El día doce
La redacción de Granton Now ocupaba la segunda planta de un edificio de Harbor Street, encima de una tienda de suministros de fontanería, y olía como huelen todas las redacciones pobres del mundo: a moqueta, a impresora caliente y a comida recalentada en un microondas comunitario que llevaba tres años pidiendo a gritos que alguien lo tirara.
Vivian Cole leyó el contrato dos veces.
Después miró a Doyle por encima de las gafas, y después a Nora, y después otra vez el contrato.
—Consultor externo de investigación —dijo.
—Sí —dijo Nora.
—Que es un detective de Homicidios.
—Suspendido.
—Ah, bueno. Menos mal. Por un momento me había preocupado.
Vivian tenía cincuenta y ocho años, veintiséis de ellos en periódicos que ya no existían, y una forma de apoyar los codos en la mesa que Doyle reconocía de los interrogatorios: la de quien va a estar ahí el tiempo que haga falta.
—Señor Doyle.
—Detective.
—Ya no.
—Es curioso lo rápido que la gente se ha adaptado a eso.
—Señor Doyle —repitió Vivian—, quiero dejar tres cosas muy claras y luego firmo.
Una: usted no representa a este periódico.
Dos: si le detienen en algún sitio, este periódico dirá exactamente lo que pone en ese contrato, que es que le encargamos tareas de documentación.
Tres: no va a hablar usted con ninguna fuente sin que Nora esté presente. Ninguna. Nunca.
—¿Y por qué no?
—Porque usted lleva veinticuatro años interrogando gente que no podía irse de la habitación y ahora se va a encontrar con gente que sí puede.
Doyle abrió la boca.
Y se dio cuenta, con un fastidio considerable, de que aquello era exactamente cierto.
—De acuerdo —dijo.
Vivian firmó.
—El presupuesto sale del fondo de colaboradores —añadió sin levantar la vista.
Doyle miró a Nora.
Nora miró la ventana.
—Sí —dijo—. Del fondo de colaboradores.
La casa de Roberta Renner estaba en Kelvin Street, en la parte de River South donde las aceras se estrechan porque nadie las ha rehecho desde que las plantaron los árboles.
Adosada, dos plantas, revestimiento de vinilo verde con una plancha suelta en el lateral. Un porche con dos sillas de plástico y una mesita con un cenicero lleno hasta el borde, mojado por la lluvia de tres días.
Doyle aparcó a media manzana.
—Norma de Vivian —dijo Nora.
—Ya la he oído.
—Estoy presente. Solo lo digo en voz alta para que conste.
—Va a constar de todas formas. Llevas la libreta fuera antes de bajar del coche.
—Es una técnica.
—Es un tic.
Bobbie Renner abrió con la cadena puesta.
Sesenta y un años. Un jersey de lana con bolitas. El pelo teñido de un rubio que llevaba cuatro meses siendo dos colores. Y en la mano, la clase de vaso que la gente no considera un vaso de bebida porque tiene el dibujo de un dinosaurio y es de su sobrina.
—Ya he dicho que no compro nada.
—No vendemos nada, señora Renner. Me llamo Jack Doyle.
—Ya sé quién es. —Miró por la rendija, primero a él, luego a Nora, luego otra vez a él—. Es el padre de la Doyle.
—Sí.
—La cría ha estado aquí. Ha llorado en mi cocina el martes por la noche. —Bobbie apretó la mandíbula—. ¿Qué le han hecho?
—Nada.
—Algo le habrán hecho.
—Le hemos hecho una pregunta —dijo Doyle—. Y ella nos ha contestado. Eso es todo lo que le hemos hecho, señora Renner, y por lo que veo ya es más de lo que le había pasado en quince años.
Silencio.
La lluvia goteaba del canalón sobre el cenicero.
Bobbie Renner cerró la puerta, quitó la cadena y volvió a abrirla.
—Los zapatos fuera —dijo—. Y no toquen nada del sofá porque hay una gata y muerde.
La casa estaba limpia.
Eso fue lo primero que le llamó la atención a Doyle, y le pareció importante de una manera que todavía no sabía formular.
Había visto ochocientas casas de gente que bebía y casi todas contaban lo mismo: dejadez en capas, como sedimento.
