La chica que no habla CAPÍTULO 31 — CLÍMAX LA VERDAD DE ELENA
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CAPÍTULO 31 — CLÍMAX LA VERDAD DE ELENA

Julián estaba en el salón cuando Elena entró.

No encendió todas las luces. Solo una lámpara junto a la chimenea. El lugar parecía más pequeño que la noche de la muerte de Álvaro, pero Elena no necesitó mirar el suelo para saber dónde había caído su marido.

Marina permaneció junto a la puerta.

Salvatierra y los agentes estaban fuera, escuchando.

Julián miró el cuaderno verde en las manos de su hija.

—Dámelo.

Elena no se movió.

—No tienes por qué hacer esto —continuó él—. Lo que ha pasado estas semanas es culpa de gente que te ha utilizado.

Marina sintió la mirada de Elena sobre ella.

Julián la vio también.

—Primero Álvaro. Ahora ella.

Elena apretó el cuaderno.

—Tu marido te trajo aquí sabiendo lo que este lugar te hacía. Citó a alguien sin decirte nada. Grabó una conversación. ¿Eso es amor?

Elena cerró los ojos.

Marina quiso intervenir.

No lo hizo.

No había venido para hablar por ella.

Julián dio un paso.

—Ven conmigo. Te sacaré de aquí. Los abogados pueden arreglar todo.

Elena abrió los ojos.

—No.

La palabra salió baja, pero clara.

Julián se detuvo.

Fue la primera vez que escuchó hablar a su hija desde la muerte de Álvaro.

—Elena.

—No.

Su voz tembló.

No desapareció.

Marina sintió la respiración quedarse atrapada en el pecho.

Elena miró la chimenea.

—Álvaro está muerto por tu culpa.

Julián palideció.

—No sabes lo que dices.

—Sí.

Cada palabra parecía atravesar una puerta oxidada.

—Lo vi.

Julián miró a Marina.

—Está alterada.

Elena soltó una risa breve y rota.

—Siempre lo mismo.

Julián frunció el ceño.

—¿Qué?

—Si hablo, estoy alterada. Si mamá habla, está inestable. Si Sofía hablaba, era una niña. Si Álvaro preguntaba, estaba obsesionado.

Su voz ganó fuerza.

—Tú eres siempre el único que puede contar lo que pasó.

Julián avanzó.

—Baja la voz.

Elena retrocedió una fracción.

Luego se quedó quieta.

—No.

Afuera, Salvatierra escuchaba cada palabra por el micrófono.

Elena levantó el cuaderno.

—Esto no es el original.

Julián la miró.

—¿Qué estás haciendo?

—El original lo tiene la policía.

El rostro de Julián cambió.

—Y la página también.

—¿Qué página?

—La que escondí aquella noche.

Julián miró hacia la puerta.

Marina se desplazó ligeramente, bloqueando el camino.

—La que decía que Sofía no iba a fugarse sola —continuó Elena—. La que decía que tenía miedo de ti.

—Elena, escúchame...

—No. Tú escucha.

La voz se quebró en la última palabra.

Elena respiró.

Marina dio un paso hacia ella, no para sostenerla, sino para que supiera que estaba allí.

—Sofía y yo queríamos irnos —dijo Elena—. No porque fuéramos niñas confundidas. No porque ella me obligara. Yo quería irme con ella.

Julián cerró la mandíbula.

—Tenías diecisiete años.

—Sí.

—No sabías lo que querías.

—Lo sabía mejor que tú.

Elena miró hacia la ventana. Más allá estaba el embarcadero.

—La noche del dieciocho de agosto salí de casa para encontrarme con Sofía. Tú habías descubierto la cita. Llegaste antes. Yo me escondí en el bosque.

Julián la interrumpió.

—Eso no demuestra nada.

—Diego llegó. Lo vio.

—Diego ha mentido toda su vida.

—Porque Adolfo se lo ordenó.

Elena continuó.

Contó cómo Sofía sostuvo el cuaderno. Cómo Julián intentó quitárselo. Cómo cayó al agua. Cómo ella estiró la mano.

La voz se le apagó cuando llegó al recuerdo.

—Me rozó los dedos.

Marina vio las lágrimas bajar por sus mejillas.

—Estaba viva.

Julián no dijo nada.

—Y tú me apartaste.

—La corriente era demasiado fuerte.

—Mentira.

—No podía alcanzarla.

—Mentira.

—Elena...

—Después Adolfo llegó. La buscó. Tú fuiste con él a la cantera.

El rostro de Julián se endureció.

—No sabes qué encontramos.

Elena respiró.

—Sí lo sé ahora.

Sacó del bolsillo una fotografía entregada por Inés: la antigua cantera, la cámara lateral, el pozo.

—La encontrasteis viva.

Julián miró la foto.

Por primera vez pareció cansado.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Adolfo.

No era exactamente cierto.

Funcionó.

Julián cerró los ojos.

—Ese cobarde.

Afuera, Salvatierra levantó la cabeza.

Elena dio un paso.

—¿Qué hiciste?

—Nada que puedas entender.

—Inténtalo.

Julián miró a su hija.

—Sofía iba a destruirlo todo.

Elena dejó escapar un sonido que podía haber sido un sollozo o una risa.

—¿Todo qué?

—Tu vida. La nuestra. El trabajo de los Ledesma. Adolfo. Diego. Todo por una obsesión adolescente.

—La mataste por eso.

—No.

—La mataste.

—Se cayó.

—Y después estaba viva.

Silencio.

Elena lo miró directamente.

—Dilo.

Julián apretó los puños.

—No sabes lo que pasó en la cantera.

—Dilo.

—Adolfo quería llamar a una ambulancia.

La frase salió antes de que pudiera detenerla.

Marina sintió un escalofrío.

Julián comprendió el error.

Elena cerró los ojos.

—Entonces estaba viva.

Julián miró hacia la puerta.

—¿Qué has hecho?

Elena tocó el pequeño micrófono bajo su abrigo.

—Hablar.

La palabra resonó en el salón.

No hubo necesidad de decir más para que Julián comprendiera.

Fuera, Salvatierra dio la orden de avanzar.

Pero Elena aún no había terminado.

—También vi cómo mataste a Álvaro.

Julián se giró hacia ella.

—Fue un accidente.

—No.

—Él me atacó.

—No.

—Tú estabas en shock.

Elena negó.

—Me acuerdo de todo.

Julián la miró como si aquello fuera la única frase que realmente temía.

Me acuerdo de todo.

Elena respiró profundamente.

—Golpeaste a Álvaro con la pieza metálica del juego de chimenea que habías traído del cobertizo.

Después la limpiaste y la tiraste al lago desde el embarcadero.

Abriste la ventana para fingir una entrada.

Subiste y me dijiste exactamente lo mismo que hace dieciocho años: que si hablaba, destruirías a mamá.

Marina sintió que algo se cerraba.

La historia completa.

Elena levantó la barbilla.

—Mi padre mató a Álvaro Cifuentes.

Julián avanzó hacia ella.

—Cállate.

Elena no retrocedió.

—Y mató a Sofía Ledesma.

La puerta se abrió.

Salvatierra entró con dos agentes.

Demasiado tarde para impedir que Julián agarrara a Elena del brazo.

Pero no demasiado tarde para que todo San Román, reunido a pocos cientos de metros junto al pabellón, escuchara su nombre a través del sistema al que la policía había conectado el micrófono por decisión de Elena y con autorización de Carmen.

Durante dieciocho años, el pueblo había escuchado la versión de Julián Varela.

Aquella noche escuchó por fin la de su hija.