CAPÍTULO 32 — CONFRONTACIÓN FINAL
Julián no intentó escapar hacia la puerta.
Tiró de Elena hacia el pasillo que conducía al embarcadero.
Todo ocurrió en menos de tres segundos.
Salvatierra gritó que la soltara.
Uno de los agentes avanzó.
Julián sacó algo del bolsillo.
No era un arma de fuego.
Era una pequeña navaja.
La apoyó contra el costado de Elena.
—Atrás.
Marina sintió que el cuerpo se le enfriaba.
—Julián —dijo Salvatierra—. No empeore esto.
Él soltó una risa corta.
—¿Empeorarlo?
Miró a Elena.
—Mira lo que has hecho.
Elena estaba pálida, pero no volvió al silencio.
—Lo que hice fue hablar.
—Has destruido a tu familia.
—No. Tú lo hiciste.
Julián la empujó hacia la puerta trasera.
El micrófono seguía transmitiendo.
Afuera, la noche había caído por completo. La bombilla amarilla del embarcadero se balanceaba con el viento.
La misma luz.
Elena la vio y se detuvo.
Su padre tiró de ella.
—Camina.
—No.
La navaja presionó el abrigo.
Marina salió detrás, despacio.
—Déjela.
Julián la miró.
—Usted. Siempre usted.
—No soy importante aquí.
—Se metió en mi familia.
—Su familia llevaba dieciocho años pidiendo que alguien se metiera.
Julián sonrió con rabia.
—¿Cree que la ha salvado?
—No.
Marina miró a Elena.
—Ella se está salvando sola.
Elena respiró.
Julián tiró de ella hasta el principio del embarcadero.
Salvatierra permanecía a varios metros, buscando un ángulo seguro.
—Papá —dijo Elena.
Julián se detuvo.
La palabra tenía algo diferente. No miedo. No súplica.
—¿Qué?
—¿Sofía dijo mi nombre antes de morir?
El rostro de Julián cambió.
Marina comprendió que Elena no preguntaba para obtener evidencia.
Preguntaba porque llevaba dieciocho años necesitándolo.
—No hagas esto.
—¿Lo dijo?
Julián miró hacia el agua.
—Sí.
Elena cerró los ojos.
Una lágrima bajó por su rostro.
—¿Qué dijo?
—Que te quería.
La voz de Julián era apenas un susurro.
Elena abrió los ojos.
—Y aun así la mataste.
—No entiendes.
—No. Por fin entiendo.
Julián apretó la navaja.
—Todo lo que hice fue por ti.
Elena negó lentamente.
—Todo lo que hiciste fue para que yo fuera tuya.
La frase lo golpeó.
Elena aprovechó el instante.
Se soltó con un tirón.
Julián intentó agarrarla.
Marina corrió.
Los tres chocaron sobre las tablas mojadas.
La navaja cayó y resbaló entre las ranuras.
Salvatierra avanzó.
Julián empujó a Marina. Ella cayó de rodillas y sintió un dolor feroz en las costillas lesionadas.
Elena retrocedió hacia el borde.
Julián la siguió.
—No vas a dejarme.
Aquella frase, más que cualquier confesión, resumió toda su vida.
Elena miró el agua detrás.
Dieciocho años atrás había sido Sofía quien estuvo allí.
Marina vio el terror regresar a su cara.
—Elena, mírame.
Elena la miró.
—Da un paso a la izquierda.
Julián volvió la cabeza hacia Marina.
Ese segundo bastó.
Elena se apartó.
Salvatierra se lanzó sobre Julián.
Ambos golpearon la barandilla. La madera vieja crujió.
Julián perdió el equilibrio y quedó medio cuerpo fuera del embarcadero.
Salvatierra lo sujetó por la chaqueta.
Durante un instante, Julián colgó sobre el agua.
Marina vio algo extraño en su rostro.
Miedo.
El mismo miedo que quizá había visto Sofía.
Elena se acercó.
Julián levantó una mano hacia ella.
—Ayúdame.
El tiempo pareció detenerse.
Elena miró la mano.
Después miró a Salvatierra.
—Sáquelo.
No se movió para ayudar.
Tampoco para impedirlo.
Los agentes tiraron de Julián hasta ponerlo de nuevo sobre las tablas.
Lo esposaron.
Él seguía mirando a Elena.
—Después de todo lo que hice por ti.
Elena sostuvo su mirada.
—Eso es lo que nunca entendiste.
Julián esperó.
—No te lo pedí.
Salvatierra lo llevó hacia la casa.
Elena permaneció junto al borde.
Marina se acercó despacio.
—¿Estás bien?
Elena miró el agua.
—No.
Era una respuesta pequeña.
Honesta.
Marina asintió.
—Yo tampoco.
Elena soltó una risa entre lágrimas.
A lo lejos, junto al pabellón, se oían voces. El pueblo entero acababa de escuchar una parte de la verdad.
La otra parte estaba bajo toneladas de tierra en la antigua cantera.
Por primera vez, nadie tenía poder suficiente para volver a enterrarla.