CAPÍTULO 33 — CONSECUENCIAS
Encontraron a Sofía doce días después.
La excavación empezó en el punto marcado por Inés y confirmado por antiguos planos de la cantera. Durante tres días solo aparecieron tierra, hormigón y restos de construcción.
El cuarto día, un técnico encontró un fragmento de lona azul.
Después apareció un hueso.
El trabajo se detuvo y entró el equipo forense.
Carmen Ledesma recibió la llamada a las seis y cuarenta de la tarde.
Marina no estaba presente. Inés sí.
Más tarde le contaría que Carmen no lloró al principio. Se sentó en la cocina y preguntó una sola cosa:
—¿Está segura?
La identificación genética tardó cinco días.
Sofía Ledesma había vuelto a casa dieciocho años después.
La autopsia no podía reconstruir cada detalle, pero encontró una fractura craneal compatible con un golpe contundente anterior al enterramiento. El patrón descartaba que la muerte pudiera atribuirse simplemente a ahogamiento.
Adolfo Roldán pidió declarar antes de que fueran a detenerlo.
Entró en la comisaría apoyado en un bastón.
Esta vez contó todo.
Había encontrado a Sofía viva en la cantera junto a Julián. Quiso llamar a una ambulancia. Julián lo impidió. Durante el forcejeo, Sofía intentó escapar. Julián la alcanzó, la agarró del cuello y después la golpeó con una piedra cuando Adolfo intentó separarlos.
—Pude detenerlo —dijo Adolfo—. No lo hice.
También admitió haber ayudado a ocultar el cuerpo y manipular la investigación.
—¿Por qué? —preguntó el fiscal.
Adolfo miró sus manos.
—Porque primero pensé que protegía a mi hijo. Después protegía mi carrera. Después protegía la mentira anterior. Al final ya no sabía qué estaba protegiendo.
Diego declaró durante cuatro horas.
Pilar entregó documentos que demostraban la falsificación del cuaderno y varias transferencias antiguas de Julián a empresas vinculadas con la familia Roldán.
Julián fue acusado formalmente por la muerte de Álvaro y por la de Sofía, además de los delitos vinculados al encubrimiento y a los intentos recientes de intimidación. Sus abogados anunciaron que combatirían cada cargo.
Ya no importaba del mismo modo.
Durante años, Julián había dependido de que cada testigo creyera estar solo.
Ahora todos hablaban a la vez.
San Román cambió más lentamente.
El ayuntamiento retiró el nombre de Julián de un centro cultural inaugurado durante su mandato. Algunos vecinos dijeron que siempre habían sospechado. Otros aseguraron no haber sabido nada. Hubo quienes defendieron que nadie podía juzgar un pueblo entero por los actos de tres hombres.
Marina entendía esa necesidad de distancia.
La culpa colectiva era una idea cómoda cuando permitía que cada persona evitara mirar su parte concreta.
Carmen no culpó al pueblo.
Tampoco lo perdonó.
Organizó un funeral pequeño.
El ataúd permaneció cerrado.
Sobre él colocó una fotografía de Sofía junto al lago, sonriendo con el cabello mojado.
Elena acudió acompañada por Pilar.
Se quedó a varios metros de Carmen hasta que terminó la ceremonia.
Después se acercó.
Marina observó desde lejos.
No sabía qué podía decir una mujer a la madre de la chica que había amado y a la que no pudo salvar.
Elena tampoco.
Se detuvo frente a Carmen.
—Lo siento.
Dos palabras.
Carmen la miró durante mucho tiempo.
—¿La querías?
Elena empezó a llorar.
—Sí.
Carmen asintió.
—Ella también te quería.
Elena se cubrió la cara.
Carmen la abrazó.
No fue perdón.
No exactamente.
Fue algo más difícil: reconocer que ambas habían perdido a la misma persona de maneras distintas.
El proceso profesional de Marina continuó.
La suspensión preventiva se levantó parcialmente, pero el comité consideró que había cruzado límites entre evaluación clínica e investigación. Marina no discutió todos los puntos.
—¿Vas a aceptar una amonestación? —preguntó Salvatierra.
—Voy a aceptar la parte que me corresponde.
—Julián utilizó el procedimiento para apartarte.
—Eso no convierte automáticamente en correctas todas mis decisiones.
Salvatierra sonrió.
—A veces eres insoportablemente razonable.
—Solo cuando me conviene.
Elena dejó el hospital dos semanas después.
No volvió con sus padres.
Alquiló un apartamento pequeño en la ciudad. Pilar la ayudó a mudarse y después regresó a San Román para iniciar su propia separación legal y financiera de Julián.
Una tarde, Elena pidió ver a Marina.
Ya no como paciente.
Se sentaron en un café.
Elena hablaba poco. Algunas frases se detenían a mitad. Otras llegaban enteras.
—Pensé que cuando hablara... —dijo.
Marina esperó.
—...se acabaría.
—¿El miedo?
Elena asintió.
—No se ha acabado.
—No.
—Entonces ¿para qué sirvió?
Marina miró a través de la ventana.
—Para que el miedo dejara de decidir solo.
Elena pensó en la respuesta.
Después sonrió apenas.
Era suficiente por ese día.