La chica que no habla CAPÍTULO 34 — LO QUE QUEDA DEL SILENCIO
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CAPÍTULO 34 — LO QUE QUEDA DEL SILENCIO

El lago parecía distinto sin cinta policial.

Marina volvió a San Román a finales de octubre.

No tenía una razón profesional para hacerlo. Tal vez por eso tardó semanas en aceptar la invitación de Elena.

El otoño había vaciado las orillas. Las terrazas estaban cerradas. Las barcas de alquiler habían desaparecido y el bosque se reflejaba en el agua como una mancha oscura de cobre y verde.

La casa de los Varela permanecía sellada a la espera del juicio.

El embarcadero viejo no.

Elena estaba allí cuando Marina llegó.

Llevaba una bufanda roja y sostenía dos vasos de café.

—No sabía cuál tomabas —dijo.

Su voz todavía sonaba como algo que usaba con cuidado.

—El que tenga más cafeína.

Elena le dio uno.

Caminaron hasta la mitad del embarcadero.

La bombilla amarilla había sido retirada. El ayuntamiento prometía cambiar toda la instalación antes del invierno.

—Carmen quiere poner una placa aquí —dijo Elena.

—¿Te parece bien?

—No sé.

Marina bebió café.

—También puedes no saber.

Elena sonrió.

—Eso me cuesta.

—A casi todo el mundo.

Se quedaron mirando el agua.

Después de que encontraran el cuerpo de Sofía, los técnicos habían reconstruido el recorrido probable desde el embarcadero hasta el canal de alivio. Elena pidió ver el informe una vez.

No volvió a pedirlo.

—Pasé muchos años pensando en el segundo en que no pude agarrarle la mano —dijo.

Marina no respondió.

—Creía que si hubiera sido más rápida...

—Tenías diecisiete años.

—Eso decía mi padre para quitarme poder. No quiero usarlo ahora para quitarme responsabilidad.

Marina la miró.

—Responsabilidad no es lo mismo que culpa.

Elena bajó la vista al café.

—Lo sé con la cabeza.

—A veces el resto tarda más.

El viento movió la bufanda.

Elena tocó el colgante de Sofía, que seguía llevando.

—Carmen me dijo que me lo quedara.

—¿Querías devolverlo?

—Sí.

—¿Y ella?

—Dijo que Sofía probablemente me lo habría dado tarde o temprano.

Elena sonrió y lloró al mismo tiempo.

—Mi madre se ha ido de la casa.

—Lo sé.

—Está aprendiendo a tener una cuenta bancaria propia a los sesenta y dos.

—Nunca es tarde para una contraseña que nadie más conoce.

Elena se rio.

El sonido sorprendió a ambas.

Durante unos segundos, la conversación dejó de girar alrededor de muertos.

Eso también era una forma de avance.

—¿Volverás a trabajar? —preguntó Elena.

—Sí.

—¿Con pacientes?

—Cuando termine el proceso.

—¿Te arrepientes?

Marina pensó antes de responder.

—De algunas cosas, sí.

Elena la miró.

—¿De conocerme?

—No.

—¿De seguir investigando?

Marina volvió a mirar el lago.

—Me arrepiento de creer alguna vez que resolver el caso y ayudarte eran exactamente la misma cosa. No siempre lo eran.

Elena asintió.

—Pero necesitaba que alguien preguntara.

—Sí.

—Y yo necesitaba poder decidir cuándo responder.

—También.

Elena apoyó los codos sobre la barandilla.

—Quizá por eso tardé tanto en hablar contigo. Todo el mundo llevaba años queriendo una versión de mí. Mi padre quería que callara. Álvaro quería que contara. La policía quería hechos. Mamá quería que estuviera bien.

—¿Y tú?

Elena observó el agua.

—Yo quería que Sofía no estuviera muerta.

No había respuesta para eso.

Marina no intentó inventarla.

El silencio que siguió fue diferente de los primeros silencios del hospital.

No era una pared.

No era una amenaza.

Era simplemente un lugar donde no hacía falta llenar cada espacio.

En la orilla, una mujer paseaba un perro. Más lejos, dos trabajadores desmontaban una valla. El pueblo continuaba con la indecencia habitual de la vida: seguía existiendo.

—Durante años pensé que callar mantenía a la gente a salvo —dijo Elena.

—A veces lo hace.

Elena la miró, sorprendida.

—¿En serio?

—Sí. El silencio puede ser supervivencia. El problema aparece cuando alguien más decide que tienes que vivir dentro de él para siempre.

Elena pensó.

—Mi padre decía que me protegía.

—Probablemente necesitaba creerlo.

—¿Eso lo hace menos monstruoso?

—No.

—Bien.

Marina sonrió.

Elena sacó algo del bolsillo.

Una hoja doblada.

—Estoy escribiendo.

Marina levantó una ceja.

—¿Un diario?

—No exactamente.

—¿Qué entonces?

Elena le mostró la primera línea.

No había fechas. No había nombres.

Solo una frase:

Las cosas que callamos también dejan huellas.

Marina devolvió la hoja.

—Es buena.

—No quiero escribir sobre el caso.

—Entonces no lo hagas.

—Quiero escribir sobre después.

Marina asintió.

Elena dobló el papel.

A lo lejos, las campanas del pueblo marcaron las cinco.

Elena no se estremeció.

Marina lo notó.

No dijo nada.

Empezaron a caminar hacia la orilla.

Cuando llegaron al final del embarcadero, Elena se detuvo y miró una vez más hacia el punto donde la luz amarilla había colgado durante tantos años.

No había bombilla.

No había sombras.

Solo el poste vacío y el cielo de otoño reflejado en el agua.

El silencio seguía allí.

Pero ya no pertenecía a Julián.