CAPÍTULO 30 — LA TRAMPA
El plan nació de Elena.
No de Marina.
No de Salvatierra.
Eso fue lo que permitió que ambos aceptaran participar.
Se reunieron en una sala protegida del hospital con un fiscal, dos agentes y Pilar. Marina estaba allí como persona de apoyo, no como profesional responsable. La distinción era importante, aunque todos supieran que no borraba lo ocurrido antes.
Elena escribió durante casi veinte minutos.
Después empujó la hoja hacia el centro.
QUIERE EL CUADERNO Y LA PÁGINA. SI CREE QUE VOY A HABLAR DELANTE DE TODOS, VENDRÁ. SI CREE QUE TENGO OTRA PRUEBA, INTENTARÁ QUITÁRMELA.
Salvatierra leyó.
—¿Delante de quién?
Elena escribió:
CARMEN. EL PUEBLO.
Pilar levantó la cabeza.
—No.
Elena la miró.
Por primera vez, el “no” no pertenecía a la madre.
Tomó el bolígrafo.
MAMÁ, BASTA.
Pilar empezó a llorar.
Elena siguió escribiendo.
LLEVAS TODA MI VIDA INTENTANDO PROTEGERME DE ÉL. SOLO CONSEGUISTE QUE ÉL DECIDIERA TODO.
Pilar cerró los ojos.
—Tienes razón.
La palabra pareció costarle años.
El plan aprovechó un acto que Carmen Ledesma había organizado desde hacía meses: una pequeña vigilia junto al lago por el aniversario de la desaparición de Sofía. Nunca acudían más de treinta personas. Aquella vez, tras las noticias sobre la reapertura del caso, probablemente habría más.
Se filtraría deliberadamente que Elena asistiría y entregaría una declaración y una nueva página del diario a la familia de Sofía.
La página sería falsa.
El cuaderno, una copia preparada por la policía.
Elena llevaría un micrófono.
Los agentes estarían distribuidos alrededor del pabellón y de la casa del lago.
—Julián puede simplemente no aparecer —dijo el fiscal.
Elena escribió:
APARECERÁ.
—¿Por qué estás tan segura? —preguntó Marina.
Elena la miró.
Sus labios se movieron.
No salió voz.
Entonces escribió:
PORQUE NO SOPORTA QUE OTRO CUENTE LA HISTORIA.
Era la definición más exacta de Julián que Marina había escuchado.
La víspera de la vigilia, Pilar llamó a su marido desde un teléfono controlado.
—Elena va a ir mañana —dijo.
Julián guardó silencio.
—¿A dónde?
—Al acto de Carmen.
—No está en condiciones.
—Quiere darle algo.
—¿Qué?
Pilar fingió dudar.
—Una página del cuaderno. Dice que Álvaro escondió otra copia.
El silencio al otro lado duró demasiado.
—Pilar, escúchame. No dejes que haga eso.
—Ya no puedo detenerla.
—Claro que puedes.
—No.
Julián bajó la voz.
—¿Dónde está alojada?
—No voy a decírtelo.
—Soy su padre.
Pilar cerró los ojos.
—Eso ya no significa lo que crees.
Colgó.
Al día siguiente, el lago estaba cubierto por nubes bajas.
La vigilia empezaría a las siete.
Carmen había colocado una fotografía de Sofía sobre una mesa junto al pabellón. En la imagen tenía diecisiete años para siempre.
Marina llegó con Elena por una ruta secundaria.
Elena llevaba un abrigo negro y el colgante de Sofía alrededor del cuello.
—Puedes retirarte en cualquier momento —dijo Marina.
Elena la miró.
Asintió.
—No necesitas demostrar nada.
Elena sacó una tarjeta de su bolsillo.
Había escrito:
NO LO HAGO PARA DEMOSTRAR. LO HAGO PARA TERMINAR.
A las seis y cuarenta y ocho, Salvatierra recibió el aviso.
El coche de Julián había sido visto entrando en San Román.
A las seis y cincuenta y cinco, otro agente informó que no se dirigía al pabellón.
Iba hacia la casa del lago.
Marina entendió inmediatamente.
—Cree que la prueba está allí.
Elena la miró.
Después empezó a caminar hacia el sendero.
—No —dijo Marina—. El plan era quedarte aquí.
Elena se detuvo.
Sacó el bolígrafo.
ÉL NO HABLARÁ DELANTE DE GENTE. CONMIGO SÍ.
—También puede intentar matarte.
Elena escribió:
YA LO INTENTÓ.
Salvatierra se acercó.
—Tenemos unidades alrededor de la casa. Si vamos, nadie entra sin que lo sepamos.
Marina miró a Elena.
—¿Seguro?
Elena asintió.
Los tres caminaron hacia el lugar donde había empezado todo.
La luz del embarcadero estaba encendida.
Alguien la había activado antes de que llegaran.
Marina sintió un escalofrío.
Dieciocho años atrás, Sofía había entrado en aquella luz creyendo que encontraría a Elena.
Ahora Elena regresaba sabiendo exactamente a quién iba a encontrar.
En el bolsillo interior llevaba un micrófono.
En la mano, un cuaderno verde que no era el original.
Y detrás de los árboles, fuera de la vista, varias personas escuchaban cada respiración.