Aquella no. Aquella estaba fregada, ordenada, con los cojines puestos y las facturas en un montón sujeto con una pinza de tender.
Solo que en la cocina, encima de la nevera, había siete botellas vacías alineadas por tamaño.
Como si alguien las guardara para contarlas.
—Siéntense.
Se sentaron.
Bobbie no.
Se quedó de pie junto a la puerta de la cocina, con el vaso del dinosaurio en las dos manos, en la postura exacta de quien lleva mucho tiempo esperando que llamen al timbre.
—¿Cuánto tiempo lleva Ivy con usted? —preguntó Doyle.
—Desde que tenía dos semanas.
—¿Y de dónde vino?
—De una mujer.
—¿Qué mujer?
—No sé qué mujer. —Bobbie bebió—. Vino una mujer con un capazo y unos papeles y un teléfono al que llamar si había un problema. Yo tenía cuarenta y seis años, un marido que se acababa de ir y una hipoteca que no podía pagar. No hice preguntas.
—¿Qué papeles?
—Los que hay que firmar.
—¿Los conserva?
—No.
—Señora Renner.
—Que no. —Le tembló un poco el vaso—. Me los llevaron ellos. Vinieron a los tres días y se los llevaron y me dijeron que era mejor para todos que no hubiera copias en la casa.
Nora escribía sin mirar la libreta.
—¿Y la paga? —dijo Doyle.
Bobbie no contestó.
—Ivy dice que llega el día doce.
—El doce.
—¿Cuánto?
—Novecientos.
—¿Al mes?
—Al mes.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace quince años.
Doyle hizo la cuenta en la cabeza sin querer y le salió una cifra que se le quedó atravesada. Ciento sesenta y dos mil dólares. Quince años de alguien pagando puntualmente, sin fallar un mes, por una cosa que oficialmente no existía.
—¿Y cómo llega?
—A una tarjeta.
—¿Puedo verla?
Bobbie no se movió.
—Señora Renner —dijo Nora, y lo dijo con una suavidad que Doyle no habría sabido imitar ni ensayando—. Si nos la enseña, nos vamos antes.
Bobbie fue a la cocina.
Volvió con un sobre de plástico de los que se cierran con broche, de esos que la gente compra para los recibos, y lo dejó encima de la mesa baja.
Dentro había una tarjeta prepago gris, sin nombre de banco, con dieciséis dígitos en relieve.
Y once cartas.
Doyle las extendió en abanico sobre la mesa, sin tocarlas más de lo necesario, y sintió cómo se le ordenaba algo en la cabeza por primera vez en cinco días.
Todas eran iguales.
Una hoja. Membrete. Cuatro párrafos. Una línea para la firma.
CARTA ANUAL DE VERIFICACIÓN DE CIRCUNSTANCIAS
Las siete más nuevas llevaban un logotipo verde y limpio, de esos que diseña una agencia, con un árbol estilizado y un nombre debajo:
ALDERGROVE HOUSE
Servicios familiares · Granton
Y las cuatro más antiguas, con el papel amarilleado y la tipografía de otra década, decían otra cosa.
CLÍNICA WESTbrIDGE
Unidad de acogida y derivación
Doyle se quedó mirando la palabra.
Westbridge.
Once semanas antes, en una casa del norte de la ciudad, una mujer de setenta y muchos años llamada Ada Monroe le había puesto delante un cuaderno de registros y le había explicado, con las manos muy quietas, que a la clínica Westbridge llegaban chicas jóvenes que a veces no volvían a salir con su nombre.
Miriam Kade había entrado allí quince años antes.
Y había salido.
—Léame el tercer párrafo —dijo, y no reconoció su propia voz.
Nora cogió la carta de arriba.
—«El presente programa de apoyo se mantendrá mientras se cumplan de forma continuada las siguientes condiciones» —leyó—.
«Primera: que la menor permanezca bajo el cuidado directo y el domicilio de la persona firmante.
Segunda: que no se haya iniciado, por la firmante o por terceros a su instancia, ningún procedimiento administrativo o judicial de determinación de filiación, reclamación de estado civil o inscripción registral fuera de plazo. Tercera…»
Nora se calló.
Levantó la vista.
—Sigue —dijo Doyle.
—«Tercera: que la firmante no facilite a terceros información relativa al origen de la menor ni al presente programa.»
