeja a través del cristal. Fila G, pocillo cuatro. Un tubo de plástico como los otros noventa y cinco, con su código de barras y su tapón rosa, esperando su turno igual que llevaba esperando toda la noche.
Miró el reloj de la pared.
Las tres y cuarenta y seis.
En la ficha del envío había un nombre, un domicilio de River South y una edad. Quince años, también. Owen la leyó tres veces, por si el número cambiaba.
Una cría se había mandado la saliva en un sobre prepagado de veintinueve dólares y el sistema acababa de encontrarle un padre que alguien llevaba década y media pagando por esconder.
Owen Brandt no era un hombre malo.
Era un hombre con catorce mil dólares de deuda, un examen suspendido dos veces y ninguna costumbre de que le pasara nada importante entre las diez y las seis.
Sacó el móvil y le hizo una foto a la pantalla.
Cinco días después, cuando lo encontraron boca abajo en el muelle de carga con la bata todavía puesta, el teléfono seguía en el bolsillo interior.
La foto ya no estaba.
Y nadie tuvo que decidir qué hacer con la perra, porque hacía dos años que no era suya.