El reloj de la cocina hizo clic.
Nadie dijo nada durante bastante tiempo.
—Novecientos dólares al mes —dijo Doyle por fin— por no ir al registro civil.
Bobbie Renner se sentó por fin, en el borde de la butaca, con el vaso apoyado en la rodilla.
—Yo no la compré —dijo.
—No he dicho eso.
—Lo ha pensado.
—Señora Renner, llevo dos horas pensando cosas mucho peores que esa.
Bobbie miró la moqueta.
—Me la dieron —dijo—. Con dos semanas. Con un capazo y una lata de leche en polvo y una nota que decía cada cuánto había que darle de comer.
Y yo la cogí. —Se le fue la voz—. Y luego resulta que a los cuatro meses ya no me la habría devuelto ni a punta de pistola, y eso ellos lo sabían, y por eso me la dieron con dos semanas y no con dos años.
Nora dejó de escribir.
—¿Usted preguntó alguna vez? —dijo Doyle.
—Una.
—¿Cuándo?
—Cuando tenía cinco. En el colegio querían el certificado de nacimiento para no sé qué de una excursión y yo llamé al teléfono.
—¿Y?
—Y a los dos días vino una señora muy simpática, arregló lo del colegio en veinte minutos, se tomó un café conmigo y se fue. —Bobbie tragó—. Y ese mes la paga llegó el doce, como siempre. Pero llegó con setenta dólares menos.
Doyle sintió el frío.
—¿Setenta.
—Setenta. Y al mes siguiente otra vez novecientos. —Bobbie levantó la cara y tenía los ojos rojos y una rabia vieja y sin sitio—. Nadie me dijo nada. Nadie me amenazó. Nadie me llamó. Solo setenta dólares, un mes, para que yo entendiera que lo estaban contando todo.
—Y lo entendió.
—Claro que lo entendí. No soy tonta. Soy una borracha, que es distinto.
Al salir, con la lluvia otra vez y los zapatos húmedos, Doyle se paró en el porche.
—Señora Renner. Una última cosa.
—Qué.
—¿Ha venido alguien más? En quince años. Alguien que no fuera de ellos.
Bobbie se quedó pensando en el umbral, con la puerta a medio cerrar.
—Los sobres —dijo.
—¿Qué sobres?
—Todos los diciembres, desde que ella tenía tres o cuatro años, aparece un sobre en el buzón. —Se encogió de hombros—. Sin sello. Sin nada escrito. Dentro hay dinero. A veces cuarenta dólares, a veces doscientos. Una vez hubo unos guantes.
Doyle se quedó muy quieto.
—¿Y qué hizo usted con ellos?
—Comprarle cosas a la cría, ¿qué iba a hacer? —Bobbie soltó una risa horrible—. Al principio pensé que eran de ellos. Que era una especie de aguinaldo.
—¿Y luego?
—Luego dejé de pensarlo.
—¿Por qué?
Bobbie Renner miró la calle mojada, las aceras estrechas, los árboles que habían levantado el cemento hacía treinta años.
—Porque el sobre no lo dejaban por la mañana —dijo—. Lo dejaban de madrugada. Y una vez, hará ocho o nueve años, me levanté a las cuatro por el váter y miré por la ventana de arriba.
—¿Y?
—Y había una mujer en la acera de enfrente.
Doyle no respiró.
—¿Le vio la cara?
—No. Estaba oscuro y llevaba capucha. —Bobbie se agarró al marco de la puerta—. Pero no estaba andando. Estaba parada. Mirando la casa.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. Me volví a la cama.
Cerró la puerta.
Doyle se quedó en el porche mojado, con Nora al lado, sin moverse.
—Jack.
—Un minuto.
—Jack, ¿qué pasa?
Doyle miró la acera de enfrente. Un buzón. Un poste. Un contenedor azul con la tapa rota.
—Que alguien lleva quince años pagando por que esa niña no exista —dijo— y otra persona distinta lleva doce años dejándole dinero en un buzón a las cuatro de la mañana.
—¿Y eso qué significa?
—Que hay dos.
Nora se metió las manos en los bolsillos.
—¿Dos qué?
—Dos personas que saben quién es —dijo Doyle—. Y solo una de ellas está cobrando.